RESUCITO

RESUCITO

miércoles, 26 de abril de 2017

Padre Pedro Pierre: Tejedores de la esperanza


Pedro Pierre
 
ALAI.- Tal vez sea la violencia la gran característica de nuestra época. Se pensaba que las 2 grandes guerras mundiales del siglo pasado iban a ser el punto final de las agresiones con millones de muertos en los diversos países enfrentados. Más bien parece que los países beligerantes se unieron para despojar al resto del planeta. Ahora nos preguntamos cuándo van a terminar las guerras del Medio y Extremo Oriente, el control sobre los gobiernos de África para saquear sus materias primas y esta “3ª guerra mundial por pedazos”, como dijo el papa Francisco.

Se ve que la ONU (Organización de las Naciones Unidas) es incapaz tanto de impedir las guerras como de detenerlas. Por otra parte las religiones se muestran poco eficaces para, por una parte, mediar en los conflictos y, por otra, impedir los fanatismos de sus mismos miembros. Como ciudadanos de a pie, a lo mejor hemos pensado, erróneamente, que necesitamos de salvadores para ponernos individual y colectivamente en el buen camino, camino de leyes, normas y cultos obligatorios. Si todos estos caminos, políticos y religiosos, son caminos equivocados o insuficientes, tenemos que buscar otros o meternos en los nuevos que nos trazan una humanidad diferente en los personal y comunitario, en lo civil y lo religioso.

1. Una autonomía hecha de dignidad y apertura

Con el siglo pasado, hemos dejado atrás las nociones intocables hasta aquí de jerarquía, autoridad, obediencia, verdades reveladas… para avanzar hacia una autonomía absoluta de cada persona. El fin del patriarcalismo, a lo menos en las declaraciones, nos ha regalado una libertad casi sin límite exterior ni control personal. Nos creemos dueños incondicionales de nuestro destino y de lo que decidimos de nosotros en la soledad de nuestra conciencia. Lastimosamente el resultado es el individualismo destructor de la misma persona y generador de la más terrible violencia sobre los demás y la naturaleza.

Hay que decir “libertad, sí, pero…” con dignidad personal y apertura a los otros. Ese parece ser el camino complementario de la autonomía personal. Todos venimos de un pasado que nos marca un camino. En nombre de los errores y las falsedades que hemos heredado de este pasado no podemos cerrarle la puerta sin descubrir las perlas que esconde al interior de un carapacho de estructuras inadecuadas para la actual realidad.

El pensamiento filosófico y religioso de los siglos pasados nos habla de dignidad de la persona humana. Puede ser que las grandes ideologías y creencias hayan hecho pensar que la obediencia a sus normas era la solución para la felicidad de las personas cuando no es así. Nuestra dignidad es irreductible a cualquier encadenamiento; pero como personas tenemos que asumir lo que nos dictan la protección y el crecimiento de nuestra dignidad. De alguna manera todas las generaciones han buscado esta meta, sino que a cada generación le toca encontrar la manera más adecuada de conseguir su desarrollo. Los tiempos cambian y exigen nuevos modos de crecer en dignidad. Siguen los peligros de la autonomía absoluto que termina destruyéndonos y de la obediencia ciega a nuevos tiranos. La apertura a los demás nos ayudará a corregir estos excesos para crecer individualmente de una manera que nos haga feliz sin perjudicarnos ni perjudicar a los demás.

2. La prioridad de lo comunitario

Los pueblos originarios de Abya Yala (o sea, de las Américas del Norte, Centro y Sur) nos enseñan la prioridad de la comunidad sobre la persona, entendiendo que la comunidad está al servicio de las persona. Para una persona de mentalidad europea, donde la persona y los derechos individuales son primerísimos, nos cuesta entrar en este modo de pensar y actuar.

Si los pueblos indígenas han podido resistir más de cinco siglos de colonización, saqueo y aculturación, es por la fuerza de dieron y siguen dando a la comunidad. Es también por la fuerza que dan a los criterios comunitarios que hoy en día pueden proponer a la humanidad otro camino de organización en sociedad, de armonía con la naturaleza y de espiritualidad unificadora.

El individualismo es mortal: mortal para los individuos y mortal para la organización social. Nadie es el criterio único de su moral o manera de vivir. Con los progresos de la ciencia y de la conciencia nos damos cuenta que el universo es una sola unidad y todo y todos estamos interconectados e interdependientes. El mito de Robinson Crusoe solo y feliz en su isla es una falsedad devastadora: nadie puede vivir sólo y feliz. Las propuestas del Bien Vivir de los pueblos indígenas de las Américas son caminos que nos abren un futuro mejor de convivencia armoniosa al nivel mundial que puede resumirse: “primero el bien común y el bien común al servicio de todos”.

He aquí los criterios principales del Bien vivir: “Ofrecemos al mundo la cultura de la Vida, o sea, el camino de la vida en plenitud”, proclaman orgullosos los Pueblos Indígenas.

  • El trabajo es para la felicidad de todos. El “desarrollo occidental” se ha limitado el bienestar individual a costa de los demás y de la naturaleza. Trabajar es aprender a crecer y crecer juntos.

  • La identidad es más importante que la dignidad. No hay dignidad donde no hay identidad, porque se ha perdido la brújula de la memoria y la herencia del pasado. La verdadera dignidad surge del camino heredado del pasado y conservado en la comunidad.

  • Una vida armoniosa trae justicia social. El bienestar de unos pocos genera la injusticia para la mayoría excluida. Además esta justicia social occidental no incluye el respeto a la naturaleza. Con el Bien Vivir se busca alcanzar varios equilibrios: en la comunidad, entre las personas y de las personas con la naturaleza, eliminando así la exclusión y la discriminación.

  • El consenso supera la democracia. Con el Bien Vivir se busca la “soberanía colectiva”, es decir, el acuerdo entre todos. El medio para lograr esta soberanía es la búsqueda del consenso, incluyendo los aportes y las oposiciones de cada uno. El Bien vivir es el “gobierno de todas y todos”: la verdadera democracia.

  • La complementariedad vale más que la libertad. El bienestar individual justifica la libertad del robo, del saqueo, de la corrupción, de la violencia, de las guerras... En el Bien Vivir, se fomenta prioritariamente la complementariedad, porque todos somos hermanos: los deberes vienen antes que los derechos.
 
  • La armonía con la naturaleza es la fuente de salud. Han pasado más de 500 años de saqueo. La consecuencia es la destrucción de la salud: la salud personal (corporal, mental y espiritual), la salud social, la salud de la naturaleza. La tierra es nuestra casa común y nuestro único hogar: es la fuente de toda nuestra alimentación y salud.

  • La educación es la madre de la sabiduría. La educación es comunicación, comunión y responsabilidad al interior de la comunidad: Todas y todos nos enseñamos mutuamente. La educación es sobre todo aprendizaje a vivir en comunidad.

3. Una comunidad de vida con la naturaleza

Nos damos cuenta que vamos al suicidio colectivo porque una sociedad que destruye la naturaleza no tiene futuro. No sólo el cosmos es una sola unidad de vida; es una unidad de destino: no estamos solamente interrelacionados, estamos interdependientes. Nuestra vida es la misma vida de la naturaleza y del cosmos: todos dependemos de todos y de todo. La naturaleza es fuente de alimentos, de salud, de energía. O colaboramos a nuestra salvación común o nos destruimos todos.

Todos y cada uno tenemos que aportar nuestro granito de arena o más bien nuestra gota de agua, porque “una sola gota de agua cambia el nivel del mar”. Tenemos que reconectarnos con los 4 elementos originarios e indispensables para nuestra existencia y felicidad: el aire, el agua, la tierra y el fuego. Son las bases indispensables a nuestro crecimiento individual, colectivo y cósmico. Defender y promover la naturaleza es protegernos y cuidar de nosotros. Cultivemos plantas, flores, legumbres y árboles frutales para ser parte viva, activa y feliz del gran desarrollo de la vida, la belleza y la felicidad.

3. Una espiritualidad liberadora

Dios no está fuera de nosotros ni en otro mundo. Es la energía vital y amorosa que nos habita y habita el universo. Tampoco lo sagrado no está fuera de nosotros y del mundo: todo es sagrado; todos somos sagrados porque todo es y todos somos una parcela, una chispa de Dios. Todo y todos somos la encarnación de Dios. No digamos ‘Dios está en nosotros’, porque más bien nosotros estamos en Dios.

Nuestra espiritualidad debe tener 4 dimensiones:

  • Estar enraizada en Jesucristo. Jesús se ha hecho compañero de la humanidad en particular de los más marginados, ayer como hoy. Creer en su resurrección no es más que reconocer su presencia entre nosotros y con nosotros: si somos servidores los unos de los otros, sentimos su presencia con nosotros, compañía que nos llena y nos lleva más allá del sufrimiento y de la muerte
 
  • Vivir en comunidades. Nadie es una isla; nadie está sólo en ninguna parte. La comunidad es nuestra manera de existir. Si nos aislamos y creemos que sólitos vamos a salir adelante, no somos más que muertos en vida. La humanidad tiene que ser la gran comunidad nacida de la unión de las distintas y múltiples comunidades humanas. Esa es nuestra gran tarea: ser comunidad y formar comunidades.
 
  • Lograr un desarrollo integral. Somos cuerpo, espíritu y alma. Desarrollemos conjuntamente estas 3 dimensiones. Cuidemos nuestra salud, la belleza y la fuerza corporal, pero no nos quedemos allí. Cultivemos nuestras capacidades intelectuales, artísticas, poéticas. Despertemos la mística que nos habita y que es la misma energía de Dios. Si desarrollamos nuestra dignidad personal, la fraternidad de los unos con los otros, la armonía con la naturaleza, la comunión íntima con Dios, nos invadirá la felicidad.

  • Trabajar por la liberación tanto en la Iglesia como en la sociedad. Tantas cosas nos limitan y nos destruyen; tanta indiferencia y complicidad nos ahogan; tanta maldad a veces nos habita… y habita nuestras Iglesia y nuestro mundo. El papa Francisco promueve un gran movimiento de liberación en nuestra Iglesia, en las religiones y en el mundo mismo. Los tiempos nuevos necesitan hombres nuevos y mujeres dignas, pueblos fraternales y continentes hermanados. Las Iglesias y las religiones deben ser los artífices de la liberación universal junto con todos los que trabajan en esta línea. Esa debe ser la misión y la pasión que nos habita y nos anima.

Así son, así somos los tejedores de una sociedad nueva. La realidad no se detiene en el ayer. A veces nuestras manos se tiñen de sangre porque la tarea es muy dura. La verdad es nuestra meta y la verdad es un mundo fraterno reconciliado entre sí, con la naturaleza y con Dios. ¡Ánimo tejedores de todos los rincones del planeta: Ya somos millones en esta tarea!