RESUCITO

RESUCITO

viernes, 13 de enero de 2017

“Hoy en día la Iglesia es un cuerpo conservador con una cabeza progresista”


José Bautista 

“Escritor y asesor de movimientos sociales”. Esa es la humilde descripción con la que se presenta Frei Betto (Belo Horizonte, 1944), leyenda viva de la historia reciente de Brasil y autor de más de sesenta obras que le han valido algunos de los galardones literarios más prestigiosos a nivel internacional. Este polifacético activista, pensador de referencia de la izquierda brasileña y fraile dominico, pasó de las ideas a la acción con 13 años, lo que le llevó a la cárcel en dos ocasiones durante la dictadura militar que rigió Brasil hasta 1985.

Betto ha militado en una larga lista de movimientos y colectivos sociales, entre ellos el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST), y es adepto a la Teología de la Liberación, movimiento cristiano de base nacido en América Latina a finales de los sesenta. También fue asesor especial del expresidente Lula, a quien conoció en una favela de São Paulo en los años setenta, pero abandonó su puesto porque percibió que la política de su amigo contra la pobreza no era emancipadora, sino que generaba dependencia. En su paso por Madrid para presentar su nueva novela histórica, El oro perdido de los Aerienim (Hoja de Lata), Betto habla con La Marea acerca de Brasil, el mundo y el cambio de época en la que, en su opinión, estamos inmersos. Establece una condición antes de iniciar la entrevista en la mítica librería Traficantes de Sueños: que no le hable de usted.

La primera pregunta es obligatoria, ¿de qué trata tu nuevo libro?

Es una novela histórica en la que describo 500 años de Minas Gerais, mi tierra, que centró toda la atención de Brasil en los siglos XVII y XVIII porque de allí se extrajo más oro que la suma de toda la plata de América Latina. Leí más de cien obras y pasé 13 años trabajando en este libro para describir todo ese periodo intentando usar en cada capítulo un lenguaje propio de la época. Empieza con el asesinato de un pirata inglés en Salvador de Bahía al que acusaban de tener un mapa del tesoro, pero solo encuentran la mitad del papiro. El libro es la historia de la familia buscando la otra mitad durante 500 años. Me encanta escribir ficción, pero tengo una militancia intensa y acabo publicando más ensayos.

Tú trabajas con movimientos sociales. Ahora Brasil atraviesa un momento muy difícil y se percibe una falta de esperanza generalizada, a pesar de que hay muchos colectivos que se están consolidando en este momento…

Principalmente los jóvenes con la ocupación de escuelas, un paso muy importante.

¿Qué ventanas de esperanza ves en tu país en este momento?

En primer lugar, mi esperanza está totalmente centrada en eso que yo llamo organizar la esperanza, los movimientos sociales y populares: movimientos jóvenes, movimiento de los Sin Tierra, los Sin Techo, movimiento indígena, negro, feminista, ecologista, y muchos movimientos de cultura, teatro, cine. Ese es un proceso a largo plazo. De forma más inmediata, tengo esperanza en que Lula no sea criminalizado y pueda ser candidato a la presidencia en 2018. Posiblemente no lo encarcelarán por ser uno de los brasileños más conocidos y respetados en todo el mundo, pero puede que se tope con la “ley de la ficha limpia” y eso le impediría ser candidato. Por otro lado, tengo esperanza en las contradicciones del propio sistema. Dice Correa, presidente de Ecuador, que él apoya a Trump porque eso unirá a América Latina contra Estados Unidos (risas).

La religión también está cambiando a Brasil. Río de Janeiro acaba de dar la alcaldía a un evangelista con un discurso violento…

Las iglesias evangélicas han crecido mucho en Brasil. Brasil llegó a tener 91 millones de católicos y hoy tiene 63, mientras que ya hay 26 millones de evangélicos bien organizados que crearon una estrategia política para ocupar espacios en el Congreso Nacional, y lo consiguieron. Ahora amplían su presencia en el poder ejecutivo y judicial. Tratan de ocupar espacios y establecer una “confesionalización” de la política. Me explico: ellos están en contra de los avances de la modernidad y saben que no hay forma de dominar a la sociedad dentro de sus preceptos, a no ser que tomen una de dos vías, sea a través de la conversión de toda la sociedad, que es imposible, o del empoderamiento de sus pastores. Eso les hace ser capaces de transformar sus preceptos en leyes civiles. Sucedió en Estados Unidos con la ley seca. Ahora nosotros vemos que la elección de Crivella [nuevo alcalde de Río de Janeiro] genera mucha tensión en la sociedad carioca, la más abierta y plural de Brasil.

Viajas mucho, tienes amistades en los cinco continentes y eso te da una visión global de la actualidad. Esta pregunta puede resultar difícil: ¿qué le está pasando al mundo?

Mi respuesta es sencilla. Tú y yo vivimos un cambio de era que nuestros abuelos no vivieron. Ellos vieron el paso de la radio a la televisión, pero nosotros estamos inmersos en algo que antaño ya vivieron Miguel de Cervantes, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Descartes, Copérnico, Galileo, Maquiavelo… Ellos vivieron el cambio de la era medieval a la era moderna. Nosotros estamos viviendo la transición de la era moderna a la post moderna o neo moderna. La modernidad agoniza, y con ella las tres grandes instituciones que la sustentaban: familia, iglesia y Estado. Las tres están en busca de una nueva identidad. Como todo periodo de cambio de época, eso provoca una gran turbulencia e inquietud, crisis de valores, implosión de las grandes narrativas, y eso coincide con un momento en que el capitalismo, el mismo sistema económico que impidió que la modernidad fuera positiva, es hegemónico en todo el planeta. La modernidad duró 500 años –la era medieval duró 1.000-, trajo muchos avances positivos pero inaccesibles a la mayoría de la población del planeta, y hoy tenemos a más de la mitad de la población viviendo en función de necesidades animales como comer, abrigarse del frío o tener un techo. Eso no son ni derechos humanos, son derechos animales. La modernidad trajo avances, pusimos los pies en la Luna pero no pusimos nutrientes esenciales en los estómagos de millones de niños que mueren de hambre. ¿Por qué? Porque la modernidad fue atropellada por el capitalismo, que llegó y se apropió de todas las riquezas materiales y simbólicas de la modernidad. El Medievo tuvo como paradigma la religión; la era moderna tuvo como paradigma la razón con sus dos hijas de letras, la ciencia y la tecnología; y el capitalismo mercantilizó hasta el punto de que corremos el riesgo de que la post modernidad tenga como paradigma el mercado, la mercantilización de todos los aspectos de la vida y la naturaleza. Fukuyama definió en una frase emblemática lo que estamos viviendo, y aquí voy al centro de tu pregunta: “La historia acabó”. José, si tuvieras ahora mismo un lapsus de memoria, una amnesia aguda, perderías tu identidad y te convertirías en un fantasma humano. Es eso exactamente lo que el capitalismo neoliberal está haciendo con la humanidad. Está produciendo la “deshistorización” del tiempo, la pérdida de la identidad, de forma que la gente no tiene ya noción de pueblo, de clase, de proceso histórico, ni del valor de autoestima humana. Ahora el valor está en la mercancía que porto, hasta el punto de que quien no tiene mercancía, no tiene valor. Si llego a tu casa en Mercedes, tengo valor “A”. Si llego a pie, tengo valor “C”. Soy la misma persona, pero es la mercancía la que determina mi valor, y eso es muy cruel. El neoliberalismo invirtió el proceso de la identidad humana, que ahora no reside en que seas humano sino en que seas consumista. Es un proceso arrasador.

¿Y cómo se sale de ese proceso?

Solo hay dos formas: la primera consiste en minar el sistema fortaleciendo la globalización de la solidaridad. Economía solidaria, movimientos sociales… La segunda es establecer una estrategia política e ideológica a largo plazo por debajo del capitalismo. No hay otra forma.

Pero el capitalismo es flexible y cada vez es más líquido.

Sí, cada vez más líquido, como dice Obama. Pero tenemos que ser conscientes de sus contradicciones. Algunos hechos: desde su fundación en 1776 hasta 2016, los Estados Unidos solo han pasado 21 años sin estar en guerra. Desde que acabó la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos estuvo en cinco guerras y las perdió todas. No ganaron en Iraq, ni en Afganistán, ni está ganando en Siria, perdieron en Vietnam…

Hablas de guerra y automáticamente pienso en una palabra: miedo. Tu generación creció en un contexto más precario, con menos posibilidades materiales, pero al mismo tiempo tuvo mucho valor para luchar contra la dictadura…

Ustedes están sufriendo una presión brutal por parte del sistema para cambiar la libertad por la seguridad. Tú y yo somos libres para escoger entre distintas marcas de cerveza, ropa o jabón, pero en otro sistema esa libertad no existe. Mi generación fue revolucionaria en América Latina. Había drogas pero no había drogados porque nuestro vicio era la utopía. Estoy convencido de que cuanta más utopía, menos droga. Lo que no es posible es vivir sin sueños. Los sueños son políticos o químicos, pero no se puede vivir sin ellos. Yo empecé a militar muy temprano, con 13 años. Me metieron en la cárcel dos veces, primero con veinte y después con 25 años, y estuve encarcelado hasta los 29. Puedo decir con toda sinceridad que fui feliz en todo ese periodo gracias a la mística utópica que impregnaba mi subjetividad. Me sentía parte de un proceso histórico, a pesar de que mi vida estaba en riesgo.

He echado de menos una palabra hasta ahora: clima.

Es un factor determinante. Siempre recomiendo leer lo que considero el documento más importante de toda la historia de la cuestión ambiental, y es la encíclica del Papa Francisco Laudato Si. Un documento que no tiene nada de religioso. La mayoría de textos hablan de los efectos, pero no hablan de las causas y los causantes, y el Papa sí apunta a eso. Por eso fue un documento muy criticado en medios europeos y en Estados Unidos. La cuestión climática es importante desde todos los puntos de vista: en primer lugar porque afecta sin hacer distinciones a ricos y pobres –es el único tema que escapa a la lucha de clase-, en segundo lugar porque es urgente. En los últimos 200 años destruimos la capacidad autorregeneradora del planeta. Con la intervención humana, la naturaleza no fue herida sino que fue amputada. O se realiza ya el implante, o el apocalipsis llegará antes de tiempo. 

Ahora que menciona la encíclica, el fin de semana pasado el Papa concluyó el tercer Encuentro Mundial de Movimientos Sociales. ¿Qué opinión tiene del Papa? Usted apoya la Teología de la Liberación y el Papa no aceptó reunirse con uno de sus fundadores, Leonardo Boff…

Pero se reunió con Gustavo Gutiérrez, con João Sobrinho, se encontró conmigo.

¿Os conocéis personalmente?

Nos conocimos el 9 de abril de 2015. Me recibió en persona y estuvimos hablando, de hecho está interesado en este libro [El oro perdido de los Aerienim, cuyo título original es Minas de ouro]. Le pedí que habilitara a dos frailes dominicos, orden a la que yo pertenezco, que están censurados por afirmaciones que en la época eran consideradas heréticas pero que hoy ya están refutadas por la ciencia. El Papa me dijo “reza por eso, yo estoy a favor pero no es fácil”. Hoy en día la Iglesia es un cuerpo conservador con una cabeza progresista. Nosotros consideramos al Papa un miembro activo de la Teología de la Liberación y nuestro representante. Si lees su discurso del sábado al finalizar el encuentro, verás que va más lejos que cualquier líder de izquierda actual. Acaba con el capitalismo sin usar una sola vez esa palabra, es muy inteligente. Pone ejemplos, dice “cuando un banco quiebra, aparecen miles de millones para salvarlo, pero ahí están los refugiados sufriendo la globalización de la indiferencia”.