RESUCITO

RESUCITO

viernes, 22 de julio de 2016

Una Iglesia pobre para los pobres / Cardenal Walter Kasper

La voluntad reformista y renovadora del Papa Francisco va más allá de las habituales cuestiones intraeclesiales y ecuménicas. Ya durante su primer encuentro con la prensa puso de manifiesto toda la fuerza explosiva de su programa cuando explicó los motivos que le habían llevado a la elección del nombre “Francisco” y añadió: “¡Ah, cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres!”. Según esto, el nombre “Francisco” simboliza el programa de una Iglesia pobre para los pobres. Esta visión la ha manifestado el papa reiteradamente. En el Evangelli gaudium (cf. EG 53-60, 197-291 y passim) vuelve a exponerla por extenso.


RyL.- Este programa ha concitado gran atención, pero también da pe a interrogantes críticos. La pregunta es: ¿puede una iglesia pobre ser al mismo tiempo una Iglesia para los pobres? ¿No necesita medios para poder ayudar a los pobres? Para ofrecer la deseada ayuda, ¿no precisa disponer de hospitales, escuelas, residencias de la tercera, etc.? ¿Y no necesita ella misma también medios mundanos para ejercer su ministerio? Sería ingenuo querer negar todo esto.

De ahí que la pregunta no sea si la Iglesia debe poseer o no bienes mundanos, sino cómo y, sobre todo, para qué emplea los bienes que le son confiados. ¿Los utiliza en beneficio de los pobres o primordialmente para su propio aseguramiento y al servicio de sus intereses? ¿Existe transparencia en lo relativo a la forma en que utiliza el dinero y los bienes?

Las decisiones al respecto, ¿se toman mediante procesos transparentes? Con la reforma de las finanzas vaticanas, Francisco ha predicado entretanto con el buen ejemplo, al que deben seguir otros muchos pasos tanto en Roma como en las Iglesias locales. Sin embargo, con ello no hemos tocado aún el problema fundamental.

La opción del papa Francisco por una Iglesia pobre está en último término fundada cristológicamente (cf EG 198 y 232). Jesús vino para anunciar el Evangelio a los pobres (cf Lc 4, 18). La primera bienaventuranza del Sermón de la montaña reza: “Dichosos los pobres de corazón, porque el reino de Dios les pertenece” (Mt 5,3; Lc 6,20). Con ello Jesús no desdeña la riqueza ni tampoco idealiza la pobreza.

La riqueza también puede ser entendida, en el sentido del Antiguo testamento, como bendición divina. Pero Jesús es consciente asimismo de los peligros de la riqueza. Esta puede alimentar una engañosa seguridad y asfixiar las semillas del reinado de Dios (cf Mt 13,22). Ser pobre de corazón (o a ojos de Dios, como dicen otras traducciones) significa no poner la esperanza en la riqueza terrena, sino solo en Dios. La pobreza voluntaria es, por eso, un signo profético del futuro señorío de Dios.

Jesús mismo vivió ejemplarmente este signo. En uno de los textos más antiguos del Nuevo Testamento, en el himno prepaulino incluido en la Carta a los Filipenses, se dice de Jesucristo: “No hizo alarde de ser igual a Dios…, sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo” (Fl 2,6). Pablo asumió este motivo: “Siendo rico, por vosotros se hizo pobre para enriqueceros con su pobreza” (2 Cor 8,9). De ahí que, en el seguimiento de Jesús, la Iglesia misma deba ser pobre para poder hacer ricos a otros.

En la protocomunidad de Jerusalén todos tenían todo en común (cf. Hch 2,44). “Los pobres” era una autocaracterización de aquella primitiva comunidad jerosolimitana (cf. Rom 15,26; Gal 2,10) Este modelo ha desempeñado sin cesar un papel importante en la historia de la Iglesia. El monacato veteroeclesial se inspiró en él, iniciando así un movimiento de pobreza que ha llegado hasta nuestros días.

En la edad media surgieron una y otra vez movimientos alternativos a una Iglesia poderosa y rica. El más famoso y más fecundo-incluso en nuestros días-fue el movimiento de pobreza fundado por Francisco de Asís.

También en el concilio Vaticano II desempeñó su papel el motivo de una Iglesia pobre. Ya Juan XXIII, en el discurso preparatorio del concilio pronunciado el 11 de septiembre de 1962, había hablado de una Iglesia de los pobres. En los documentos del concilio esta aspiración no llegó a convertirse en tema dominante; sin embargo, no está ausente de ellos. El texto fundamental se encuentra en la constitución sobre la Iglesia: “Pero como Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino… Así también la Iglesia… no fue instituida para buscar la gloria terrena, sino para proclamar la humildad y la abnegación, también con su propio ejemplo… La Iglesia abraza con su amor a todos los afligidos por la debilidad humana; más aún, reconoce en los pobres y en lo que sufren la imagen de su fundador pobre y paciente, se esfuerza a remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo” (LG 8 & 3). Especialmente famosa en la afirmación de la constitución pastoral: la iglesia comparte “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren” (GS 1)

En este espíritu, poco antes del final del concilio, el 16 de noviembre de 1965, cuarenta obispos, a los que posteriormente se unirían otros quinientos, sellaron en la catacumba romana de Santa Domitila el llamado Pacto de las Catacumbas: “Por una Iglesia servicial y pobre”. Se impusieron a sí mismos una serie de obligaciones relativas al estilo de vida, el empleo del título, el compromiso a favor de los pobres. Entre los primeros firmantes del pacto se contaron obispos como Hélder Camara, Aloísio Lorscheider y el alemán Julius Angerhausen, obispo auxiliar de Essen. Entre quienes se sumaron tras el concilio hay que mencionar al arzobispo de San Salvador, Óscar Romero, quien el 14 de marzo de 1989 fue asesinado a tiros mientras celebraba la eucaristía, por una soldadesca que cumplía órdenes, porque había abogado por los derechos de los campesinos desde el espíritu de la doctrina social católica. Algunos círculos romanos lo vigilaban recelosos. Francisco ha reactivado el proceso de beatificación, que llevaba largo tiempo bloqueado. La beatificación de este íntegro testigo de la verdad y la justicia sería un signo importante e imposible de ignorar.

Después de concilio, este tema fue retomado por la teología de la liberación. La segunda conferencia general del episcopado latinoamericano formuló en 1986 en Medellín (Colombia) la opción por los pobres; la tercera conferencia general- Puebla (México)- Habló en 1979 de la opción preferencial por los pobres, algo que fue reiterado, fundamentado cristológicamente y completado con la opción por los excluidos en la quinta conferencia general, celebrada en Aparecida (Brasil) en 2007. Como ya hemos dicho, el arquitecto del Documento de Aparecida fue, en su calidad de presidente del comité de redacción, el entonces presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, el cardenal Jorge Bergoglio. Así, difícilmente puede sorprender que dicho documento sea citado en numerosos pasajes de la Evangelii gaudium. La opción preferencial por los pobres no se ha quedado en una peculiaridad latinoamericana tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI la han asumido en su propia predicación doctrinal. En su discurso inaugural en Aparecida, Benedicto XVI la fundamentó cristológicamente. Y en la alocución conclusiva de su vista a Alemania, que pronunció en Friburgo de Brisgovia el 25 de septiembre de 2011, con la palabra clave “desmundanización” (Entweltlichung) no se refería en el fondo sino a lo que hoy dice Francisco. A la sazón no se le entendió bien… o no se le quiso entender. Ahora, Francisco, no solo con sus palabras, sino también mediante su estilo de vida sencillo y austero, su forma de conducirse en público y sus gestos, deja claro de modo programático de qué se trata.

Con la opción preferencial por lo pobres y con la apuesta por una Iglesia pobre, el papa Francisco se encuadra una vez más en una larga tradición; puede decir con razón que la opción por lo pobres está atestiguando por toda la tradición (cf.EG 198). Retoma una aspiración del Vaticano II a menudo descuidada e inicia una nueva fase de recepción del concilio. Hasta la fecha, esta ha prestado atención sobre todo a la renovación interna y a la forma estructural y litúrgica; ahora la iglesia debe salir a las periferias de los propios territorios para adentrarse en los nuevos entornos socioculturales (cf.EG 20).

El programa que a tal fin formula Francisco suena a todo lo contrario de un Evangelio signado por una alegría barata y superficial. Con palabras duras denuncia la mundanidad espiritual sobre todo del clero, que confía en las posesiones, la influencia, los privilegios, la organización, la planificación, la seguridad doctrinal o disciplinaria, la conciencia autoritaria de élite o el estilo de vida socialmente esplendoroso. Para el papa, tal mundanidad espiritual es la peor tentación que puede amenazar a la Iglesia (cf.EG 93-97-207). Son tesis exigentes, provocadoras, tesis que duelen y suscitan protesta. Pero tampoco era inocuo el Evangelio que proclamó Jesús.

El resto concierne a todos. Concierne al estilo de vida del clero tanto alto como bajo, pero también al de los laicos que trabajan para la Iglesia. Concierne asimismo a los religiosos y religiosas. Es verdad que estos han hecho voto de pobreza en el sentido de la renuncia a poseer personalmente bienes mundanos propios, pero en general –no solo en Alemania- en modo alguno están institucionalmente menos asegurados que la mayoría de los cristianos laicos en lo que se refiere a la manutención diaria, la atención en caso de enfermedad o el sostenimiento en la vejez. A todos se les exige sencillez, simplicidad y modestia tanto en el estilo de vida como en la imagen institucional.

Estas interpelaciones al estilo de vida de la Iglesia, sus representantes y sus miembros pueden minimizarse como poco realistas o también percibirse como molestas, injustas o indecentes; en algunas personas brotan de hecho de un infatuado o incluso malévolo afán de escandalizar, con el que se busca atraer la atención de la opinión pública. A pesar de ello, como cristianos que invocamos el Evangelio debemos responder con sinceridad a quienes nos piden cuentas.

Tales interpelaciones a la Iglesia –a las dos grandes Iglesias de Alemania, la evangélica (luterano-calvinista) y la católica- no son nuevas. Ya dos grandes testigos ecuménicos del siglo pasado, Dietrich Bonhoeffer y Alfred Delp, previnieron con claridad la necesidad de dejar atrás una Iglesia rica y poderosa. Se les ha citado mucho, pero en esta cuestión se les ha escuchado poco. El Sínodo Conjunto de las Diócesis Alemanas (1971-1975) trató con energía de elevar de nuevo a conciencia el problema de la pobreza. Pero ya a la sazón Karl Rahner no pudo por menos de lamentar la incapacidad para la pobreza.

Con su programa de una Iglesia pobre para los pobres, el papa Francisco dirige una seria interpelación a la Iglesia. El reto concierne a la Iglesia como institución, a su imagen y a su forma de gestionar el dinero y los bienes. El resto se dirige sobre todo a las Iglesias pudientes en una sociedad de bienestar, como es la Iglesia de Alemania. Sin embargo, también en las iglesias pobres hay intentos de recuperar estructuras feudales ue entre nosotros están entretanto en gran medida superadas. La Iglesia no debería confiar en la influencia y el brillo político y social, ni solo en programas, planificaciones y organizaciones, sino en su irradiación espiritual.

El Papa Francisco está convencido de que únicamente podremos superar la acedia, la fuerza paralizante que tira de nosotros hacia abajo, y recuperar la mirada hacia lo alto y el impulso espiritual si, como Iglesia pobre para los pobres, recobramos la alegría y el impulso del Evangelio y ponemos nuestra esperanza en Dios y su providencia. Grandes santos como Don Juan Bosco y la Madre Teresa nos han enseñado cómo hacerlo. Este no es un programa liberal, sino un programa radical muy exigente de reforma y renovación en el sentido de la pobreza a ojos de Dios (o de corazón: cf. Mt 5,3) tanto como a ojos de los hombres. Francisco se halla persuadido de que justamente esta alegría podemos aprenderla de los pobres (cf.EG 198).

Del libro “El Papa Francisco” (Cap. 10) – Sal Terrae / Cantabria 2015.

Publicado en revista Reflexión y Liberación n° 108 / Marzo 2016.