RESUCITO

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lunes, 13 de febrero de 2017

"Aquí está, el que fue"

Último adiós a monseñor Luna Tobar


Anastasio Gallego

RELIGION DIGITAL.- Este es el epitafio que Mons. Luis Alberto Luna Tobar, Carmelita Descalzo, quería que pongan en su tumba. No sé si se lo habrán puesto. Me vine de Cuenca antes del entierro, luego de participar en una eucaristía y en un acto de homenaje de los movimientos y grupos sociales de la provincia: derechos humanos, cooperativas, mujeres violentadas, madre de un ajusticiado extra-judicialmente (guerrillero muerto a manos de las fuerzas policiales), campesinos, indígenas, sacerdotes, laicos y hasta el mismo Presidente de la República

No sé cómo narrar lo que vi, oí, sentí y presentí en las horas que pasé en la catedral de Cuenca-Ecuador. Solo puedo decir que, desde el miércoles hasta hoy (10 de febrero) a las 12h00 esta catedral no ha dejado de estar llena de gente.

Anoche, el sonido del "churo" (caracola de que se usa para llamar a la asamblea entre los indígenas) llenó la catedral cuatro veces, y luego la voz en quichua de un indígena rasgó el silencio: "taita Albeeeerto, nos has dejado". Las mujeres, los hombres, los campesinos, los obreros desfilaban en un cortejo interminable para dar el adiós y verle la cara al TAITA OBISPO.

Cuando llegó la comunión, yo estaba hacia la mitad de la catedral y un diácono casado estaba repartiendo la comunión (en la misa anterior se acabaron las hostias). Al terminar se me acercó y nos fundimos en un abrazo en pleno llanto. El con el copón en la mano no dejaba de llorar abrazado a mi, hasta que me dijo: "compartamos el pan que tantas veces nos dio".

Nunca he visto a una diócesis despedir a quien fuera su arzobispo durante 19 años; que hace 16 que se jubiló y 6 que estaba en una casa sacerdotal en Quito. Los pobres llenaron la catedral; los que eran jóvenes hace 16 años estaban allí. Hasta una madre de alguien que algún momento empuñó las armas de la guerrilla, estaba llorando a Mons. Luis Alberto.

Algunos dirán que es parte del folklor latinoamericano muy dado a estas manifestaciones. Puedo afirmar que era un pueblo cristiano que había sabido apreciar a quien era su pastor.

En uno de sus artículos en un periódico local, el mismo Mons. Luna escribe que en una de las fiestas de una comunidad, luego de abrir la fiesta a galope de un caballo, como es la costumbre (ellos llaman "dar plaza"), el prioste le dijo: SUMAK TAITA, TAITA. ERES DE LOS NUESTROS". El mismo diría luego que esta frase le llegó alma: que le dijeran los indígenas que era de los suyos.

Por eso, en el acto colectivo sonaron los nombres de Mons. Leonidas Proaño, Mons. Romero; Mons. Helder Cámara, Mons. Gonzalo López; Mons. Samuel Ruiz. Fue una evocación de profetas latinoamericanos en la muerte de uno de ellos. Todos fueron amigos entre ellos.

Porque así fue Mons. Luna. Padre con unos, hermano con otros, obispo para su diócesis. Fiel siempre al Concilio Vaticano II, Medellín, Puebla, Santo Domingo (donde estuvo presente). Abrazo abierto para todos. Acogió a Leonardo Boff, José María Castillo, Hugo Assman, José Luis Caravias y a tantos otros; como acogía se perdía entre campesinos y campesinas en sus recorridos por la diócesis en su todoterreno o a caballo, conduciendo o cabalgando él mismo desde el nivel del mar hasta los 4000 metros de altura. Desde el palacio de gobierno, donde más de una vez fue llamado, hasta su trabajo permanente y personal en la cárcel de Cuenca.

Condecorado por la Asamblea Nacional o "autorizado" por un discapacitado mental para que pudiera empezar la misma. Su autoridad moral y su palabra le daban suficiente libertad. Una anécdota: un día, en una comunidad campesina, se sentó para la homilía comunitaria. Un niño se le acercó, se subió a sus rodillas, se durmió y Mons., para no despertar al niño, siguió la misa sentado hasta el final.

Por eso toda la diócesis le ha llorado y le ha despedido. No me extrañaría que su tumba, en la cripta catedralicia, se convierta en un lugar de peregrinación. Ya lo era la casa sacerdotal donde estaba viviendo en Quito.

En estos momentos creo que nuestra Iglesia necesita pastores de ese talante para que "el mundo crea". Y creo que los hay y van surgiendo en las periferias. Una persona, en la cena que tuvimos en la noche, nos confesó algo que Mons. Luna le había confiado: "a él le había convertido un cura perdido en la montaña andina".