RESUCITO

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viernes, 16 de mayo de 2014

Carta al papa Francisco para que se cuide de la manipulación

Oscar Fortin
 
ADITAL.- Querido papa Francisco, le escribo esta carta, ante todo, como apoyo al extraordinario testimonio que da usted del Evangelio en medio de un Vaticano lleno de contradicciones. Su forma de lucha la encontramos en su manera de ser evangelio y buen pastor con olor de oveja. El mundo sabe reconocerse en ella y se lo manifiesta de miles maneras con sus sonrisas, sus niños, sus enfermos y muchas veces con sus lágrimas de alegría y de reconocimiento. El mundo tiene sed de la verdad, de la sensibilidad, de la ternura, de la justicia, de la humildad y de mucha misericordia. En su persona, los cristianos y cristianas de buena fe reconocen el elegido del Resucitado. Usted lo hace presente a través la alegría de su fe, de su amor y de su esperanza.
 
Le escribo también para expresarle el dolor que tengo a ver su labor de buen pastor comprometido por las ambiciones y los intereses de muchos otros que lo rodean. Muchos de ellos, ligados a intereses de ciertas potencias o organizaciones religiosas o laicas, se dedican a encadenarlo a través una información manipulada relacionada a lo que está realmente sucediendo en el mundo de hoy. Es cierto que usted no puede seguir los distintos puntos de vista que se expresan sobre los problemas del mundo. Le toca confiar en sus colaboradores para disponer de suficientes elementos como para posicionar a la Iglesia en cuanto a su comprensión de los problemas que se presentan. Yo sé que usted considera, con razón, la desinformación como una culpa grave. Ella se ataca directamente a la verdad, fundamento del buen juicio y de los compromisos responsables.
 
Desde unos años, yo me dedico a confrontar la información que nos llega por los medios oficiales que son los diarios, la radio, la televisión y sus correspondientes en internet, con lo que llamamos la información alternativa. Esta última no logra tener la misma influencia que la de los medios oficiales, pero, andando con la verdad, logra influir sobre todas las personas de buena voluntad. La mayoría de las personas que se dedican a denunciar la manipulación que se hace de la verdad lo hacen por su cuenta y por amor a la verdad. No tienen gobiernos ni instituciones religiosas que les pagan para hacerlo. Yo sé que usted está a lo tanto de eso, pero pocos sino ninguno de ellos lo rodean para complementar la información que recibe. Así es comprensible que sus tomas de posiciones sobre ciertos problemas de políticas nacionales e internacionales sean orientadas a base de la información que se le da, la cual corresponde en general a la formulada por Washington. Esa influencia no es de hoy, sino de mucho tiempo.
 
Me permito para ilustrar lo dicho darle unos ejemplos conocidos de usted.
 
El primero es el caso del golpe de Estado en Chile, el 11 de septiembre 1973. En aquel tiempo, la prensa oficial decía que el gobierno de la Unidad Popular había fracasado y que la población vivía con escasez de alimentos y con el malcontento de los camineros etc. El golpe militar no era otra cosa que volver a poner orden en un país que se iba a la ruina. Los que hablaban de un golpe militar planeado de ante mano desde Washington para recuperar las minas y sobre todo el control de los poderes del Estado, pasaban por complotistas. La información que filtraba de los arrestos arbitrarios, de las torturas y asesinatos estaba interpretada como exageraciones o simplemente invenciones de la izquierda comunista.
 
Una vez que la documentación de este golpe de Estado fue desclasificada en Estados Unidos, apareció la evidencia de un verdadero golpe de Estado contra un gobierno legítimamente elegido. La escasez de la alimentación como la huelga de los choferes de camiones habían sido planeados para crear las condiciones a este golpe de Estado. Así el gobierno democrático de la Unidad popular fue criminalmente derrotado por Washington y sus aliados oligárquicas, sin olvidar la simpatía demostrada al respecto por una buena parte de la cúpula eclesial de Chile.
 
En cuanto a lo que sucedió en Argentina en 1976 con la llegada de la junta militar, usted sabe mucho mejor que yo lo que sucedió y como la prensa oficial supo defender esta Junta militar. El objetivo no era ayudar a los pobres y preocuparse del bien común de todos, sino poner fin a las ideas revolucionarias de un pueblo en búsqueda de más justicia y solidaridad. Se sabe ahora que usted ayudo a muchos laicos y religiosos a escapar de la tiranía de esos militares. El silencio de los episcopados facilitaba la represión y hacia más fácil la expulsión de sacerdotes demasiado comprometidos con los pobres y humildes.
 
Yo sé que usted sufrió mucho de una desinformación que lo presento como un colaborador de la Junta militar. Los hechos demostraron que no fue el caso y el testimonio del premio Nobel de la paz 1981, Adolfo Pérez Esquivel es clarísimo al respecto. Algo que le hizo sentir indudablemente hasta donde puede llegar la desinformación con la cara de la verdad. Queda, que en aquel tiempo, muchos representantes de la Iglesia argentina simpatizaron con la Junta militar y sus aliados. De eso usted sabe más que todos nosotros.
 
La forma de actuar de Washington obedece a un esquema que se parece de un caso al otro. Veamos lo que sucedió en Libia. Empezaron para decir que Kadhafi había matado más de seis mil civiles, niños y mujeres sin defensa. Presentación de un Kadhafi tomando placer a matar a su pueblo. Todo eso se revelo ser pura invención de propaganda. La verdad era otra. Agentes franceses, infiltrados desde meses, formaban mercenarios y personas de la oposición para crear las condiciones de una intervención militar extranjera. La mentira de los medios de comunicación lograron vender la idea de que los bombardeos de Libia eran necesarios y humanitarios.
 
Me recuerdo que el obispo de la capital del país llamo varias veces al papa a intervenir para denunciar esos crímenes causados por la OTAN con sus bombardeos humanitarios. Sus llamados quedaron sin respuesta como lo fueron los llamados del obispo del Salvador, Oscar Romero, a Juan Pablo II. Otra vez el Vaticano seguía una política de cooperación con Washington y la OTAN. La intervención de la OTAN no tenía nada que ver con la democracia, pues Kadhafi tenía el apoyo de la gran mayoría de su pueblo, sino la toma de control del petrolero y de los poderes del Estado. Más que todo, la desaparición de Kadhafi hacia desaparecer su influencia sobre el Continente africano.
 
El caso de Siria sigue un esquema parecido: crear el chaos interno con acciones violentas, difundir informaciones que atribuyen al Gobierno todos los asesinatos y que hacen del jefe del Estado un dictador sin alma y sin consciencia. Que la realidad sea otra, no les importa. Los buenos pueblos del Occidente y del Medio Oriente pendientes de esta información por sus medios oficiales y sus gobiernos, apoyan a sus gobiernos para que intervengan. Va igual con la prensa del Vaticano y los sitios católicos que se hacen, en general, apóstoles de esas interpretaciones dadas por Washington y sus aliados.
 
Que muchos testigos pongan de relieve hechos que contradicen esas versiones oficiales no cambia nada. La hermana Agnes-Mariam de la Cruz ha denunciado en varias ocasiones las maniobras del Occidente en Siria. Su vox se perdió como la del obispo de Libia y la del obispo del Salvador.
 
El secretario general del Vaticano, Pietro Parolin, con ocasión de la visita del secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, acepto unirse con Estados Unidos dentro de una estrategia común para las negociaciones de Ginebra 2. Al actuar así, optaba por las pretensiones de Washington de imponer su voluntad sobre el porvenir de Siria poco importaba la voluntad mayoritaria del pueblo sirio.
 
Mi querido papa Francisco, nos toca presentemente dos otros conflictos que entran en el mismo esquema de intervención imperial. Tenemos el caso de Ucrania y el caso de Venezuela. En los dos casos, el Vaticano ha sido llamado a colaborar con Washington.
 
En el caso de Ucrania, Usted recibió a la persona elegida por Washington para reemplazar al presidente legítimo, siempre vivo. Esta nueva autoridad, no reconocida por una parte importante del pueblo, tampoco por Rusia, se ha visto reconocida por el Vaticano a ser recibida por Usted.
 
En el caso de Venezuela, las intervenciones del Vaticano y del Episcopado venezolano son más numerosas. Yo puedo recordar el significado que el Secretario de Estado dio a las fuerzas opositoras al recibirlas en el Vaticano mientras Usted recibía al presidente legítimo, Nicolás Maduro. Más tarde, Usted, sin duda bajo los consejos de su Secretario de Estado y las insistencias del Cardenal de Caracas, recibió al candidato de oposición, Enrique Capriles, que perdió las elecciones presidenciales. Este último, frustrado de su fracaso electoral, había impulsado a sus seguidores a acciones violentas, de las cuales resultaron diez y seis muertos y más de sesenta heridos. Seguía obstinándose a no reconocer los resultados de esas elecciones confirmadas por el Tribunal electoral, la Corte suprema de justicia y la comunidad internacional. No pienso que Usted hubiera recibido de la misma manera a a candidata, Xiomara Castro, que perdió las elecciones presidenciales en Honduras. Muchos elementos indicaban, en este caso, una manipulación importante del cuento de los votos. No fue necesario, pues ella acepto los resultados.
 
Ya se sabe que en todos esos casos el objetivo es forzar la dimisión del Presidente legítimo o eliminarlo físicamente para reemplazarlo por uno que actuara conforme a los deseos de Washington y de las oligarquías. En el caso de Venezuela, desde la llegada de Chávez con la revolución del pueblo, Estados Unidos, los oligarcas y la cúpula episcopal de Venezuela juntaron y sigan juntando sus esfuerzos para poner fin al régimen chavista y a volver a tomar el control del petrolero y de los poderes del gobierno. No se trata ni de democracia, ni de los pobres, ni de justicia o de verdad, sino de poder y dominación. Además, no le gusta a Washington que América latina y el Caribe se junten para formar una gran unión de todos los países de la región. CELAC, UNASUR, MERCOSUR, ALBA son iniciativas que hay que rechazar.
 
Yo sé que usted conoce bastante de lo que pasa en Venezuela del punto de vista de la cúpula episcopal, pero no sé si conoce la verdadera historia de un pueblo que anda con sus dirigentes al servicio de más justicia, más solidaridad, más verdad y en todo, más participativo a la vida política social, económica y cultural. El socialismo del siglo XXI tal como lo encarno Chávez y ahora Maduro constituye la puesta en práctica de la doctrina social de la Iglesia. En este socialismo, se actualiza su Exhortación apostólica Evangelii Gaudium como las Encíclicas del papa Juan XXIII, Mater et Magistra y Pacem in terris.
 
Estimado papa Francisco, me disculpo por lo largo de esta carta que me permite decir un poquito de lo que me duele en la actual administración del Vaticano en cuanto a sus intervenciones internacionales. De lo visto, sus intervenciones se identifican más con Washington y la OTAN que con los que sufren de las intervenciones conquistadoras de estos últimos. El Estado del Vaticano no puede ser, en su situación actual, una referencia segura para las víctimas de estas intervenciones.
 
Yo termino con una sugerencia que no cuesta mucho y que puede dar grandes resultados. Le recomendó que tenga en cada continente a personas de altura moral y social, claramente comprometidas con la información alternativa, para aconsejarle sobre los temas que interpelan a la Iglesia. Por América latina, por ejemplo, uno puede pensar al premio Nobel de la paz Adolfo Pérez Esquivel, a esa otra premio Nobel de la paz, Rigoberta Manchú Túm, a Frei Betto, a Gustavo Gutiérrez, y a otros que tienen de la realidad una percepción distinta de la de sus principales consejeros.
 
Si en cada continente tiene usted unas de esas personas no ligadas a los episcopados tampoco a los gobiernos para aconsejarle sobre los problemas que sus consejeros institucionales le piden tocar, usted tendrá una visión más amplia de la situación y podrá ejercer plenamente su juicio personal en el caso presentado. Que la lista de aquellas personas no sea producto del OPUS DEI, ni de la Secretaria del Estado, ni de las nunciaturas, ni de los episcopados. Yo supongo que con la red jesuita y otros contactos personales, podrá, Usted, establecer esta red de consejeros no institucional que pueden pensar distinto de lo que les aconseja sus más cercanos consejeros institucional. Ya no estamos más en el cuadro del pensamiento único.
 
Bueno, estimado papa Francisco, me despido de usted sin por lo tanto alejarme de su persona y de su gran responsabilidad, como papa, para el advenimiento de una nueva Iglesia en que Jesús y la humanidad pueden reconocerse.
 
Le pido su bendición y la bondad de su misericordia