RESUCITO

RESUCITO

viernes, 25 de julio de 2014

La obligación de armar lío


Barahona Zuleta
Revista Claretiana TELAR  

Misión que compete a los laicos

"Una iglesia que no sea testimonio similar al del Cristo a quien dice seguir, no será creíble"
 
Alfredo Lo enfatizó el papa Francisco a los jóvenes argentinos, en uno de los numerosos coloquios que mantuvo con más de dos millones de representantes de las nuevas generaciones durante la última Jornada Mundial de la Juventud:

"Espero lío. Aquí en Río de Janeiro sé que va a haber, pero quiero lío en las diócesis, quiero que se salga fuera. Quiero que la Iglesia, las parroquias, los colegios salgan a la calle".

Las tajantes expresiones del pontífice produjeron escozor en algunos sectores; talvez los mismos que se han escandalizado por las formas, estilo y vientos de cambio con que Francisco ha sacudido a la Iglesia desde el inicio de su pontificado.

Es que "armar lío" suele asociarse -y más aun cuando se trata de "salir a la calle"- con manifestaciones masivas de protesta en que son frecuentes los desórdenes, violencia, represiones y, en defintiva, la pérdida de la tranquilidad pública; un bien muchas veces más preciado que la defensa de la dignidad y los derechos esenciales del ser humano.

Es indudable que la intención del Papa no es azuzar a los jóvenes a la violencia, los destrozos de cuanto encuentren a su paso ni el atentado contra la vida o integridad de sus semejantes. Nada de eso cometió Cristo, nuestro máximo ejemplo de vida; pero hizo tales líos contra los abusos de los poderosos de su tiempo, que se granjeó nada menos que la condena a muerte. Sus gritos contra los "¡hipócritas, sepulcros blanqueados!", sus anatemas como "¡ay de ustedes, los ricos...!", su condena a colocar una piedra al cuello y lanzar al mar a quien escandalizare a uno de los más pequeños, y aun más su espectacular azotaina a los mercaderes del templo, son hitos descollantes en la conducta de nuestro supremo paradigma.

Cuando Francisco dice hoy que "quiere lío en las diócesis, que la iglesia, las parroquias, los colegios salgan a la calle", está llamándolos a seguir el ejemplo del Maestro, que se convirtió en "signo de contradicción" por decir las cosas por su nombre "buscando primero el reino de Dios y su justicia". Una iglesia que no sea testimonio similar al del Cristo a quien dice seguir, no será creíble; no ayudará a transformar a un mundo dominado por el más poderoso sistema global de la injusticia que ha conocido la historia. Una iglesia que no "salga a hacer líos" y prefiera atrincherarse en las sacristías, seguirá haciendo noticia más por sus propios escándalos, antisignos y vergüenzas que por la misión redentora del ser humano ejemplificada por Cristo a costa de su vida.

Esta misión compete de modo especial a los laicos; al hombre y la mujer que viven inmersos en los problemas cotidianos y sienten en carne propia o en su entorno las injusticias, la segregación, la marginalidad y el abandono; los dramas sociales de viviendas inhumanas; de sistemas de salud vergonzosos; de una educación que desde las primeras letras acopia a una gran masa de modernos siervos de la gleba y selecciona a los grupos superiores destinados a manejarla. Ello, manteniendo sistemas de trabajo precario, bajos salarios, jubilaciones miserables y otras cargas sociales que agobian a las grandes mayorías de nuestros pueblos. Todo ello en un mundo que camina a una destrucción tan acelerada por la insensatez y el egoísmo de la economía globalizada, que si no se toman medidas urgentes en contrario generará catástrofes incalculables sobre nuestros hijos y nietos.

"Esta civilización mundial se pasó de rosca en el culto que ha hecho al dios dinero", resumió el Papa a sus jóvenes compatriotas en la Jornada Mundial de Río. "¡No miren la vida desde el balcón; mézclense allí en donde están los desafíos!", recalcaba hace poco a jóvenes universitarios. Directo, entendible, "aterrizado" y coloquial es el estilo de Francisco. Ya lo han tildado de "marxista" por su discurso social. Es el recurso habitual contra los pastores capaces de hablar y actuar como Cristo. A éste lo llamaron "endemoniado". ¿Adecuación idiomática para un mismo objetivo?