RESUCITO

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domingo, 19 de junio de 2016

Este sacerdote: Buscado por el FBI



Ramiro Díez

Hay gente que tiene sueños prohibidos. Uno de ellos es vivir de acuerdo con lo que se defiende, algo difícil en estos tiempos de pragmatismo estomacal. Por allá, a mediados del siglo XX, unos sacerdotes franceses querían vivir en humildad, para respetar el compromiso que predicaban con los pobres de la tierra. Se llamaron “Curas Obreros” y no vivían de limosnas de los creyentes. El pan duro y escaso de cada día lo ganaban con sus trabajos como obreros asalariados. Fueron ejemplos de honestidad y terminaron siendo prohibidos por El Vaticano.

Hubo un sacerdote norteamericano que quedó marcado por ellos. Se llamó Daniel Berrigan y hace pocos días, en New York, tras cumplir 95 años, fue recibido por el silencio y por la nada, pero su vida fue un ejemplo de lucha y coherencia.

Durante la guerra de Vietnam, Berrigan viajó allí para estar cerca de los vietnamitas bombardeados y quemados con napalm. “Entre tantas cosas que vi y que viví y que morí, imposible olvidar a los niños sentados en sus pupitres, estudiando, y verlos arrojarse al suelo y rodar para meterse en las trincheras que estaban a pocos metros, cuando los aviones norteamericanos eran detectados y las alarmas empezaban a aullar para anunciar las bombas.”

Allí, enroscado en una trinchera demasiado pequeña para él, Berrigan recordaba a un niño con apenas un puñado de arroz, casi contando los granos para ser igualitario, compartiéndolo con sus compañeros, todos inmortalizados en algunos de sus poemas.

Sus contactos con los guerrilleros Vietcong lograron liberar a tres pilotos norteamericanos que regresaron sanos y salvos a los EE.UU. Pero hizo más. Consciente de que aquella guerra constituía el más feroz genocidio después de la Segunda Guerra Mundial, Berrigan volvió a su país para boicotear, como fuera, aquel belicismo que alimentaba las cajas registradoras de los empresarios de la guerra.

Berrigan aprendió a fabricar Napalm. Entonces, con su hermano asaltó una oficina de reclutamiento, robó los registros de próximos reclutas, y los quemó con napalm en un acto público. Enseguida fue considerado enemigo de los EE.UU. El FBI lo declaró “peligroso” y lo incluyó en la lista de los más buscados. Desde la clandestinidad, el cura Berrigan siguió alentando su guerra contra la guerra, al final fue capturado y pagó prisión durante dos años. “Me juzgan por quemar papel con napalm. Lo hago, precisamente, para que ustedes no sigan quemando niños con esa sustancia. Y ustedes son los que me juzgan. Me declaro un criminal sin armas, ante ustedes, que son el poder criminal.”

En ajedrez, a diferencia de la vida, solo ganan los criminales buenos.