RESUCITO

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domingo, 20 de noviembre de 2016

Francisco, los refugiados y los bancos

"¿Qué le vamos a decir a nuestros nietos? Nada"


José Ignacio Calleja

RD.- Cuando el Papa Francisco pronuncia su discurso al III Encuentro Mundial de Movimientos Populares, en Roma a cinco de noviembre de 2016, este profeta contemporáneo salpica sus palabras de mil frases lapidarias que el lector ha de interpretar por su cuenta con provecho y facilidad.

Apunto una que no es la menos comprometida y la comparten mil voces y artículos cuando preguntan qué nos pasa para no reaccionar ante el drama de los refugiados, después de más de cuatro mil muertos en el Mediterráneo en el año en curso. El Papa Francisco lo ha dicho así: "¿Qué le pasa al mundo de hoy que, cuando se produce la bancarrota de un banco, de inmediato aparecen sumas escandalosas para salvarlo, pero cuando se produce esta bancarrota de la humanidad, no hay casi ni una milésima parte (de dinero) para salvar a esos hermanos que sufren tanto? Y así el Mediterráneo se ha convertido en un cementerio, y no sólo el Mediterráneo... (sino) tantos cementerios junto a los muros, muros manchados de sangre inocente". Esto es lo que dice Francisco.

Por mi parte, le había dado algunas vueltas a esta misma idea, desde hace tiempo, al escucharla por boca de no pocos maestros de la moral y la poesía. Y la conclusión de mil modos contada, parecida, "Europa ha perdido su conciencia moral", o con esta fórmula más personal y compasiva, "¿cómo podremos mirar a la cara de nuestros hijos y nietos cuando conozcan que hemos consentido esta barbaridad?", y hasta he leído varias veces, "cómo aceptar este crimen contra la humanidad a manos de Europa".

Al escuchar estas voces y de este modo pronunciadas, siempre he sentido que alguien decía en nuestro nombre, en el mío desde luego que sí, algo que compartía desde muy adentro. Apelar a la conciencia moral de nuestros pueblos (Europa) y reconocer su enfermedad terminal al ignorar mayoritariamente esta barbarie contra los refugiados -refugiado por varias razones a cual más forzosa y cruel- siempre conmueve y concita cercanía.

Pero con el paso de tiempo, me he hecho más crítico y autocrítico. Si la conciencia moral gritada por las plazas entre la mejores voces de nuestros pueblos no está moviendo a la política, y los pueblos, por derroteros de justicia mínima; si "la vida de las personas que huyen del terror de sus patrias, sobre todo la vida de los niños, y las necesidades básicas de esas personas -siquiera sea mientras termina la guerra y la crisis social que motiva su huida-, no es el mínimo que acordamos atender ya..., entonces, he ido concluyendo, la denuncia moral de los mejores guías contemporáneos no es acertada; un punto de incredulidad me ha parecido del todo necesario para moralizar la palabra de la denuncia social en este tiempo.

Y aplicada esa autocrítica y sospecha al caso que nos ocupa, secretamente he concluido algo que temo todavía pronunciar en alto. A la pregunta de qué le vamos a decir a nuestros nietos por haber consentido en silencio este comportamiento inhumano, y pido disculpas por generalizar, mi repuesta cargada de autocrítica era, "nada"; no les vamos a decir nada, porque ninguna generación hace preguntas de esa naturaleza a sus padres; porque solo los filósofos morales y los poetas alcanzan a escribir sobre esas cuestiones y las responden con un sentido personal; un sentido tan conmovido por el sufrimiento ajeno que, a diario, padecen un vacío al levantarse, comer, viajar, amar y dormir, pero eso, casi en soledad.

Esto que estoy escribiendo es un escándalo hasta para mí, y sé muy bien todo lo que han dicho en teología Metz, Moltmann o Ellacuría, y lo que han dicho en filosofía Adorno, Horkheimer o Habermas, y otros excelentes maestros más cercanos, y vascos como yo, que han llevado la interpelación moral de las víctimas hasta las entrañas de la memoria de la gente; pero, quizá más bien, la han querido llevar, pues la piel de elefante con que nos movemos cuando hay que ponerse en el lugar del otro, el otro que ha sufrido y sufre más que yo, y con mayor injusticia contra su persona y su vida, es difícil verificar cuánto y cómo se logra.

Lo creo posible como ejercicio de fe religiosa y ética, pero la práctica histórica me indica, con sentido autocrítico de mi confianza y esperanza, que la respuesta y la pregunta tienen un fortísimo contenido retórico más que real. ¿Qué vamos a decir a nuestros hijos por haber omitido este auxilio de las víctimas del Mediterráneo y los países que lo circundan por el Sur? Nada, porque lo preguntarán con la boca pequeña.

Y de hecho, les pido desde ahora que estén atentos a una tentación añadida a cada generación. Y es que tendrán oportunidad de compadecerse en justicia con otros,"los otros, distintos a nosotros y, sin embargo, tan nuestros", a los que habrán de respetar y acoger en su momento y casi por lo mismo. Luego este el tiempo de hacer justicia y compasión con los que nos tocan; nada de preguntas retóricas sobre el mañana, o sobre el alma moral de Europa hasta ayer; no hay tal; el alma moral es la que se prueba cuando llega la dificultad, y la pregunta definitiva es la que se hace nuestra generación y sociedad sobre lo que ahora sucede. Después ya es demasiado tarde.

Siempre es para el bien hacer memoria de cuando no hemos sido justos, y resarcir a las víctimas en su dignidad con justicia, pero es demasiado tarde. La historia está plagada de víctimas sin reconocer, pero no está menos de silencios por víctimas que lo son ahora, o van a serlo sin remedio mañana. Esto es lo que urge ahora mismo en filosofía moral y política. Si el lector vuelve por fin al discurso del Papa Francisco de donde partíamos, verá que allí se explica sin tapujos por qué hay dinero para salvar bancos y no refugiados. Allí se responde, y tiene que ver con que vivimos en unas sociedades con la democracia y la gente secuestradas por la dictadura del dinero. Vayan y lean.