RESUCITO

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viernes, 18 de abril de 2014

Los cristos de ébano


"el Viernes Santo ha derivado desgraciadamente en una especie de "carnaval" que puede tener de todo menos de cristiano, una competencia de disfraces y cosas que anulan el sentido real del sacrificio de Jesús. En Quito sobre todo la parodia empieza con el macabro "arrastre de caudas", una ceremonia de corte militar pagano-románico que inicia el espectáculo folclórico. Nos dirán "es que eso le gusta al pueblo", mala y ociosa respuesta, al pueblo se le ayuda a crecer, no a darle circo. Por eso entregamos a ustedes esta reflexión sobre los Cristos Esclavos en el norte del Ecuador. Una muestra de los Cristos que todavía arrastran su cruz en estos días."

Los cristos de ébano


Juan Carlos Morales,
Escritor ecuatoriano

En los barcos negreros también llegaron los cristos agónicos. En la época colonial, los jesuitas tenían 132 haciendas, 9 de las cuales estaban en el Valle del Chota, en la provincia de Imbabura. Aquiles Pérez contabilizó a 1 760 esclavos traídos del continente de ébano. Ahora, en Salinas, sus descendientes —como antes lo hicieron sus ancestros con Oxalá convertido en Santa Bárbara— trasfiguraron las simbologías. Los romanos, las verónicas, los cucuruchos, los cristos son afrodescendientes. Únicamente las imágenes de madera, que van en andas, tienen los rostros de los antiguos amos.

La Semana Santa en Salinas clama como la canción de Roberto Anglero: “Si Dios fuera negro, mi compadre, todo cambiaría”. 


Cristo en la cruz
Jorge Luis Borges

Cristo en la cruz. Los pies tocan la tierra.

Los tres maderos son de igual altura.

Cristo no está en el medio. Es el tercero.

La negra barba pende sobre el pecho.

El rostro no es el rostro de las láminas.

Es áspero y judío. No lo veo

y seguiré buscándolo hasta el día

último de mis pasos por la tierra.

El hombre quebrantado sufre y calla.

La corona de espinas lo lastima.

No lo alcanza la befa de la plebe

que ha visto su agonía tantas veces.

La suya o la de otro. Da lo mismo.

Cristo en la cruz. Desordenadamente

piensa en el reino que tal vez lo espera,

piensa en una mujer que no fue suya.

No le está dado ver la teología,

la indescifrable Trinidad, los gnósticos,

las catedrales, la navaja de Occam,

la púrpura, la mitra, la liturgia,

la conversión de Guthrum por la espada,

la inquisición, la sangre de los mártires,

las atroces Cruzadas, Juana de Arco,

el Vaticano que bendice ejércitos.

Sabe que no es un dios y que es un hombre

que muere con el día. No le importa.

Le importa el duro hierro con los clavos.

No es un romano. No es un griego. Gime.

Nos ha dejado espléndidas metáforas

y una doctrina del perdón que puede

anular el pasado. (Esa sentencia

la escribió un irlandés en una cárcel.)

El alma busca el fin, apresurada.

Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto.

Anda una mosca por la carne quieta.

¿De qué puede servirme que aquel hombre

haya sufrido, si yo sufro ahora?