RESUCITO

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miércoles, 27 de julio de 2016

¿DÁ PARA TANTO EL DISCURSO DE AMOR-ODIO CONTRA RAFAEL CORREA?


Francisco Herrera Aráuz
Ecuamex
Agencia editorial que provee de contenidos a Ecuadorinmediato.com

El Ecuador político de estos días parece una "montaña rusa" con cada anuncio, cada pose, cada paso, cada encuentro. Y por supuesto, en medio del tráfago del subibaja queda en claro que la oposición no puede con Rafael Correa, y sin él tampoco. Da igual, de cualquier forma el gobierno pareciera que no puede quedarse al margen del enfrentamiento político con o sin la presencia en tarima del mandatario, lo que demuestra que en el país hay una alta dependencia del discurso bajo el cual todos quisieran abrigarse, y que pareciera no pueden vivir políticos y movimientos ecuatorianos.

Los nueve años que han pasado en el debate político nacional han sido un desate de la relación “amor-odio” a Rafael Correa, sea frente a un candidato que resultó exitoso y derrotó a todo el aparataje electoral, y, que ganó con un discurso socialista o como Presidente. De mal a peor les fue a los opositores con un gobernante que con su palabra fogosa hizo acción de sus ideas, despreciando al sistema político nacional anterior, el que no logró recuperar nunca ni impactar en la masa electoral, y que le concedió cerca de una decena de victorias en las urnas a Correa y Alianza PAIS.

La tendencia del amor-odio nació justificada entre sus legítimos contendores que disputaron la campaña electoral inicial allá por el 2006. Desde ese momento, por el mero hecho de haberlos ganado se convirtió en un justificativo para expandir conceptos que trataban de menospreciarlo, eliminarlo, o culparle de muchos males que sobrevendrían al país por haberlo elegido. De hecho, en los corrillos de esos días la frase cruel que rezaba “O lo tumbamos o lo matamos” salía con fuerza de ese sentimiento del odio político que nunca aceptaría a Rafael Correa y todo lo que el significaba para la nación.

El repudio a Rafael Correa siempre se mantuvo en un margen de la votación contraria a su aceptación mayoritaria, es decir en los márgenes del 20 al 30%, eso en lo político electoral. Desde ahí en los corrillos y submundos de la política ecuatoriana pareciera haberse extendido como una especie de cáncer moral que hizo metástasis en el alma de los odiadores de turno, con lo que puede decirse que se irguió en motivo y razón para los perdedores de las elecciones que jamás se han repuesto de las derrotas y cuyo constante accionar demuestra cuanto les ha dolido que el mandatario y su partido les hayan ganado.

A la hora en que asomaron las diferencias, distancias, traiciones o enfrentamientos entre los propios, crecieron los motivos para mantener ese discurso anti-correa en forma activa y creciente. Pronto se sumaron a ella quienes antes habían promovido su presidencia y sin miramiento alguno salieron al frente los cuestionantes y resentimientos ocultos. Rafael Correa ha tenido en este grupo de sus ex partidarios a sus más enconados enemigos por lo recíproco que implicó el que los conozca y ellos le conozcan, aun cuando hayan saltado lados obscuros que motivaban a desconocerse mutuamente méritos o lealtades.

Como podía faltar el gesto de las decepciones también atizó el sentimiento de amor-odio entre quienes le dieron el voto y sintieron que ya no cumplía sus expectativas o promesas. A ello se sumaron para echar leña al fuego algunos comunicadores que tienen el reclamo antiético de exigir que se les complazca todo porque le habían dado a Rafael Correa un espacio en sus medios para que difunda su mensaje, convirtiéndose por ese mero hecho en presuntos autores de su triunfo y, argumentar que nos les había reciprocado de manera oportuna, por lo que diariamente han levantado ese sentimiento de ataque, de odio, que denota una especie de reacción enconosa de herida no supurada, que duele y mucho mientras más se revuelven sobre ella.

El Ecuador se ha visto envuelto en este debate salpicado por ese tipo de discurso que consiste hasta la actualidad en inculpar de todos los males al mandatario, excederse en la censura a sus errores, acusaciones con falsedades, rumores perversos, negación de todo mérito, sumado a insultos, injurias y calumnias de todo tipo que siempre buscaron explotar el carácter del Presidente, que en varias ocasiones cayó en estas provocaciones o trampas, mostrando sus lados débiles por el impacto que producía tal discurso en su propio ánimo, o en el de los suyos, que en algunos momentos se quedaron sin respuesta a tanta perversidad.

En medio del período de los nueve años de gobierno los errores, fallas, actos corruptos o las propias perversidades de la gestión política del régimen presidido por Rafael Correa y AP han generado un debate que sirve como una especie de “caldo de cultivo” para lograr una deformación efectiva de la imagen del mandatario, al cual se le inculpa de todos los hechos, destruyendo de modo corrosivo su prestigio personal o gestión individual que tiene como gobernante, sin la responsabilidad que se quiera echar encima de sus hombros por las faltas de los otros. No hay ni una pizca de equilibrio en tal parte del mensaje opositor, que no tiene ninguna consideración.

Digamos que el discurso del odio logró un resultado a su favor: la división evidente al grado extremo de polarización en la sociedad ecuatoriana. No hay rincón donde no se discutan o debatan, se cuenten o se rieguen estas versiones por falsas o absurdas que parezcan. Tanto es el conflicto generado que hasta en los propios medios de comunicación que por el sentido respetable de equilibrar la información se tiene que contar con los voceros de oposición que riegan ese discurso del odio, hasta convertir a todos los espacios en cómplices de sus versiones, muchas de ellas preparadas con falsía para aprovecharse del medio.

Hay que anotar que en estos años las redes sociales asumieron un rol protagónico, todo esto en medio del gobierno de Correa, y que han servido de manera muy efectiva para propiciar derrotas o movilizaciones contra el mandatario ecuatoriano, quien no puede aceptar el efecto negativo que le causan las versiones que se publican en tales columnas de comunicación, tanto que le han obligado a asumir una especie de política gubernamental de reacción y respuesta ante tales redes. Allí el riesgo del linchamiento mediático mutuo entre opositores u oficialistas es diario, a cada trino o exposición.

Súmese a ello que el impacto negativo del odio político en las relaciones sociales e interpersonales de los ecuatorianos, que ha dividido a las personas y sus círculos de amistad quebrantados por estas diferencias o; las familias, en donde ya no hay como discutir de política en un ambiente de sano debate y equilibrio apropiado, porque, total tienen que alinearse entre “correistas o no” bajo el maniqueo concepto del “o conmigo o contra mí” que define entre “A Correa le amas o le odias, no hay medias tintas”. Triste espectáculo este que no genera respetabilidad entre nosotros.

Pues bien, el impacto del discurso anti Correa se mantuvo en los nueve años en forma altamente efectiva, y la oposición se alimentó del mismo de manera creciente, tanto que unió hasta los imposibles, sean estos de la extrema derecha o izquierda radical, quienes se instalaron cómodos en este tipo de proclama argumentando que “hay que derrotar a Correa” y eso justificó toda unidad por anti-nátura que fuese y llegaron a varios momentos como el 30-S o el pasado Junio 2015, en que se mostraron presumiblemente fuertes, logrando puntos altos de movilización, que por horas han tenido a la comunidad nacional pendientes de ellos y el grado de impacto del discurso. En estas movilizaciones se ha hecho patente cuanto odio tienen acumulado contra Correa, que bien va desde el ataque personal violento hasta el extremo del intento de magnicidio, golpe de estado o destrucción de la democracia. Así de extremos son.

El punto de quiebre a todo esto se ha dado en estos días de julio. Lo que ocurrió fue que el discurso anti-Correa se sustentó siempre en que el mandatario se quería eternizar en el poder, tanto que el proceso de discusión de las enmiendas, entre las que constó la reelección sin límite para todo cargo, fue el más instante más álgido de la lucha política entre el presidente ecuatoriano y sus opositores. Pero, de igual forma, el anuncio y la aprobación de la disposición transitoria que prohibía al mismo Correa a ser reelegido, les dejó sin utilidad a ese discurso del odio. A partir de ese momento se cayeron los argumentos y el espacio vació no pudo ser llenado con nuevos conceptos que le inculpen de “algo” a Rafael Correa, porque había decidido irse.

Intervención tras intervención, la actividad presidencial ha dado todas las muestras de querer irse. Pese a las peticiones del “no te vayas Rafael” que se escuchó suplicante en algunas de las voces de los damnificados del terremoto, el presidente ha respondido que se va, al menos por un momento, bajo la consigna que “El País debe descansar de mí, y yo también debo descansar del País”. Todo lo cual ha generado la desazón de sus propios partidarios, pero también de la oposición que después de esta definición no atinó discurso de reacción, se quedó sin palabras, no encuentra hasta ahora un motivo para justificar tanto odio y, sobre todo, es grave para un rival enconado hallarse de pronto solo sin tener a quien enfrentarse.

Bien se dice que “el odio es un veneno que te tomas tú para que le haga daño al otro, pero finalmente te mata a ti mismo” y este es el caso ecuatoriano. Sin Rafael Correa en el centro político, la oposición comenzó a pelearse entre ella misma. Se han promovido los quiebres y fracturaciones, se han rebelado las palabras y se han dirigido contra sí mismos las baterías y cañones para atacarse mutuamente. Las candidaturas se han multiplicado entre todos ellos, y si antes se disputaban el honroso derecho de saberse cada uno más anti-correista que el otro, ahora son culpas de quienes estuvieron con el mandatario y se han pasado a filas contrarias para rechazarse con asco y recelo.

Al quedarse sin su razón de ser, la oposición ecuatoriana se ha dado cuenta que todo lo que les unió fue ese “amor-odio” a Correa y que ahora no pueden seguir sin él. Denotando una alta sumisión a la influencia de la figura de Correa, tratan de atinar algún tipo de maniobra política que le devuelva como rival efectivo, ese que les hizo crecer y mantenerse activos. Por ello, en las últimas semanas el discurso de acusación de todo lo posible para acusar a Correa, así sea cierto, es ejercido con el fin de acceder a la provocación que el mismo mandatario les reclama irónico, todo para tratar de conseguir un espacio de crítica que les mantenga vivos ante la opinión pública.

Tanta falta les hace a la oposición Rafael Correa, porque les ha desnudado su carencia de propuesta. Es decir, la oposición política ecuatoriana solo tenía ese tipo de discurso, pero nunca propuso ni se forjó en su propio espacio una fórmula para darle como solución o salida a la gente común del Ecuador. Basarse solo en el ataque para tratar de gobernar una nación es un gesto gastado, ya que si se logra el poder desea forma, es evidente que se depende de su enemigo político al que destruyó para poder intentar hacer algo y, si resulta que todo lo que dijo que estaba mal debe destruirlo, entonces es más grave aún porque como gobernante no tendrá nada que hacer sino solo odiar el pasado y su propio presente.

La oposición está cosechando su propio fruto. Ahora clama porque vuelva Correa a la palestra política, y acude desde la inventiva de la provocación a la pelea, el llamado a que se apoyen iniciativas para que se reavive la reelección o hasta el uso de encuestas en las que le ponen escenarios solo con el actual mandatario, al que le derrotan en presumibles segundas vueltas, o por lo menos ganan espacio si se enfrentan con él y solo con él. No puede entenderse tanta dependencia emocional sino por la desesperación de que el rival al que tanto combatieron les ha derrotado con su ausencia.

En todo esto queda una duda. Si Rafael Correa admite mantener ese vacío, o por el contrario, el posicionar una consulta popular sobre los paraísos fiscales es una búsqueda de asumir nuevas presencias en la próxima campaña electoral, y así tener de nuevo un rol protagónico que enfrente a ese discurso del odio con el fin de derrotarle nuevamente. Amanecerá y veremos. (FHA)