RESUCITO

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miércoles, 19 de marzo de 2014

Cuaresma: recomponernos


Pedro Pierre

Hace 2.000 años resuena el desafío levantado por Jesús: la utopía no es el progreso, la utopía es la fraternidad. El camino de la historia pasa por la rehabilitación de los pobres. No se trata de un problema meramente religioso, se trata de una exigencia social. Los derechos humanos no son otra cosa que devolver a los pobres su dignidad, es decir, hacerles partícipes de los bienes de la Creación, que son patrimonio de todos los habitantes de este, nuestro planeta. Para los creyentes, la voz de Dios pasa por la voz de los pobres, su realidad, sus sueños, sus reclamos. Dijo Jesús: “Lo que hiciste a uno de estos más pequeños a mí me lo has hecho” y “lo que no hiciste con ellos tampoco conmigo lo hiciste”.

Repetimos en cada cuaresma, los católicos, que tenemos que convertirnos, ayunar y dar alguna limosna. Nos hemos acostumbrado a palabras vacías porque nos hemos olvidado de los pobres. La conversión a Jesucristo pasa por la conversión a los pobres, es decir, hacer nuestras sus causas, sus luchas, sus derechos. Según el profeta Isaías, hace 2.500 años: “El ayuno que más agrada a Dios consiste en romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo, dejar libres a los oprimidos y romper toda clase de yugo”.

En cuanto a la limosna, es dar no de nuestro superfluo sino de lo que nos es necesario para vivir, tal como lo dijo Jesús alabando a una viuda que había regalado lo que necesitaba para vivir; pues la meta de la limosna es el compartir, lo que nos lleva a la igualdad, tal como lo habían entendido los primeros cristianos: “No había entre ellos ningún necesitado… Vendían sus bienes y propiedades y se repartían después el dinero entre todos, según las necesidades de cada uno”.

En este tiempo de Cuaresma -los cristianos-, volvamos al Evangelio. Y los ciudadanos de este país, volvamos a la Carta Magna. Nada menos que 73 artículos de la Constitución, del 10° al 83°, están dedicados a la exigencia de la vigencia de los derechos humanos: en definitiva, el sueño de los pobres. Este sueño de los pobres es la mayor verdad de la Creación, porque es el sueño de Dios. Jesús lo llamó el Reino de Dios, o sea, nuevas relaciones con uno mismo, con los demás, con la creación y, consecuentemente, con Dios. Los pobres dignos son el germen de este Reino: “¡Felices los pobres porque de ellos es el Reino de Dios!”.

San Pablo nos dice qué clase de sacrificios quiere Dios: “Ofrézcanse como sacrificio agradable a Dios”. El sacrificio, o sea, el culto agradable a Dios, es que seamos un pueblo fraternal.