RESUCITO

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domingo, 7 de agosto de 2016

Mons. Proaño y el mural que desapareció



Nelsa Curbelo 

Sentado detrás de un escritorio en una inmensa sala oscura de piso de madera, colocado en el costado derecho en relación a la puerta, su cuerpo volcado con expectativa a quien la abriría, monseñor Proaño atendía con una escucha atenta, empática y cordial, como si su cuerpo fuera todo oídos, a quien allí entraba y venía a hablar con él. En riguroso turno, no importaba si se trataba de sacerdotes o del indígena que bajaba del páramo a vender sus animales o parte de sus cosechas, las personas entraban con confianza. Los días de mercado las colas de indígenas eran interminables. La curia de Riobamba se transformaba en un intenso trajinar de personas con ponchos rojos, o anacos negros, blusas y sombreros blancos bordados. Sus pasos resonaban en la escalera de madera. Sus voces como susurros recordaban la brisa y el viento de las montañas cubiertas por los pajonales en los lugares donde siglos de historia los habían empujado.

Bajar a la ciudad, donde los intermediarios los esperaban para muchas veces quitarles sus productos y pagarles lo que a bien tuvieran, era un desafío. Daban la mano al “blanco” envuelta en el poncho, en los buses sus asientos eran los últimos y en la iglesia de Yaruquíes, pueblito en el que yo vivía, su lugar era el suelo de los pasillos aunque los asientos estuvieran vacíos.

El trato con Proaño los liberaba, los ponía de pie, les devolvía su dignidad pisoteada, asomaba con fuerza su risa y su sonrisa.

En Santa Cruz, lugar de encuentros y seminarios Proaño seguía acompañando, escuchando, impulsando, aprendiendo, callando. Cuando hablaba su palabra tenía la fuerza de la roca y de la tierra. De la lluvia y del huracán. Del bisturí que corta y separa. Que deja al descubierto la enfermedad, pero la quita. Estaba alimentada de la vida de miles de indígenas olvidados y empobrecidos, de horas de silencio, de meditación del evangelio, y de misas donde la palabra bíblica era compartida entre todos. Proaño era un maestro, un pedagogo, un educador, un profeta. Compartir con él era aceptar verse en un espejo sin caretas ni disfraces.

Su prioridad eran las personas, el templo de Dios vivo repetía. Si ese templo estaba destrozado y en ruinas allí había que construir. Reparar la catedral de piedra podía esperar, aunque no la desatendiera.

Adolfo Pérez Esquivel que fue premio nobel de la paz en 1980, era su amigo, su confidente, su discípulo. Artista, hizo un mural donde el Cristo con poncho rojo ofrece desde la Cruz pan y cebada. Entre quienes lo rodean están algunos de los más conocidos luchadores por la paz y la justicia en la época sombría de las dictaduras militares en América Latina. Entre ellos está la imagen de Proaño vestido con su emblemático poncho.


El mural fue colocado en un costado de la Catedral, era un grito potente para recuperar parte de la historia que olvidamos o desconocemos. Y una manifestación de cómo la fe mueve a miles de personas en su entrega por un mundo más justo, transparente y fraterno. Era también un eco de la palabra actual de Dios expresada a través del arte y el compromiso.

Ese mural se esfumó, desapareció. No es poco mérito hacerlo, dado su tamaño. El obispo actual, Julio Parrilla, no ha sido convincente en las explicaciones. El 31 de agosto se cumplirán 28 años de la muerte de Leonidas Proaño. ¿Querrán desaparecer también el recuerdo de su vida y su mensaje? 

Fuente: http://www.eluniverso.com/opinion/2016/08/03/nota/5723019/mons-proano-mural-que-desaparecio