RESUCITO

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miércoles, 27 de abril de 2016

Caridad, solidaridad, Estado y miseria humana



Werner Vásquez Von Schoettler

El terremoto ha sido devastador. La mayor tragedia en la historia de los últimos setenta años. Pero las tragedias a veces vienen acompañadas de ciertos niveles de estupidez humana. Mientras miles se debaten día a día para sobrevivir; cierta miseria humana-comunicacional busca sacarle réditos al dolor ajeno. En medios de comunicación tradicionales o redes sociales, la infamia puede tener todo un arcoíris de miseria humana. Desde las estupideces de quienes buscan comparar el impacto de la crisis económica internacional que afectó al país con el feriado bancario que vivimos en 1999. Ni siquiera un mínimo de lecturas económicas históricas usan para argumentar. Como bien lo decía el mayor político del siglo XX: “Pura bazofia ecléctica”; que bien se aplica al muro de Facebook, incluido el cafecito intelectual. O el caso del banquero que se le ocurrió la ‘brillante’ idea de un fideicomiso para los fondos de asistencia a los damnificados, que es de suponerse para que lo administren sus socios, que viven, no de producir algo, sino de comprar y vender dinero. O las miserias de un periódico de Cuenca: ¿Mercurio? ¿Marte? ¿Plutón? Que en el morbo vendedor se le ocurrió el brillante titular de comparar agua con impuestos. Bueno, hasta ahí hemos visto que la caridad, lo buenas gentes les llegó a un tope cuando, inevitablemente, se ha planteado, y con justa razón, la necesidad de medidas económicas. Se evidencia que lo solidario, ese acto de decencia humana para ayudar, socorrer al prójimo, no ha sido tal; sino que está imbuido de caridad, esa conducta, poco cristiana, de hacer algo a favor de sí mismo, pero usando a otros como pretexto. Es lo que la oligarquía económica y/o mental más rancia anhela, dar algo de lo que le sobra, no de lo que necesita, pero hacérselo saber a medio mundo. Para eso están sus teletones: una ayudita una vez al año para los más pobres: no sacarlos de la pobreza, sino que se mantengan para que ellos puedan ser buenas personas. ¡Ni buenos cristianos ni buenos ciudadanos! Puro oportunismo de lo más bajo.

O la última: resulta que la ‘sociedad civil’ (?) ha entrado en competencia con el Estado. Una cosa son las iniciativas ciudadanas, que son saludables siempre, pero tienen un límite en el tiempo. El ánimo, la voluntad, puede durar mucho o poco -esperamos que en Ecuador dure mucho-, pero las necesidades están siempre ahí. Una sociedad con racionalidad institucional debe crear los mecanismos técnicos, operativos para saber prever -hasta donde se pueda-, anticipar y preparar a la población para situaciones graves. Acá se tiende a confundir la ciudadanía movilizada con sociedad civil, Estado con lo público. El fortalecimiento de lo público se expresa en la capacidad ciudadana de movilizarse a favor de los más necesitados. El Estado reaccionando a tiempo para disponer lo necesario y disminuir los golpes de la tragedia. Tomando las medidas necesarias, aunque sean duras. Algunos que nunca vivieron ni de cerca el carácter de la movilización comunitaria se llenan la boca del activismo popular. Tienen su versión de lo popular de un par de lecturas de prefacio o resumen de libro. Si son tan comunistas, socialistas, comunitaristas ortodoxos, que repartan sus propiedades privadas. O solo que paguen los impuestos que les corresponde. Un país no se construye con dádivas, ni caridades ni beneficencia o peor aún a costa de la vida de los pobres. Unos padecen hambre, incluso pueden morir por no tener qué comer. Pero otros son simples muertos de hambre, codiciosos.