RESUCITO

RESUCITO

viernes, 20 de mayo de 2016

La Herencia de Monseñor Gonzalo López Marañón, se reparte de bella manera por Don Jesús Tirso Blanco sdb. Obispo de Luena - Angola



“La homilía de Mons. Tirso Blanco en la misa de Pascua de Fray Gonzaliño "

Hoy celebramos la Pascua de nuestro hermano Obispo Gonzalo López Marañón. La homilía no es el momento para hacer un elogio fúnebre. Voy a hablar de la Biblia hablando de fray Gonzaliño, como a él le gustaba que le llamaran. Y voy a hablar de fray Gonzaliño hablando también de la Biblia.

Felices los que mueren en el Señor. Descansen de sus trabajos, dice el Espíritu, pues sus obras les siguen.

La historia de fray Gonzaliño entre nosotros viene de muy lejos, de 1582. En ese año, el último de la vida de Santa Teresa de Jesús, ella misma envió los primeros carmelitas descalzos a Angola. Los dos primeros grupos enviados no llegaron a tierras Angoleñas. Un naufragio se llevó la vida del primero, y los corsarios lo hicieron con el segundo. La santa persistencia hizo que, a pesar de los sucesivos infortunios, un tercer grupo llegase a Angola en el año 1584. ¡Cuánta teimosía evangélica y evangelizadora necesitamos hoy! ¡Cuánto coraje!. Los pueblos de Golungo Alto son testigos del valioso trabajo de esos primeros misioneros y la Iglesia de Nuestra Señor del Carmen de Luanda, de su sensibilidad artística y espiritual.

El Año Jubilar Teresiano (2015) fue preparado cuidadosamente. Vino una delegación, a finales del 2012, y visitó varias diócesis de Angola, concretamente seis, viendo las necesidades pastorales. Para que, según se lee en la página web de los carmelitas descalzos de Portugal, Dios mediante, en el 2014 o en el 2015, en el contexto de las celebraciones del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, podamos alegrarnos con la Santa con el regreso de sus hijos a estas tierras que ella tanto soñó.

Fray Gilberto y Fray Mariano cumplieron el deseo de Santa Teresa en Calunda, lugar olvidado por casi todos. Monseñor Gonzalo, luego de 40 fecundísimos años en Sucumbíos, donde ha dejado recuerdos imborrables que nadie podrá olvidar en aquellas tierras, se unió al grupo, humildemente, casi como quien se da un paseo. Uno de los mensajes de condolencia dice que él era un verdadero monumento misionero. Así se presentaba por carta en el 2014: “Le escribo en la fiesta de la Epifanía, día de la Misión ad gentes, para implorarle atrevida y confiadamente que me reciba en su diócesis como misionero de a pie, sin patente, así directo y simple.

No quiero atrasarme en la hora, tengo 81 años y debo aprovechar los días que me quedan, no estoy chocho (viejo achacoso y algo ido) y aún camino. Tengo buena salud y quiero servir al Señor y a su Iglesia siguiendo los pasos de Jesús hasta el fin” (hasta aquí Dom Gonzaliño – Epifanía 2015).

No quiso llevar una vida tranquila, un merecido descanso luego de 40 años de lucha por los pobres en que no ahorró esfuerzos para mejorar la vida de las poblaciones que le fueron confiadas, apostó por los laicos y su formación para que pudieran asumir protagonismo en la misión, porque la misión repetía frecuentemente es hasta el final.

Felices los que tienen un corazón de pobre, porque de ellos es el Reino de los cielos, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados. Bienaventurados los que son perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados serán cuando los calumnien, cuando los persigan y digan falsamente todo lo malo contra ustedes por mi causa.

Queridos hermanos, ayer y hoy, en Sucumbíos y en Moxico, proclamar el Evangelio, buscar la justicia, vivir con un corazón de pobre, ocasiona oposiciones, calumnias, envidias, odios… pero todo se soporta en Aquel que nos fortalece.

No pensemos que las bienaventuranzas son un camino para la felicidad, ellas valen por sí mismas… la gente piensa, ahora vivo como pobre luego Dios me recompensará haciéndome muy rico. No. Las bienaventuranzas valen por sí mismas… la llega con creces.

Cuando la agitación, las dificultades, el ruido exterior es mayor… el corazón se purifica, se eleva, ve lejos, tiene metas altas y no desiste de aquello que ve. Cuando el corazón está libre de ambiciones la distancia entre el sueño y la realidad se acorta. Pero cuando nos dejamos enredar por intrigas, por ambiciones… entonces el sueño comienza a alejarse. No nos dejemos enredar por palabras que nacen a veces de la desesperación y que no conducen a la salida. Es posible un desarrollo espiritual a pesar de la crisis moral que nos afecta a todos. No pretendemos dar lecciones a nadie pero sabemos que con la ayuda de todos podemos salir. Es posible vencer los males que nos aquejan: la corrupción, el atraso, la miseria, el alcoholismo, la falta de perspectiva en la vida, los defectos, la búsqueda de soluciones mágicas para resolver de forma inmediata nuestros problemas. No podemos renunciar a nuestros sueños en relación a nuestra iglesia, a nuestra cultura, al trabajo, a la vida. La transformación que buscamos no viene a través del lujo, pero sí a través de las bienaventuranzas que se vuelven posibles.

Sí. Necesitamos un pensamiento sereno y firme, orante y operativo, lúcido y perseverante, que une fuerzas, da valor y no dispersa, que motiva a caminar juntos, que es el lema de nuestro sínodo diocesano. Así, pues, podremos ver cambios, transformaciones profundas en nuestra sociedad.

Quien ora de verdad, mueve el mundo. Orar en verdad. Yo pienso en las señales que nos ofrece a veces el Papa Francisco, cuando reza Dios inspira, y cuando inspira actúa, a través del discernimiento. Pienso en la creatividad de Mons Gonzalo. Dónde reside la fuente de esa creatividad? En la oración, él rezaba mucho! Recuerden: cuando el rey Muanga II, de Buganda, quiso inducir a los jóvenes de su corte a pecar, les prohibió rezar. La firmeza de los adolescentes mártires de Uganda venía de la oración.

Quiero leerles ahora una parte de la carta que Monseñor Gonzalo escribió a su hermana y que ella nos compartió. Esta carta probablemente fue escrita en Cazombo. Dice así: Ayer un niño de no más de dos años paseaba de aquí para allá como un pajarillo curioso; le hice una seña, vino hacia mí y lo senté sobre mis rodillas, y se durmió hasta el final de la misa. En esas condiciones pasé de concelebrante a sentirme casi como la Virgen. Yo veía al niño tan tranquilo y tan feliz, durmiendo encima de mis rodillas y pensaba, pues más o menos, o más que menos, así nos tiene a todos nosotros el papá Dios en sus brazos.

Es todo tan extraño. Debo reeducarme y ver cómo me identifico cada día más con Jesús. No para sobrevivir sino para vivir aquí con los cinco sentidos y algún otro más.

No estoy en el paraíso, pero he buscado este lugar para mi etapa final y estoy muy bien. Lo que no quiere decir que tenga una vida fácil.

Aquí no hay distracciones. Por suerte estamos lejos de la hipocresía y la mentira desmesuradas que tienen comido el mundo. Tengo la sensación de que podré entregarme a lo que no se lleva el viento y centrarme en lo que creo, hasta el final. Y tienes que saber que no me olvido de vosotros y os coloco ante Dios.

Cuando recéis acordaos de mí: No quiero ser débil, quiero completar según la voluntad de Señor la tarea que El reservó para mí.

La vida y la fe me enseñaron que cuando las cosas van limpias y claras las metas se cumplen, mucho más de lo que esperamos, aún los asuntos de menor importancia. No se debe desistir fácilmente de los nobles propósitos y de la conquista de los ideales por los que vale la pena vivir. Esta me parece que es la razón de mi alegría, que nadie me puede quitar y una constante de mi vida que fue un gran don de Dios para mí, como una y cada día más bonita a ventura.

Que seáis muy felices y que os cuide el Buen Jesús, os desea este náufrago desde las profundidades de esta tierra africana”.

Como les decía las bienaventuranzas no son un camino para la felicidad, viviendo las bienaventuranzas la felicidad viene con mayor abundancia.

No es fácil, cuando muere alguien, repartir la herencia, y lo sabemos por experiencia, qué vamos a hacer con las cosas que dejó el difunto? Pero él murió pobre, tal como vivió entre nosotros. Así que no nos deja bienes materiales. Pero nos deja otro tipo de herencias.

La primera herencia que nos deja es Calunda. ¡Cómo trabajaron estos tres carmelitas descalzos para construir la casa y animar las comunidades en Calunda! Si ustedes supieran. Su sudor bañó las tierras altas de Calunda. Y hoy esas tierras están sin misioneros. Pero desde el silencio Calunda renueva elocuentemente la invitación a los misioneros. Calunda grita y llama.

A mí, como Obispo, me deja el recuerdo de sus lentes para ver mejor. Que con esos lentes mi mirar no se acostumbre nunca a considerar normal tanta miseria económica, cultural (en términos de estudios), moral, espiritual. Si la miseria no nos duele no podremos hacer mucho. Necesitamos esos lentes para poder construir una sociedad más abierta, más plural, rica en iniciativas estimadas y acogidas, sin ver de quién vienen. Necesito esos lentes para sentir la sed de Dios que tiene nuestro pueblo, sed de Evangelio, sed de Eucaristía, mientras hay muchos hermanos y hermanas que se dejan seducir por tantas creencia que no conducen a las fuentes de agua viva. Necesito esos lentes para no perder nunca la sensibilidad de todas estas cosas.

A nuestros seminaristas y sacerdotes deja un corazón, un corazón libre de amarres e intereses particulares, para dedicarse a Jesús y a su pueblo solo por un tiempo, sino para siempre, hasta el final. Esa es su herencia.

A los laicos y laicas les deja sus manos. Queridos hermanos y hermanas, sin ustedes no hay Iglesia. Su compromiso es necesario e indispensable. Creemos en nuestro Bautismo, creemos que somos capaces de santidad, somos capaces de caridad hasta el punto que no deberían existir entre nosotros ni mendigos, ni niños de la calle. Con esas manos seremos actores, luchadores de la misión, para que nadie entre nosotros se desanime por falta de fe, desfallezca por falta de fe, cada uno según el don que recibió: Es el sueño de una Iglesia rica en ministerios.

A los Carmelitas Descalzos les deja sus sandalias, para andar, para salir a las periferias, para ir a las periferias de las periferias, para aceptar la misión. Monseñor Gonzalo era muy consciente de que su presencia entre nosotros, su muerte, y su cuerpo sepultado en nuestro suelo, serían una llamada irrefutable para la renovación misionera de la Orden.

Este año estando ya confirmado el regreso de sus hermanos por orden de los superiores humildemente vino a pedir mi opinión para definir su presencia en la diócesis. Le respondí con una carta, la última que le escribí, el 28 de febrero de este año. Acepto su ofrecimiento con lágrimas en los ojos, con admiración y mucho respeto, ciertas opciones manifiestan la profundidad y radicalidad de nuestra entrega, sobre todo cuando se hace, como en este caso, con tanto detalle, con actitud de fe humilde y operante. Querido hermano para mí personalmente, es fuente de motivación y de entusiasmo vocacional.

En la segunda lectura escuchamos (2Cor 4,16): Por eso no nos desanimamos, aunque nuestro hombre exterior se va destruyendo, el hombre interior, aquello que hay de más profundo dentro de nosotros, se renueva de día en día.

Yo me imagino cuánto trabajó este hombre, allá en la diócesis de Sucumbíos a la que guió durante 40 años, y con todo su espíritu estaba entero. Su cuerpo se iba desgastando, mientras su espíritu crecía. El ojo ve apenas un hilo de agua, pero el corazón ve un río Zámbiza caudaloso en época de lluvia. A los 82 años él estaba lleno de vida y de proyectos de evangelización, de oración, de agricultura, de educación, con la sabiduría de un viejo experimentado y la energía de un joven recién llegado.

Fr Mariano, su hermano carmelita, nos escribía el 10 de mayo: Monseñor Gonzalo quería que lo enterraran en Calunda, lugar que según conversó conmigo fr Gilberto, fue muy bien escogido por los provinciales que vinieron a Angola en el 2012 para elegir un lugar para la misión. Bien escogido porque Calunda, decía él, es una región olvidada por casi todos, la periferia de la periferia.

Querido hermano fr Gonzaliño, que puedas cantar en la eternidad las maravillas del Señor. Así sea.