RESUCITO

RESUCITO

miércoles, 16 de abril de 2014

Semana Santa, semana decisiva

Pedro Pierre

“Mi vida, nadie me la quita; soy yo el que la doy”. En Jerusalén se dieron dos acontecimientos decisivos que iban a terminar con el asesinato de Jesús en la cruz. El primer acontecimiento fue la gran manifestación de apoyo popular a Jesús, que recordamos el Domingo de Ramos: la fiesta de los excluidos que quisieron demostrar que un nuevo camino se abría para ellos gracias al ministerio de Jesús. Acontecimiento político, es decir, demostración de la fuerza del poder popular contra las autoridades religiosas judías a los invasores romanos. Era inadmisible para estas autoridades, tanto judías como romanas, dejar sin control el poder de los pobres: por eso decidieron eliminar a Jesús. “Más vale que uno solo muera en vez que la patria”.

El segundo acontecimiento fue de corte religioso. Se nos cuenta que Jesús fue al templo: “De este lugar de oración han hecho una cueva de ladrones”. Y haciendo un látigo, Jesús derribó las mesas de los cambistas que vendían a los peregrinos los animales para los sacrificios rituales: “No quiero sacrificios sino misericordia y justicia”. Las autoridades religiosas comprendieron que se les terminarían los privilegios y su dominación sobre los pequeños y humildes: no podía ser. Había que actuar rápidamente.

Jesús se daba cuenta de que sus días estaban contados. Había que fortalecer la fe de sus discípulos y discípulas que no se daban cuenta de la gravedad de la situación. Entonces Jesús hizo larga última cena cuyo signo subversivo fue el lavado de los pies: “Me llaman Maestro y Señor, y lo soy. Si les he lavado los pies, lo mismo deben hacer ustedes”. Pero los presentes no comprendieron: ¿qué será esto del cuerpo de Jesús en el pan compartido y de su sangre derramada en una copa de vino? “Hagan esto en memoria mía”.

Pero pronto vienen el arresto de Jesús, el juicio cuya decisión era ya tomada, las torturas para dar gusto a la soldadesca, la manipulación satisfecha de las autoridades romanas para dar curso a la pena de muerte. Rápido había que crucificar a este peligroso rebelde político y a este subversivo del orden religioso, para sorprender y asustar a todos.

Hoy, nosotros, ¿a qué Cristo seguimos? ¿A qué autoridades rendimos pleitesía? ¿Serán diferentes de las del tiempo de Jesús? ¿O nos gusta hacernos una religión a nuestra medida para no tener que morir por alguna causa grande, como Jesús?

Si vivimos a medias, si creemos solo en nosotros, poco nos interesa resucitar al tercer día, equivocándonos de salvación.