RESUCITO

RESUCITO

domingo, 9 de octubre de 2016

"49 ANIVERSARIO DEL ASESINATO DE ERNESTO CHE GUEVARA"

El che del evangelio



Lluis Ronda

La iglesia católica oficial continúa su prédica conformando el evangelio a las legislaciones de los poderosos, púlpitos de la hipocresía en nombre de un “dios persona” que mora junto al poder, al sistema.

No les veréis la autoridad eclesiástica en manifestaciones contra desahucios; ni acusando a banqueros usureros estafadores; ni criticando un gobierno que repone lo dilapidado por la gandulería financiera con dinero público; ni levantando la voz contra mandatarios que dan la espalda a una realidad de casi 4000 suicidios anuales por la crisis; ni defendiendo a trabajadores de la precariedad y la esclavitud; tampoco habrán palabras de humanidad hacia sentimientos homosexuales ni respeto a la libertad de conciencia para ser o no ser madre. No escucharéis palabras en favor de los derechos de los pueblos y culturas, de unir esta diversidad, sino todo lo contrario: la unicidad, la uniformidad, el dogma de una “grande y libre” por la gracia de un dios que impone su modelo de democracia y de libertad. Sólo sometiéndose a la ley de este particular dios se salvará la sociedad bajo esta máxima: “Haced lo que yo os diga pero absteneos de hacer lo que yo haga”. Los escándalos de corrupción financiera, patrimonial y sexual del Vaticano son una prueba. Desde esta posición de dominio ha regido durante siglos la cruz y la espada, estado e iglesia, política y religión.

Sin embargo, verdaderos evangelistas olvidados como el obispo Pedro Casaldàliga (y tantos otros) levantan la voz y dicen:

“Creo que el capitalismo es intrínsecamente malo: porque es el egoísmo socialmente institucionalizado, la idolatría pública del lucro, el reconocimiento oficial de la explotación del ser humano, la esclavitud de muchos al yugo del interés y la prosperidad de unos pocos. Una cosa he entendido claramente en la vida: las derechas son reaccionarías por naturaleza, fanáticamente inmovilistas cuando se trata de salvaguardar el propio “trozo de pastel”, solidariamente interesadas en aquel orden que es el bien… de la minoría de siempre.”

Verdaderamente, la política tiene que ocuparse del bien común, y la religión también, sin embargo, cuando este bien común únicamente atiende a la suma de los bienes particulares de unos cuantos poderosos que privilegian quienes por altares y hogares vomitan las reglas de un “status quo” secular a través del cual debe seguir guiándose la sociedad, entonces la connivencia católico-capitalista astutamente nos confunde justicia con justificación.

Las guerras sólo llevan a la victoria, nunca a la paz. Cada vez hay más conflictos en el mundo, más guerras donde mueren miles de inocentes. Se reza por ellos, por sus heridos y refugiados en tanto bendicen armas y soldados en nombre de dios. Ningún representante de la iglesia católica alza su voz para condenar con nombre y apellido mandatarios de estados “democráticos” que promueven “guerras preventivas” (farsa en nombre de los recursos naturales) causantes de miles de muertos inocentes. Se faculta la maldad para más tarde justificar con actos magnánimos sus consecuencias. Arrebatan la justicia a los inocentes y, vacía de esencia, la imponen atiborrándola de codicia acomodada a sus intereses. Ciegos por la avaricia de poder y dinero pisotean la vida de todo lo que se ponga por delante, sean seres humanos, sea la naturaleza… y nadie, ninguna primera autoridad política o moral les detiene, claro, ¡Todos comen del mismo plato!

Se sigue un mismo patrón: el capitalismo se enriquece explotando la bondad de las personas y la naturaleza con discursos disfrazados de humanidad y ecosofia (RSC) de los cuales se autoproclama garante en nombre… del poder acumulado. La palabra del capitalismo es la palabra de la especulación y el dinero.

La iglesia católica oficial se enriquece explotando la fe de las personas con sermones “usurpados” al evangelio, del cual se autoproclama representante. La palabra del sacerdote es la palabra hipócrita del dios inventado.

Unos actúan justificando el liberalismo económico y político. Los otros actúan justificando un obsceno “dios persona” que condena y castiga cruz en mano la libertad de conciencia.

Sólo una mente enferma podría hoy imaginarse a Jesús en la Sede del Vaticano. Aquel que vino a librarnos de la ley, a luchar contra la hipocresía enfrentándose al poder establecido, a respetar y unir la diversidad, a estimar la vida, acabó crucificado “legalmente”. Y es esta ley de los poderosos alejada de las buenas costumbres de los pueblos, la que continúa esclavizando y amenazando en nombre del dios substancia del imperio. Y es esta autoridad, no investida por el pueblo, la que continúa justificando el capitalismo y el poder de unos cuantos mandatarios que ponen al falso dios de su lado defendiendo los nanacrónicos ensayos de teocracia católica que sufrimos, por cierto, con superávit de beatos y santos que han pagado miles de euros por dicho “título”.

Pero, si Dios no es persona sino símbolo, si no hay Dios sin seres humanos, ni seres humanos sin mundo, ni mundo sin Dios… si Jesús es símbolo de humanidad, el Padre de Eternidad y el Espíritu de Universo, si no hay jerarquías, si en todo ser humano hay Dios, Humanidad y Universo en sí mismo, entonces la Conciencia beberá de su silencio, donde nace la Palabra viva que busca la justicia, la paz y la armonía que se hace presente con la experiencia del formar parte de un todo. Palabra que vive y obra, que construye y que habita. Este es el cambio radical necesario, urge esta metamorfosis humana imprescindible para desconectar este maldito sistema que diariamente amenaza, desespera y arruina nuestras vidas.

Quien muere por esta causa, resucita la dignidad expoliada por el mercantilismo y la avaricia de poder en miles de personas que, como soldados de amor propio, retoman el camino de lucha de amor por la vida. Morir por la dignidad es morir con dignidad y vivir siempre en la memoria de una nueva humanidad que ya no se deje desnudar permitiendo encarnar la indecencia y la humillación en sus vidas.

“Somos amigos, querido Che Guevara, canta Pedro Casaldàliga. Ni unos ni otros nos entenderán. Me da igual. La muerte nos declara toda la verdad. Sé por qué has luchado: el bien, la dignidad y la liberación del hombre. Coincidimos. Y no voy a restar validez a tu testimonio. Porque, más que con palabras, respondiste con hechos a esta pregunta: ¿Cuando, Señor, hicimos esto contigo? ¿Qué hemos hecho los cristianos para que muchos puedan o tengan que concluir que defender la justicia y la libertad es incompatible con la fe cristiana?”

La iglesia católica oficial continúa su prédica conformando el evangelio a las legislaciones de los poderosos, púlpitos de la hipocresía en nombre de un “dios persona” que mora junto al poder, al sistema.

No les veréis la autoridad eclesiástica en manifestaciones contra desahucios; ni acusando a banqueros usureros estafadores; ni criticando un gobierno que repone lo dilapidado por la gandulería financiera con dinero público; ni levantando la voz contra mandatarios que dan la espalda a una realidad de casi 4000 suicidios anuales por la crisis; ni defendiendo a trabajadores de la precariedad y la esclavitud; tampoco habrán palabras de humanidad hacia sentimientos homosexuales ni respeto a la libertad de conciencia para ser o no ser madre. No escucharéis palabras en favor de los derechos de los pueblos y culturas, de unir esta diversidad, sino todo lo contrario: la unicidad, la uniformidad, el dogma de una “grande y libre” por la gracia de un dios que impone su modelo de democracia y de libertad. Sólo sometiéndose a la ley de este particular dios se salvará la sociedad bajo esta máxima: “Haced lo que yo os diga pero absteneos de hacer lo que yo haga”. Los escándalos de corrupción financiera, patrimonial y sexual del Vaticano son una prueba. Desde esta posición de dominio ha regido durante siglos la cruz y la espada, estado e iglesia, política y religión.

Sin embargo, verdaderos evangelistas olvidados como el obispo Pedro Casaldàliga (y tantos otros) levantan la voz y dicen:

“Creo que el capitalismo es intrínsecamente malo: porque es el egoísmo socialmente institucionalizado, la idolatría pública del lucro, el reconocimiento oficial de la explotación del ser humano, la esclavitud de muchos al yugo del interés y la prosperidad de unos pocos. Una cosa he entendido claramente en la vida: las derechas son reaccionarías por naturaleza, fanáticamente inmovilistas cuando se trata de salvaguardar el propio “trozo de pastel”, solidariamente interesadas en aquel orden que es el bien… de la minoría de siempre.”

Verdaderamente, la política tiene que ocuparse del bien común, y la religión también, sin embargo, cuando este bien común únicamente atiende a la suma de los bienes particulares de unos cuantos poderosos que privilegian quienes por altares y hogares vomitan las reglas de un “status quo” secular a través del cual debe seguir guiándose la sociedad, entonces la connivencia católico-capitalista astutamente nos confunde justicia con justificación.

Las guerras sólo llevan a la victoria, nunca a la paz. Cada vez hay más conflictos en el mundo, más guerras donde mueren miles de inocentes. Se reza por ellos, por sus heridos y refugiados en tanto bendicen armas y soldados en nombre de dios. Ningún representante de la iglesia católica alza su voz para condenar con nombre y apellido mandatarios de estados “democráticos” que promueven “guerras preventivas” (farsa en nombre de los recursos naturales) causantes de miles de muertos inocentes. Se faculta la maldad para más tarde justificar con actos magnánimos sus consecuencias. Arrebatan la justicia a los inocentes y, vacía de esencia, la imponen atiborrándola de codicia acomodada a sus intereses. Ciegos por la avaricia de poder y dinero pisotean la vida de todo lo que se ponga por delante, sean seres humanos, sea la naturaleza… y nadie, ninguna primera autoridad política o moral les detiene, claro, ¡Todos comen del mismo plato!

Se sigue un mismo patrón: el capitalismo se enriquece explotando la bondad de las personas y la naturaleza con discursos disfrazados de humanidad y ecosofia (RSC) de los cuales se autoproclama garante en nombre… del poder acumulado. La palabra del capitalismo es la palabra de la especulación y el dinero.

La iglesia católica oficial se enriquece explotando la fe de las personas con sermones “usurpados” al evangelio, del cual se autoproclama representante. La palabra del sacerdote es la palabra hipócrita del dios inventado.

Unos actúan justificando el liberalismo económico y político. Los otros actúan justificando un obsceno “dios persona” que condena y castiga cruz en mano la libertad de conciencia.

Sólo una mente enferma podría hoy imaginarse a Jesús en la Sede del Vaticano. Aquel que vino a librarnos de la ley, a luchar contra la hipocresía enfrentándose al poder establecido, a respetar y unir la diversidad, a estimar la vida, acabó crucificado “legalmente”. Y es esta ley de los poderosos alejada de las buenas costumbres de los pueblos, la que continúa esclavizando y amenazando en nombre del dios substancia del imperio. Y es esta autoridad, no investida por el pueblo, la que continúa justificando el capitalismo y el poder de unos cuantos mandatarios que ponen al falso dios de su lado defendiendo los nanacrónicos ensayos de teocracia católica que sufrimos, por cierto, con superávit de beatos y santos que han pagado miles de euros por dicho “título”.

Pero, si Dios no es persona sino símbolo, si no hay Dios sin seres humanos, ni seres humanos sin mundo, ni mundo sin Dios… si Jesús es símbolo de humanidad, el Padre de Eternidad y el Espíritu de Universo, si no hay jerarquías, si en todo ser humano hay Dios, Humanidad y Universo en sí mismo, entonces la Conciencia beberá de su silencio, donde nace la Palabra viva que busca la justicia, la paz y la armonía que se hace presente con la experiencia del formar parte de un todo. Palabra que vive y obra, que construye y que habita. Este es el cambio radical necesario, urge esta metamorfosis humana imprescindible para desconectar este maldito sistema que diariamente amenaza, desespera y arruina nuestras vidas.

Quien muere por esta causa, resucita la dignidad expoliada por el mercantilismo y la avaricia de poder en miles de personas que, como soldados de amor propio, retoman el camino de lucha de amor por la vida. Morir por la dignidad es morir con dignidad y vivir siempre en la memoria de una nueva humanidad que ya no se deje desnudar permitiendo encarnar la indecencia y la humillación en sus vidas.

“Somos amigos, querido Che Guevara, canta Pedro Casaldàliga. Ni unos ni otros nos entenderán. Me da igual. La muerte nos declara toda la verdad. Sé por qué has luchado: el bien, la dignidad y la liberación del hombre. Coincidimos. Y no voy a restar validez a tu testimonio. Porque, más que con palabras, respondiste con hechos a esta pregunta: ¿Cuando, Señor, hicimos esto contigo? ¿Qué hemos hecho los cristianos para que muchos puedan o tengan que concluir que defender la justicia y la libertad es incompatible con la fe cristiana?”