MONS. GONZALO LOPEZ M.

MONS. GONZALO LOPEZ M.

sábado, 12 de marzo de 2016

Ave María pues: La Etiopía de Suramérica



Ramiro Díez

Una vez, en el desierto de la Guajira, con 40 grados de temperatura, una indígena Wayú me enseñó a decir “Te amo”, en su lengua: “Aiska puramía makárara katán punai.” Dijo que para pronunciar esta frase, el enamorado debía tener los ojos ligeramente humedecidos por sus lágrimas, porque en su idioma “amor” y “dolor” se dicen con la misma palabra. Después su padre también me enseñó que los árboles sostienen el cielo y que aquel que cortara un árbol, vería caer el cielo sobre sus hombros para morir aplastado.

Hoy el pueblo Wayú no habla de amores ni de árboles: solo de la falta de agua y de comida, y de niños muertos que convierten esta parte de Colombia en una copia de las hambrunas africanas. Y algo que no se dice: Estas muertes podrían haber sido evitadas. Es decir, estamos hablando de un etnocidio.

La sinrazón esgrimida desde el poder para explicar la tragedia es conocida: “El fenómeno del Niño”. Pero no es verdad. Lo que se calla es que, cerca de allí, hay extensos monocultivos destinados a la exportación. Para regar sus terrenos, poderosos terratenientes desviaron las aguas del Río Ranchería y, a pocos kilómetros, numerosos niños que antes vivían a las orillas del río, hoy han muerto de hambre y de sed.

No solo eso: la gente que hoy muere de hambre al lado de un cauce seco donde hasta los cactus mueren de sed, también fue despojada del agua por la gran minería: se creó una represa que impide la llegada del agua a los nativos, pero abastece de agua a una de las minas más grandes del mundo de explotación de carbón a cielo abierto. La explotación minera gasta 17 millones de litros de agua diarios. En la última semana murieron 17 niños. Es decir, por cada niño que murió de sed, se gastan cada día 1 millón de litros. Para salvar a un niño, habría sido suficiente un solo litro.

Dicen los Wayú, en su dulce lengua, ahora con tonos adoloridos, que cuando reclaman por la vida de sus hijos, son reprimidos por las fuerzas oficiales y han sido asesinados de manera selectiva por grupos paramilitares que les exigen abandonar sus tierras.

“No nos podemos ir, porque los Wayú somos de donde son nuestros muertos. Y acá los hemos enterrado”

No es verdad que los niños Wayú hayan muerto por el fenómeno del Niño. Han muerto por las decisiones de los adultos. Al empezar a leer este artículo, un niño Wayú estaba llorando. Ya no lo hace. Acaba de morir de hambre y de sed y nunca en su vida pudo ni podrá decir, con los ojos humedecidos, “Aiska puramía makárara katán punai.”