RESUCITO

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domingo, 31 de julio de 2016

"EL SILENCIO DE DIOS Y DEL PAPA. AUCHSWIST ES UN NOMBRE MALDITO"


J. Manuel Vidal

"Señor, dame el don de las lágrimas". Sentado, en la oscuridad de la celda del hambre de San Maximiliano Kolbe (el fraile que ofreció su vida a cambio de la de un padre de familia) del campo de Auschwitz, ¿rompió el Papa a llorar? Sólo lo sabremos, si él mismo lo confiesa. Con lágrimas externas o sólo internas, Francisco eligió el silencio, poblado de pequeños gestos, para exorcizar los demonios que condujeron al Holocausto.

Auschwitz es un nombre maldito. Ha quedado en la memoria de la humanidad como el símbolo de la abominación del hombre y del silencio de Dios ante el mal inocente. Si Dios es omnipotente, ¿por qué ha permitido la muerte indigna de tantos inocentes? Preguntas a Dios de pensadores, filósofos y teólogos, como el propio Papa emérito Benedicto XVI que, en su visita a este mismo campo de exterminio en 2006, lanzaba estas preguntas como dagas: "¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto? ¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Por qué permaneció callado? ¿Cómo pudo tolerar este exceso de destrucción, este triunfo del mal?".

Sentado en un banco, en la 'Plaza de la llamada' (donde alistaban a los destinados a las cámaras de gas), quizás Francisco le hiciese a Dios preguntas parecidas desde el silencio como grito interior. Un silencio orante. Como el de Aarón, ante la muerte de sus hijos.

Desde que entró en Auschwitz, Francisco se encorvó todavía más. Como cargado con el peso de la historia de este pozo negro de la Humanidad, pero también de este sagrario de la memoria. Y, como es así de natural, transparenta su dolor, en una oración desgarrada, con los ojos cerrados, los labios apretados, la respiración entrecortada y ritmada por profundos suspiros.

Sufre, reza y camina encorvado por el dolor de un lugar que, a pesar de las margaritas y de la hierba verde, huele a muerte y a la máxima degradación humana de un genocidio perfectamente planificado. Tras la oración, el beso a algunos supervivientes, a los que trata con sumo cariño. Como santos, como mártires, ante los que se descalza interiormente, para pisar tierra sagrada. Por ellos y por todos los demás que entraron y nunca pudieron salir, Francisco quiso entrar y salir a pie del campo del exterminio.

En la celda del "hambre", donde murió el padre Kolbe, la figura blanca del Papa anciano y con la cruz del inmenso dolor a cuestas brilla en medio de la oscuridad y de unas paredes tétricas con nombres grabados con las uñas y una cruz marcada en la pared. La misma desde la que Cristo gritaba a su Padre, antes de expirar: "¿Por qué me has abandonado?"

Quizás no haya explicación convincente al silencio de Dios ante el mal inocente. Y Francisco, en el único texto escrito que deja en Auschwitz, tampoco lo intenta. Sólo lanza un 'nunca más': "Con un grito silencioso en el corazón, he rezado en este lugar por las víctimas de la Shoah, y por todas las víctimas del odio y de la guerra, camino sin retorno. Que se perpetúe en los siglos la memoria de la abominable tragedia que aquí se consumó, y sea motivo para que semejantes errores nunca más sucedan bajo el cielo, y sobre la Tierra no nos cansemos de construir, con la ayuda de Dios, una casa de paz para todos los pueblos".

¿Qué papel jugó la Iglesia católica en esta "abominable tragedia"? ¿Qué sabía el Vaticano? ¿Lo denunció o calló por prudencia y por salvar, con esa estrategia, al mayor número posible de judíos? ¿Fue Pío XII un Papa protector de judíos o pasivo testigo del Holocausto? Preguntas con respuestas encontradas. Para unos, Pacelli fue el papa de Hitler. Para otros, el protector y salvador de los judíos. A falta del veredicto final de los historiadores, lo que sí parece claro es que la Iglesia católica pudo haber hecho más por denunciar la solución final y oponerse a ella.

De hecho, en su visita a Auschwitz, en 2006, el Papa Ratzinger reconocía: "Tomar la palabra en este lugar de horror, de acumulación de crímenes contra Dios y contra el hombre que no tiene parangón en la historia, es casi imposible; y es particularmente difícil y deprimente para un cristiano, para un Papa que proviene de Alemania".

Ya, en 1998, el Vaticano publicó un documento, en el que hacía un "acto de arrepentimiento" público en nombre de los católicos que no fueron suficientemente sensibles al Holocausto o compartieron los sentimientos antisemitas que condujeron al exterminio, pero exculpaba a Pío XII y a la jerarquía católica. ¿El silencio del Papa Francisco, en Auschwitz, es un grito de 'mea culpa' en nombre de la Iglesia católica? Quizás quiso decir con él, como dijo el padre Kolbe antes de morir, que "el odio no sirve para nada y sólo el amor crea".