RESUCITO

RESUCITO

miércoles, 16 de marzo de 2016

PERDER PARA GANAR



Belia Pontón Vargas

Misionera Teresita


Solo los que creen firmemente en la Palabra de Cristo: "Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará” (Marcos 8:35), "Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución" (2 Timoteo 3,12). “Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos” (Mateo 5, 10-12), son capaces de vencer el miedo, los obstáculos, la comodidad y hacer de su consagración a Cristo un ofrenda total de su vida; son los que ponen las manos en el arado y no miran a atrás, aunque el mundo se le venga encima.

De esto nos han dado testimonio muchos santos misioneros, no sólo los que la iglesia ha proclamado santos, sino otros centenares de hombres y mujeres ocultos; laicos y consagrados, que a través de la historia han se han consumido como cirios encendidos, iluminado los más remotos rincones del mundo. Han entregado silenciosa y generosamente su vida y hasta hoy permanecen callados y desconocidos, pero iluminan.

Esos misioneros que llegaron a diversos continentes, en los tiempos de mayor precariedad, tanto en lo material como en lo espiritual; en los tiempo en que la fiebre amarilla, la viruela, el paludismo, hacían racha en los seres humanos, y no existía la o por lo menos no había llegado hasta estos recónditos lugares la cura para estas enfermedades. Por lo tanto cuando aceptaban ir a una misión de estas, sabían lo que les esperaba; dicen que en África, el más fuerte o el de mejor suerte, duraba cinco años , pero nada los detuvo en su compromiso con Evangelio de Cristo. Eran auténticos mártires, porque ofrecían su martirio desde el momento en que dejaban su patria.

Misioneros, de esa envergadura los hay todavía; hombres y mujeres; valientes, intrépidos, decididos; en las selvas, en las playas, en el desierto, en las islas, en el polo norte y en el polo sur, al este y al oeste. Allí, en esos lugares donde nadie imagina que pueda haber presencia misionera, ya por las precarias condiciones de vida, ya por la intolerancia religiosa, ya por los conflictos bélicos, o cualquier otra dificultad.

En la actualidad ya no es solo las carencias materiales, los peligros de la selva o del mar, , ni la inclemencia del clima las que ponen en vilo la vida del misionero, pues poco o mucho el progreso, el desarrollo ha llegado a casi todos los pueblos. Hoy, el riesgo y el desafío en muchos países está en la intolerancia, en el fundamentalismo de algunos grupos religiosos, que amenazan la presencia cristiana y misionera. Estos también están al pie del cañón, afrontando el desafío, el peligro, sin claudicar, sin abandonar su pequeño rebaño.

Ejemplo de ellas, las MISIONERAS DE LA CARIDAD de la madre Teresa de Calcuta. Estas mujeres, sencillas y piadosas, las encuentra uno en los lugares más lejanos y peligrosos, en los servicios más humildes y más difíciles. No es de extrañarse que estas todavía jóvenes religiosas, nacidas del espíritu de la madre Teresa, formadas en el yunque de una vida abnegada hasta el desprendimiento total, las hayan encontrado los fundamentalistas islámicos, en un apartado lugar de Yemen, entre los más pobres de los pobres, acompañándolos, sirviéndolos, cuidándolos, a pesar del peligro y las amenazas de las que son objeto los cristianos.

Podían haber salido corriendo, porque sabían el peligro que significa la presencia cristiana en este país de mayoría musulmana, pues el fundamentalismo religioso no es cosa de ayer. Además eran extranjeras; pero no quisieron abandonar a esos CRISTOS, ancianos y discapacitados que cuidaban y protegían.

EL enemigo las encontró en la faena, cumpliendo su deber. Nos dicen las noticias que estaban sirviendo la comida a los ancianos y discapacitados cuando llegaron los verdugos. Con ellas murieron doce personas más, cuatro voluntarios, algunos extranjeros y otros ancianos del asilo.

Como lo exige la fraternidad, llamamos a las hermanas de la Madre Teresa, de Alejandría, para solidarizarnos con ellas y ofrecerles nuestras oraciones. La superiora dijo que, ese día por la mañana las habían enterrado en el lugar en donde murieron. Quién las enterró?...la Armada de Yemen… Sin una ceremonia de entierro; sin Misa, sin Liturgia de la Palabra, sin homenaje póstumo, porque al sacerdote que era su párroco también lo mataron, después de secuestrarlo. Ni el obispo, ni los otros sacerdotes, ni sus hermanas de las otras dos comunidades que tienen en el país pudieron desplazarse para darles sepultura, porque no les es permitido a causa de la guerra. Tampoco la superiora general, ni ninguna del consejo pudo viajar, por las mismas razones.

Les contábamos que el papa Francisco había dicho muy apenado, en el Ángelus: “Las cuatro Misioneras de la Caridad asesinadas en Yemen, son mártires de la indiferencia, y deploró el silencio de la prensa sobre esta tragedia. Manifestó su cercanía a las Misioneras de la Caridad por el grave luto que las ha golpeado con el asesinato de cuatro religiosas. Rezó por ellas y por las otras personas asesinadas en el ataque, y por sus familiares. Estos son los mártires de hoy. Y estos no son portada de los periódicos, no son noticia. Estos dan su sangre por la Iglesia. “Son víctimas del ataque, de aquellos que les han asesinado, y de la indiferencia, de esta globalización de la indiferencia, del ‘no importa’”.

También les dijimos que llegó por sorpresa a la casa de las hermanas de Roma, las que trabajan junto a la catedral de San Pedro, para darles el pésame. Extrañada la hermana dijo: Así dijo el Papa?, el Papa las fue a visitarlas?. Si, en internet está, búsquelo y verá. No dice; no tenemos internet. Las noticias las sabemos es porque nuestra superiora general nos llamó e informó.

La superiora fue la única que se salvó. Hasta ahora nada dicen las noticias, por qué y cómo, pero si dicen que fue evacuada, sin duda por la misma armada.

Así se cierra el capítulo de la vida de estas tres religiosas, todavía llenas de vida -la mayor tenía 60 años- Se “cierra” digo, aunque en realidad, es ahora que se abre el capítulo más interesantes de las que siempre recordaremos y tendremos como referentes de vida misionera. Su testimonio elocuente y profundo, su servicio y entrega perdurarán y serán evidenciados aún por los que no creen ni valoran esta manera de vivir el Evangelio.

No cabe la menor duda, que el martirio de los cristianos de hoy, en Oriente y otros lugares, dejará un terreno regado y abonado con sangre y allí, como en el mundo entero, surgirán comunidades cristianas auténticas y numerosas, que seguirán anunciando el Evangelio de Cristo y poblando la faz de la tierra. Pueden matar millones, pero no lograrán exterminar el nombre de Cristo. Cuantos más cristianos sean sacrificados, más hará brotar esa tierra bendecida con su sangre, la semilla fecunda, con frutos deliciosos y abundantes . “El hará brotar como un rio la paz” (Is 66,12).

Tal vez a nosotros no nos toque ver como la tumba de cada mártir, verá nacer cien, doscientos o más cristianos, dispuestos a seguir a Cristo y continuar anunciando el Evangelio. Y muy a su pesar, los enemigos de la paz, los fundamentalistas religiosos, los no creyentes, tendrán que verlo y aceptarlo.

Que descansen en Paz nuestras Hermanas, porque su sangre sigue fresca y corre por esas tierras benditas que pisaron sus pies. Ya no serán más tierras áridas, serán tierras fecundas, tierras florecientes, con pastos abundantes, que podrán saciar a muchos rebaños.

“La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos.” (Tertuliano)