RESUCITO

RESUCITO

miércoles, 9 de marzo de 2016

Suciedad comunicacional



Irene León
Socióloga ecuatoriana

Sucia, muy sucia, es la guerra mediática que se desató en Brasil, para convencer a la gente de que Lula no es Lula, para asociarlo con hechos judiciales, a través de noticias que mancomunan la palabra corrupción con su imagen. Poco importa si en los hechos investigados no se haya comprobado culpa, el éxito obtenido por la derecha brasileña son las imágenes de un Lula en situación de “arresto”, con las que se espera erosionar su credibilidad, ahora que ya anunció la eventualidad de su candidatura.

Se trata también de criminalizar al Partido de los Trabajadores -PT- para conjurar su viabilidad política e, incluso, para alisar el terreno hacia un ‘impeachment’ o un golpe parlamentario o judicial, o una mezcla de ellos, con lo que se pretende expulsar del poder a la presidenta Rousseff.

Pero el golpe mediático ya fue asestado: recorren el mundo noticias sesgadas, sobre un personaje latinoamericano que llegó a las cimas internacionales y fue reconocido como estadista. El presidente de honor del PT, que concluyó su mandato con una popularidad intacta y una credibilidad por lo alto, es linchado por los medios que deshonran su legado y envilecen su futuro.

Similares estrategias de guerra mediática se exhibieron en el reciente referéndum en Bolivia, para vilipendiar a Evo, involucrándolo en truculentos affairs de faldas y corrupción, y más aún, para intentar convencer al pueblo de que lo que salta a la vista en transformación de la sociedad: no existe, de que es un hecho fortuito que Bolivia haya pasado de ser la niña pobre de la región a ser un ejemplo de solvencia. Y con esa misma audacia, la derecha está empeñada en convencer de que el 2% de diferencia, que le permitió alzarse con la victoria, es un hecho sustancial e irreversible.

Pero esa campaña comunicacional fue tan o casi igual de sucia como la que se desplegó en el mundo para deslegitimar a Venezuela y su proceso, para hacer creer que los resultados de la guerra económica son indiscutibles consecuencias de una demencia que llevó a creer que se podría vivir sin capitalismo.

Asimismo, es sucia y obscena la campaña de desinformación que se propaga en Ecuador, para persuadir a la opinión pública de que vive un espejismo, que la redistribución y la perspectiva de bien común son puros elefantes blancos y de espuma, que se derretirán con el sol. También cunde la moda de banalizar los cambios. Se dice que nada cambió y hasta que estamos igual o peor que durante el neoliberalismo.

Con esa misma audacia y sin ningún rigor, cualquiera menciona cifras y hechos sin respaldos. Los entrevistadores rematan las frases de los entrevistados y sacan expeditas conclusiones: corrupción, tráfico de influencias, enriquecimiento ilícito, líos de faldas, elefantes blancos. Más de una vez se salpica la ‘información’ de diagnósticos seudopsicológicos: así como se pretendió que Cristina Fernández era bipolar, en Ecuador cualquiera inventa síntomas varios para Rafael Correa, para minar su credibilidad. Se trata de convencer de que la reforma educativa no existe o de que las decenas de medidas redistributivas, que han transformado injustas realidades históricas, son producto de la imaginación. Y, aún si todo el mundo ve y vive los cambios, los subterfugios mil veces repetidos pronto se posicionan como verdades.

Pero, si distorsionar la información es una vieja práctica comunicacional, ahora está más de moda que nunca. Es más, es conocido que la derecha carente de agendas populares se ha mantenido y hasta ha vuelto a emerger gracias a unas vocerías magnificadas y en casos forjadas por los medios de comunicación.

Por eso no es una exageración decir que en las recientes derrotas electorales, ganaron los medios corporativos, sus estrategas y relacionistas públicos. Ganaron las campañas sucias, la poca ética y el mucho dinero.

Pero también hay que interrogarse si perdieron los nuevos entornos comunicacionales, sobre todo los públicos que, con algunas excepciones, no logran alumbrar una estrategia propia, capaz de encarar una era en la que el poder se disputa en los escenarios mediáticos, que incluyen lo interactivo.

Es sabido que los medios corporativos tomaron el relevo para paliar los vacíos políticos y discursivos de la derecha, es sabido igualmente que las mañas, las campañas sucias y el marketing son parte de sus estrategias de disputa de poder, pero los nuestros no muestran indicios de revolución comunicacional para dar batalla. Al contrario, se atrincheran en réplicas de la “mass media” y abren sus espacios a los mediatizados voceros del neoliberalismo, supuestamente para contrastar la información, mientras pasan desapercibidos sendos debates de ideas, complejidades, matices y propuestas.

Y, a falta de una estrategia comunicacional transformadora, que englobe a todos los actores comunicacionales no corporativos, son las oposiciones en Ecuador, en Bolivia y en los otros países ‘progre’, quienes colocan agenda en los medios, ellas que no tienen agendas políticas programáticas, sí tienen influyentes capacidades para imponer las agendas mediáticas, que incluyen: deslegitimar, suplantar y corroer los compromisos de otros, para empinar su perfil.

¿Qué podrán hacer, ante la suciedad comunicacional a gran escala, las actuales estrategias ‘apaga fuegos’, que se desgastan desmintiendo los ardides mediáticos, mientras desperdician argumentos de oro, como los que producen Evo, Rafael Correa, Lula, Mujica, y hechos que resultan de los propios procesos y realidades?