RESUCITO

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jueves, 21 de abril de 2016

Solidaridades esperanzadoras



Padre Pedro Pierre

Las noticias sobre el terremoto ocurrido en el litoral del Pacífico nos llenan de dolor y de pena, al mismo tiempo que despiertan nuestra solidaridad efectiva. La provincia de Manabí es la más golpeada, en particular la ciudad de Pedernales, de unos 55.000 habitantes que ha quedado destruida hasta el 80%, por estar en el epicentro del desastre. Toda la Costa quedó afectada, de Esmeraldas hasta Guayaquil y El Oro, como también en menor grado Quito y otros lugares de la cordillera de los Andes. Se habla de varios centenares de muertos y miles de heridos, cifras que van aumentando en la medida que se remueven los muchos escombros. Que nuestros hermanos y hermanas más sufridos sientan nuestra amistad, oración y solidaridad.

En cuanto a las causas de tal desgracia, dejemos a un lado de una vez por todas la idea de castigo que ofende vergonzosamente a Dios y a los muertos, los heridos y todos los afectados, y que no es más que el resultado de mentes trastornadas. Si buscamos explicaciones, que sea para fomentar la solidaridad y que, mediante ella, se ayude a reconstruir vidas, casas y trajín cotidiano.

Tenemos que darnos cuenta de que la obra de la Creación no ha terminado: sigue adelante en todo el universo y, por lo mismo, en nuestro planeta. Esta Creación es parecida a un parto que tenemos que acompañar amigablemente para volverlo lo menos doloroso posible. Lastimosamente no es lo que ocurre con nuestra Madre Tierra.

Más bien vemos por todas partes cómo la estamos maltratando y destruyendo, lo que acaba desequilibrando la armonía: somos nosotros mismos que enfermamos y pervertimos nuestro planeta. Toda la creación somos una sola unidad que nos ayudamos o nos destruimos juntos.

Felizmente, el terremoto en Manabí nos está despertando, haciéndonos ver lo malo de muchas de nuestras actuaciones, la exigencia de la solidaridad y la necesidad de construir un mundo más fraterno y una sociedad ecuatoriana más justa y equitativa. Los muertos y heridos son un solo grito humano y divino que nos quiere sacudir y remover desde dentro para emprender una vida personal más conforme, digna y una convivencia planetaria más fraterna.

Tenemos que sanar muchas heridas y muchos contrasentidos para poder vivir como hermanos, hermanos entre nosotros y con la naturaleza. La solidaridad internacional, en particular de los países latinoamericanos, nos anima en este sentido. Cuántos hermanos y hermanas de nuestros países vamos a escuchar y ver, por venir a compartir con nosotros, no solamente elementos materiales, sino también sus saberes y su profesionalismo para remediar y reconstruir la vida, la ternura y la esperanza.

Hagamos nuestra la oración del papa Francisco en su visita en Grecia a las decenas de miles de refugiados que llegan a Europa en condiciones inhumanas: “Dios de misericordia… Como una única familia humana, somos todos emigrantes, viajeros de esperanza hacia Ti, que eres nuestra verdadera casa; allí donde toda lágrima será enjugada, donde estaremos en la paz y seguros en tu abrazo”.