RESUCITO

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sábado, 9 de abril de 2016

El Papa pide a los obispos que abran las puertas de la comunión, caso por caso, a los divorciados vueltos a casar


Jesús Bastante

"Acompañar, discernir e integrar". Estas tres palabras son las claves de bóveda de "Amoris Laetitia", la esperada exhortación apostólica del Papa Francisco tras las dos asambleas del Sínodo de la Familia y que puede leer aquí. Un texto abierto a las interpretaciones, que muestra el "estilo Francisco" y ese "precioso poliedro" que supone la Iglesia, y en el que se da un mayor énfasis en la misericordia y en la persona, frente a la rigidez de la doctrina.

Y es que, sin cambiar una coma de la misma, el Papa deja las manos libres a los obispos para que permitan la comunión, caso por caso, de los divorciados vueltos a casar; admite las bondades de otras realidades distintas al matrimonio canónico; y plantea una línea de actuación, una advertencia a los rigoristas: "No todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales".

"El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre", clama el Papa, quien pide "evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones" porque "se trata de integrar a todos". Para Francisco, los divorciados vueltos a casar "pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas".

"No existen recetas sencillas", reconoce el Papa, quien se niega a "una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos", sino "un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares" que, atendiendo a la "ley de gradualidad", se aplique "la lógica de la misericordia pastoral".

Así, recuerda que "no están excomulgados", y que "pueden ser reintegrados en la comunidad cristiana en las diversas formas posibles", evitando el escándalo pero caminando hacia "discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional pueden ser superadas".

Y es que "la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia", argumenta el Papa, quien critica a los que "nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores". Porque "la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas".

"Amoris Laetitia" es un texto preciso pero con muchas puertas abiertas, que a lo largo de sus 300 páginas, divididas en nueve capítulos y 325 párrafos (además de la oración conclusiva a la Sagrada Familia) se encuentra trufado de citas sinodales y de anteriores Papas, pero también de escritores e intelectuales como Eric Fromm, Martin Luther King, Jorge Luis Borges, Octavio Paz o Mario Benedetti, de quien copia su fantástico "Si te quiero es porque sos/mi amor, mi cómplice y todo/y en la calle, codo a codo/somos mucho más que dos" para hablar del amor conyugal. Ignacio de Loyola, San Pablo o Santo Tomás son otros de los ejes "literarios" del texto, que también cuenta con una referencia fílmica: "El festín de Babette".

Muchos se sentirán defraudados, a un lado y otro del "precioso poliedro" de opiniones planteadas en las dos asambleas del Sínodo, y en la propia Iglesia. Pero lo cierto es que, aunque la doctrina formalmente no cambia, sí lo hacen, y mucho, las prácticas pastorales. Empezando por la premisa de trabajo de "Amores Laetitia": "Quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales". Esto es, como repite el Papa en varias ocasiones: la doctrina no lo es todo. "En la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella". Y es que "en cada país o región se deben buscar soluciones más inculturadas, atentas a las tradiciones y a los desafíos locales".

En el primer capítulo, "A la luz de la palabra", Francisco repasa algunas de las referencias bíblicas de la familias, que culmina recordando la "emblemática escena que muestra a una adúltera en la explanada del templo de Jerusalén, rodeada de sus acusadores, y luego sola con Jesús que no la condena y la invita a una vida más digna". En el capítulo segundo, "Realidad y desafíos de las familias", el Papa aborda la actualidad de las distintas realidades familiares. Con un fuerte tono de autocrítica a esa Iglesia del "no" que lamentablemente se había implantado en las últimas décadas.

Así, aunque subraya que "los cristianos no podemos renunciar a proponer el matrimonio con el fin de no contradecir la sensibilidad actual, para estar a la moda, o por sentimientos de inferioridad frente al descalabro moral y humano", el Papa indica que "no tiene sentido quedarnos en una denuncia retórica de los males actuales, como si con eso pudiéramos cambiar algo. Tampoco sirve pretender imponer normas por la fuerza de la autoridad".

"Al mismo tiempo -añade- tenemos que ser humildes y realistas, para reconocer que a veces nuestro modo de presentar las convicciones cristianas, y la forma de tratar a las personas, han ayudado a provocar lo que hoy lamentamos, por lo cual nos corresponde una saludable reacción de autocrítica (...). Con frecuencia presentamos el matrimonio de tal manera que su fin unitivo, el llamado a crecer en el amor y el ideal de ayuda mutua, quedó opacado por un acento casi excluyente en el deber de la procreación. Tampoco hemos hecho un buen acompañamiento de los nuevos matrimonios en sus primeros años, con propuestas que se adapten a sus horarios, a sus lenguajes, a sus inquietudes más concretas. Otras veces, hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales".

"Esta idealización excesiva, sobre todo cuando no hemos despertado la confianza en la gracia, no ha hecho que el matrimonio sea más deseable y atractivo, sino todo lo contrario", denuncia el Papa, quien añade que "durante mucho tiempo creímos que con sólo insistir en cuestiones doctrinales, bioéticas y morales (...) ya sosteníamos suficientemente a las familias, consolidábamos el vínculo de los esposos y llenábamos de sentido sus vidas compartidas".

Prosigue la autocrítica: "Muchas veces hemos actuado a la defensiva, y gastamos las energías pastorales redoblando el ataque al mundo decadente, con poca capacidad proactiva para mostrar caminos de felicidad. Muchos no sienten que el mensaje de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia haya sido un claro reflejo de la predicación y de las actitudes de Jesús que, al mismo tiempo que proponía un ideal exigente, nunca perdía la cercanía compasiva con los frágiles, como la samaritana o la mujer adúltera".

El documento también es una defensa sin matices de la vida humana, recordando que "la Iglesia rechaza con todas sus fuerzas las intervenciones coercitivas del Estado en favor de la anticoncepción, la esterilización e incluso del aborto", aunque admite que "la conciencia recta de los esposos (...) puede orientarlos a la decisión de limitar el número de hijos por motivos suficientemente serios". Un llamamiento de la paternidad responsable que se repite en varias ocasiones a lo largo del Amoris Laetitia.

Entre los desafíos, el documento apunta, sin detenerse demasiado en ello, en algunos desafíos, desde el fenómeno migratorio a la diferencia de sexos ("ideología del gender"); desde la cultura de lo provisorio a la mentalidad antinatalista y al impacto de la biotecnología en el campo de la procreación; de la falta de casa y de trabajo a la pornografía y el abuso de menores; de la atención a las personas con discapacidad, al respeto de los ancianos; de la deconstrucción jurídica de la familia o la violencia contra las mujeres. "El abuso sexual de los niños se torna todavía más escandaloso cuando ocurre en los lugares donde deben ser protegidos, particularmente en las familias y en las escuelas y en las comunidades e instituciones cristianas", apunta el Papa.

En cuanto a las uniones no matrimoniales, el Papa reconoce que "ya no se advierte con claridad que sólo la unión exclusiva e indisoluble entre un varón y una mujer cumple una función social plena", y aunque reconoce que "no pueden equipararse sin más al matrimonio", sí apunta que "debemos reconocer la gran variedad de situaciones familiares que pueden brindar cierta estabilidad", también "las uniones de hecho o entre personas del mismo sexo".

En el capítulo tercero "La mirada puesta en Jesús: vocación de la familia", Bergoglio comienza a plantear el núcleo de la instrucción: las "situaciones difíciles y familias heridas", y la responsabilidad de los pastores de "discernir bien las situaciones" porque "el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos, y puede haber factores que limitan la capacidad de decisión".

Volviendo la mirada a las interpretaciones de la doctrina y de papas anteriores, Francisco retoma su defensa del "valor de la vida humana", insistiendo en que "de ningún modo se puede plantear como un derecho sobre el propio cuerpo la posibilidad de tomar decisiones con respecto a esa vida, que es un fin en sí misma y que nunca puede ser un objeto de dominio de otro ser humano". Por ello, reclama "la obligación moral de la objeción de conciencia" y, sobre el fin de la vida, reclama "la urgencia de afirmar el derecho a la muerte natural, evitando el ensañamiento terapéutico y la eutanasia" y rechazando "con firmeza la pena de muerte".

En el capítulo cuarto, "El amor en el matrimonio", Francisco repasa la famosa carta de San Pablo a los Corintios, repasando el amor servicial, compasivo, que no ofende, que es paciente, amable, que confía, espera y disculpa todo, y se detiene en la vida sexual del matrimonio, defendiendo "el sano erotismo" y la "dimensión erótica del amor".

El capítulo quinto, "Amor que se vuelve fecundo", reclama la paternidad responsable, que "no es procreación ilimitada", y el feminismo "cuando no pretende la uniformidad ni la negación de la maternidad". Al tiempo, defiende que "el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación" y admira a los que optan por la adopción y la acogida de niños, "no sólo en los casos de esposos con problemas de fertilidad".

El capítulo sexto, "Algunas perspectivas pastorales", arranca admitiendo que "a los ministros ordenados les suele faltar formación adecuada para tratar los complejos problemas actuales de las familias". En este punto, pone el acento en la "experiencia de la larga tradición oriental de los sacerdotes casados", volviendo a dejar la puerta abierta al fin del celibato obligatorio en la Iglesia de Occidente.

Este capítulo ya aborda las "rupturas y divorcios" en el seno de la comunidad. Por primera vez, el Papa admite que en algunos casos, sobre todo cuando concurre violencia, "la separación es inevitable. A veces puede llegar a ser incluso moralmente necesaria, cuando precisamente se trata de sustraer al cónyuge más débil, o a los hijos pequeños, de las heridas más graves causadas por la prepotencia y la violencia, el desaliento y la explotación, la ajenidad y la indiferencia".

En cuanto al acompañamiento a separados y divorciados, el Papa aconseja "acoger y valorar especialmente el dolor de quienes han sufrido injustamente la separación, el divorcio o el abandono, o bien, se han visto obligados a romper la convivencia por los maltratos del cónyuge", clamando por "una pastoral de la reconciliación y de la mediación, a través de centros de escucha especializados que habría que establecer en las diócesis".

"A las personas divorciadas que viven en nueva unión, es importante hacerles sentir que son parte de la Iglesia, que «no están excomulgadas» y no son tratadas como tales, porque siempre integran la comunión eclesial". Estas situaciones, añade el Papa, "exigen un atento discernimiento y un acompañamiento con gran respeto, evitando todo lenguaje y actitud que las haga sentir discriminadas, y promoviendo su participación en la vida de la comunidad".

En este punto, Francisco recuerda las modificaciones para agilizar los procesos de nulidades, y anima a prevenir los divorcios mediante una adecuada pastoral antes y después del matrimonio, con especial atención al noviazgo.

El capítulo también habla de las relaciones homosexuales. "Deseamos ante todo reiterar que toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto, procurando evitar « todo signo de discriminación injusta », y particularmente cualquier forma de agresión y violencia". No obstante, el Papa recuerda que los padres sinodales mostraron su preocupación por la equiparación de las uniones homosexuales con el matrimonio, y añade que "no existe fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas", entre ambas realidades.

En el capítulo séptimo, "Fortalecer la educación de los hijos", el Papa defiende la educación sexual como parte esencial de la educación de niños y adolescentes. "Deberíamos preguntarnos si nuestras instituciones educativas han asumido este desafío", constata el Papa, quien apunta que "la educación sexual debería incluir también el respeto y la valoración de la diferencia, que muestra a cada uno la posibilidad de superar el encierro en los propios límites para abrirse a la aceptación del otro".

"Tampoco se puede ignorar que en la configuración del propio modo de ser, femenino o masculino, no confluyen sólo factores biológicos o genéticos, sino múltiples elementos que tienen que ver con el temperamento, la historia familiar, la cultura, las experiencias vividas, la formación recibida, las influencias de amigos, familiares y personas admiradas, y otras circunstancias concretas que exigen un esfuerzo de adaptación (...). Pero también es verdad que lo masculino y lo femenino no son algo rígido", sostiene Bergoglio.

Pero, sin lugar a dudas, y como el propio Papa advierte en su prólogo, el capítulo más relevante -y el más largo- es el octavo, titulado "Acompañar, discernir e integrar la fragilidad". Y es que estas son las tres claves para comprender el estilo del Papa Francisco. "Acompañar, discernir e integrar".

En el contexto del Año de la Misericordia, Bergoglio plantea que "la Iglesia debe acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frágiles, marcados por el amor herido y extraviado, dándoles de nuevo confianza y esperanza (...). No olvidemos que, a menudo, la tarea de la Iglesia se asemeja a la de un hospital de campaña".

Para Francisco, es preciso "valorar los elementos constructivos en aquellas situaciones que todavía no corresponden o ya no corresponden a su enseñanza sobre el matrimonio", como las parejas que conviven sin haberse casado, o los matrimonios no canónicos. "Cuando la unión alcanza una estabilidad notable mediante un vínculo público, está connotada de afecto profundo, de responsabilidad por la prole, de capacidad de superar las pruebas, puede ser vista como una ocasión de acompañamiento en la evolución hacia el sacramento del matrimonio".

"Es preciso afrontar todas estas situaciones de manera constructiva" pide el Papa. "Se trata de acogerlas y acompañarlas con paciencia y delicadeza". En esta línea, Francisco apunta la "ley de gradualidad con la conciencia" propuesta por el Papa Juan Pablo II, y que sirve de marco para hablar de la cuestión, sin duda, más espinosa, la que ha capitalizado el debate entre los padres sinodales, y entre los distintos modos de entender la Iglesia, en los últimos tres años: los divorciados vueltos a casar.


"He querido plantear con claridad a toda la Iglesia para que no equivoquemos el camino: Dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: marginar y reintegrar". Francisco lo tiene claro: "El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero [...] Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita". Por ello, "hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición ».

"Se trata de integrar a todos, se debe ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad eclesial, para que se sienta objeto de una misericordia « inmerecida, incondicional y gratuita». Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio", insiste el Papa.

Dicho esto, el Papa sostiene el "consenso general" que alcanzaron los padres sinodales respecto a los divorciados vueltos a casar. "Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral".

"Debe quedar claro que este no es el ideal que el Evangelio propone para el matrimonio y la familia", admite el Papa, pero clama porque los obispos actúen "distinguiendo adecuadamente" con "una mirada que discierna bien las situaciones. Sabemos que no existen recetas sencillas".

La única receta es la siguiente: "Los bautizados que se han divorciado y se han vuelto a casar civilmente deben ser más integrados en la comunidad cristiana en las diversas formas posibles, evitando cualquier ocasión de escándalo. La lógica de la integración es la clave de su acompañamiento pastoral (...). Es necesario, por ello, discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional pueden ser superadas. Ellos no sólo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que les acoge siempre, los cuida con afecto y los anima en el camino de la vida y del Evangelio".

Habida cuenta la "innumerable diversidad de situaciones concretas", puede "comprenderse que no debía esperarse del Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos. Sólo cabe un nuevo aliento a un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares, que debería reconocer que, puesto que el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos, las consecuencias o efectos de una norma no necesariamente deben ser siempre las mismas".

"Los divorciados vueltos a casar deberían preguntarse cómo se han comportado con sus hijos cuando la unión conyugal entró en crisis; si hubo intentos de reconciliación; cómo es la situación del cónyuge abandonado; qué consecuencias tiene la nueva relación sobre el resto de la familia y la comunidad de los fieles; qué ejemplo ofrece esa relación a los jóvenes que deben prepararse al matrimonio. Una reflexión sincera puede fortalecer la confianza en la misericordia de Dios, que no es negada a nadie", señala el Papa.

Un discernimiento de obispo y sacerdotes que "deben evitar el grave riesgo de mensajes equivocados, como la idea de que algún sacerdote puede conceder rápidamente « excepciones », o de que existen personas que pueden obtener privilegios sacramentales a cambio de favores". Francisco echa mano de la tradición de la Iglesia para hablar de "los condicionamientos y circunstancias atenuantes". "Ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación llamada irregular viven en una situación de pecado mortal", ejemplifica Bergoglio.


"Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano", denuncia el Papa, quien afirma, con Santo Tomás de Aquino, que, aunque "las normas generales presentan un bien que nunca se debe desatender ni descuidar (...), en su formulación no pueden abarcar absolutamente todas las situaciones particulares".

Por ello, "un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones « irregulares », como si fueran rocas que se lanzan sobre la vida de las personas. Es el caso de los corazones cerrados, que suelen esconderse aun detrás de las enseñanzas de la Iglesia « para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas».

"Es posible -concluye el Papa, que, en medio de una situación objetiva de pecado -que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno- se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia". "El discernimiento debe ayudar a encontrar los posibles caminos de respuesta a Dios y de crecimiento en medio de los límites. Por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia y del crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que dan gloria a Dios".

En cualquier caso, Francisco recomienda "resonar la invitación a recorrer la viacaritatis. La caridad fraterna es la primera ley de los cristianos" y aplicar "la lógica de la misericordia pastoral".

"Para evitar cualquier interpretación desviada, recuerdo que de ninguna manera la Iglesia debe renunciar a proponer el ideal pleno del matrimonio, el proyecto de Dios en toda su grandeza (...) La tibieza, cualquier forma de relativismo, o un excesivo respeto a la hora de proponerlo, serían una falta de fidelidad al Evangelio y también una falta de amor de la Iglesia hacia los mismos jóvenes", admite el Papa, quien sin embargo arguye "el peso de las circunstancias atenuantes -psicológicas, históricas e incluso biológicas-", del que "se sigue que, « sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día », dando lugar a « la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible».

"Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna. Pero creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad: una Madre que, al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, « no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino»", constata el Papa, quien pide a los pastores que ayuden a los fieles a "asumir la lógica de la compasión con los frágiles y a evitar persecuciones o juicios demasiado duros o impacientes. El mismo Evangelio nos reclama que no juzguemos ni condenemos".

"Es providencial que estas reflexiones se desarrollen en el contexto de un Año Jubilar dedicado a la misericordia, porque también frente a las más diversas situaciones que afectan a la familia, « la Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona", subraya el Papa, quien recuerda que "Jesús se presenta como pastor de cien ovejas, no de noventa y nueve. Las quiere todas", de modo que a "todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros »".

"La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia", recuerda el Papa, quien critica a los que "nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas »".

"A veces nos cuesta mucho dar lugar en la pastoral al amor incondicional de Dios -admite- . Ponemos tantas condiciones a la misericordia que la vaciamos de sentido concreto y de significación real, y esa es la peor manera de licuar el Evangelio".

Como conclusión, el Papa invita "a los fieles que están viviendo situaciones complejas, a que se acerquen con confianza a conversar con sus pastores o con laicos que viven entregados al Señor. No siempre encontrarán en ellos una confirmación de sus propias ideas o deseos, pero seguramente recibirán una luz que les permita comprender mejor lo que les sucede y podrán descubrir un camino de maduración personal. E invito a los pastores a escuchar con afecto y serenidad, con el deseo sincero de entrar en el corazón del drama de las personas y de comprender su punto de vista, para ayudarles a vivir mejor y a reconocer su propio lugar en la Iglesia".

Finalmente, el capítulo noveno, "Espiritualidad matrimonial y familiar", el papa constata que "ninguna familia es una realidad perfecta y condicionada de una vez para siempre, sino que requiere una progresiva maduración de su capacidad de amar (...). No desesperemos por nuestros límites, pero tampoco renunciemos a buscar la plenitud del amor y de comunión que se nos ha prometido".