RESUCITO

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martes, 22 de abril de 2014

CÓMO “CONFESABA” JESÚS A LOS(AS) PECADORES(AS)

Miguel Matos s.j

En un tiempo de reflexión y conversión propios de la Semana Mayor, les pido que hagan conmigo esta meditación.

Si nos toca discernir sobre la forma más idónea de celebrar, por ejemplo, el bautismo cristiano, o la eucaristía o cualquier otra expresión de nuestra fe, lo más lógico es que recurramos a ilustrarnos en el ejemplo de Jesús de Nazareth para no apartarnos de lo que fueron sus verdaderas intenciones y si se cambia algo, que la “novedad” no desfigure la intención inicial de Jesús.

Por ese motivo, si vamos a clarificarnos sobre el cómo debe ser vivido un sacramento como es el llamado “la confesión”, debemos, sin lugar a dudas, tratar de llegarnos hasta las narraciones del evangelio en las que Jesús trataba con los pecadores y los perdonaba. Eso es lo que hoy tratamos de hacer cuando practicamos en nuestra Iglesia el Sacramento de la Confesión o también conocido como Reconciliación o de la Penitencia.

De primeras, manifiesto que no se encuentra en ninguna de esas ocasiones algún indicio de que Jesús dedicara un tiempo a indagar la lista de los pecados , las condiciones en los que se hubieran cometido, ni nada por el estilo. Nada me parece más lejano de la práctica perdonadora de Jesús , que esa imagen de un sacerdote sentado en un confesionario o en un banco frente a una fila a la espera de su turno mientras el sacerdote vestido con sus ornamentos escucha la declaración que, en voz baja, que hace la persona que se está confesando en ese momento.

Valiéndonos de todos los testimonios evangélicos podemos decir con toda sinceridad que a Jesús le bastó en todo momento con presenciar la actitud de arrepentimiento que mostraba el pecador para regalarle su perdón incondicionalmente y sin que el pecador tuviera que decir una sola palabra en la que hiciera la narración de sus faltas ni en entrar en ninguna parafernalia “ penitencial”.

Los ejemplos evangélicos son varios pero podemos referirnos por lo menos a tres:

Mateo 9, 2 : “…viendo la fe que tenían, Jesús dijo al paralítico:- ¡Animo ,hijo, se te perdonan tus pecados…¡” ( Da la impresión de que no le dejó “ni abrir la boca”)

Lucas 7, 36-50 : “…en eso entró una mujer conocida como pecadora…y empezó a regarle los pies con sus lágrimas…Y a ella le dijo:- Tus pecados te son perdonados ¡”

Juan 8, 1-11 “…Y Jesús le preguntó: - ¿Nadie te ha condenado ?...Yo tampoco te condeno. Vete y en adelante no vuelvas a pecar”

La pregunta obvia se refiere al por qué de los cambios que se han introducido en la práctica del Sacramento de la Reconciliación que lo han convertido en algo tan vacío, rutinario y tan desagradable. La respuesta tiene mucho que ver hasta con el mismo nombre que se ha popularizado más para nombrar al sacramento. La palabra que más se ha usado en los tiempos inmediatamente pasados , es la palabra “confesión” dejando ya ver que se ha priorizado el hecho de “confesar”, de narrar los pecados que sobre los otros aspectos más importantes de la experiencia.

No sería tan dramático este cambio de perspectiva si esto no significara que el acento puesto sobre el “confesar”, sin que haya sido algo intencional, el cambio se ha hecho a costa de quitarle relieve al aspecto contricción, conversión, dolor, arrepentimiento, ganas sinceras de cambiar. Sin ánimo de recargar las tintas, la experiencia nos hace ver cómo los fieles valoran más e invierten más energías en preparar la declaración de las faltas que en profundizar sobre el daño que he hecho a los demás y las posibilidades de remediar esos daños hechos. Muchas personas tienen la impresión que mientras esa confesión suponga más humillación, más acopio de información, la confesión es mejor. En el mejor de los casos, la confesión se torna valiosa por la cuota de revelación de debilidades y situaciones vergonzosas. La confesión parecería ser más valiosa si la descripción de las faltas es más minuciosa y vergonzosa.

Este error de perspectiva tiene un origen: el sacramento se ha venido presentando como la experiencia de un juicio, ante la presencia de un juez y que incluso culmina con una penitencia. Lógicamente, si nos comportamos como en un juicio, tendríamos que esmerarnos en describir todas las circunstancias que rodearon a la infracción para sopesar los atenuantes o los indicios de mayor gravedad. El protagonismo del que hace las veces de juez resultaría fundamental. Grave error…!, porque este sacramento no es en lo más mínimo un juicio. Por lo menos Jesús no lo vive de esa manera.

La historia del Sacramento de la Reconciliación es muy larga y compleja. Aquí estamos haciendo un resumen muy sucinto. Un momento dramático, como tantos otros, en esta historia lo constituyó la obligatoriedad que el Papa Inocencio III impuso sobre la “confesión oral” por lo menos una vez al año para los fieles cristianos bajo pena de privar a los fieles que incumplieran esta obligación, incluso de la atención médica física y del derecho a ser enterrados en los cementerios oficiales.(Inocencio II, IV Concilio de Letrán 1215)

Para no alargarnos demasiado en esta breve consideración no puedo dejar de referirme al efecto tan pernicioso que esta evolución ha impactado sobre el Sacramento. El Sacramento se ha rutinizado y superficializado a un grado tan notable que uno no sabe si agradecer el hecho de que haya caído prácticamente en desuso para el católico promedio. El Sacramento tal y como se practica es preferible que desaparezca como práctica de piedad para que dé lugar a una verdadera y nueva experiencia de perdón al estilo de Jesús de Nazareth.

Lógicamente no me estoy refiriendo a esa práctica de acudir a un confesor para ventilar situaciones que ameritan consejo o incluso simplemente la experiencia de el ser escuchado con respeto. Este es un servicio inapreciable que prestan muchos sacerdotes generosamente. Pero, vamos a estar claro, esto no es el sacramento de la Reconciliación. Esto es más bien consejería, muy provechosa, pero que no requiere del carácter sacerdotal de la persona que lo proporciona sino sus condiciones de buen oyente y su “sabiduría”.

Vamos a concluir diciendo que esta experiencia del perdón de Dios es de un valor incalculable, pero hay que dejar claro que ese Dios infinito e inaprehensible no necesita para prodigar su perdón del artificio de las “confesiones” que ofrecen las iglesias. Le haríamos un mejor servicio a la humanidad si los convocáramos a vivir el espíritu del Salmo 51, 1-10, Lucas 7,4-8, Juan 1,8 y no extraer consecuencias desproporcionadas de Juan 20, 22, que no da para interpretaciones tan tremendistas en una realidad tan delicada como la que supone la experiencia del perdón que es lo único que se busca y que no puede ser tan banalizada ni rutinizada ni exigirla como condición para participar plenamente en la Eucaristía.

El protagonismo clerical hace daño porque opaca la acción generosa y magnánima de Dios. El enfatizar la acción mágica “ex opere operato” (efecto automático al estilo del “abra kadabra”), le resta fuerza a la invitación a la conversión y resta fuerza a la gratuidad del amor perdonador de Dios.

Una vez más hay que optar entre el fariseísmo tan omnipresente, e hipócrita y el radical y sincero seguimiento a Jesús de Nazareth.