MONS. GONZALO LOPEZ M.

MONS. GONZALO LOPEZ M.

viernes, 17 de mayo de 2013

La monja indignada

La benedictina Teresa Forcades
expone en València su crítica ética
del capitalismo
La revolución pacífica. Con la toca sobre el cabello, Teresa Forcades prefiere las escaleras a la tribuna del Paraninfo de la Universitat de València, desbordado. La "monja revolucionaria" explicó ayer cómo y por qué hay que cambiar el sistema capitalista por otro más justo. Entre todos.
La "monja revolucionaria" se expresa en catalán; ama la diversidad y recuerda que Dios destruyó la Torre de Babel (Génesis VI) porque "es el imperio el que quiere la lengua, la cultura, el pensamiento único". La religiosa, doctora en Medicina y Teología, llama a hacer la revolución. El cambio que propugna pasa, como en el Nuevo Testamento, por derribar los ídolos. El actual también es de oro y tiene los pies de barro. Se llama capitalismo.


Forcades cree que la crisis ha hecho evidente la necesidad de cambiar el sistema. La cuestión es cómo. Para empezar, no creyéndolo intocable. El capitalismo, dice, como los ídolos, es obra del hombre, no hay que postrarse ante él. No basta, añade, con cambiar a unos líderes por otros, hay que cambiar las reglas de juego. ¿Cómo? Para Teresa Forcades -que confiesa una veta "un poco anarquista"- la revolución "la haremos juntos a partir de la responsabilidad personal" y hay que hacerla "ya". Cita a Margaret Thatcher y su teoría neoliberal "salvaje" de la sociedad de los dos tercios: nunca se podrá gobernar para todos, siempre habrá un tercio de la población con problemas, un "lastre" que habrá que soltar para seguir adelante. Según los datos que maneja, un 30% de los catalanes vive en la pobreza. El tercio "descolgado". Como el continente africano a nivel planetario. 
Frente a esa realidad desgrana su crítica ética del capitalismo. Y se propone desmontar las "mentiras" que lo sustentan: el capitalismo no es el adalid de la libertad, utiliza la iniciativa privada (ella la defiende pero bajo otro modelo) pero la ahoga, predica el libre mercado pero sigue interviniendo (cita como ejemplo la Organización Mundial del Trabajo o las tasas que paga "el que hace pan, pero el que hace dinero no"). El capitalismo se apoya en el máximo beneficio, algo antiético, según la religiosa, como pagar un euro al trabajador que da a ganar mil. Teresa, que vive en un convento en Montserrat, acaba de impulsar junto al economista Arcadi Oliveres un manifiesto, similar al de los indignados, que incluye desde la expropiación de la banca y empresas energéticas a una auditoría de la deuda pública. La idea no es presentar una candidatura, aclara, sino abrir "desde abajo" un proceso constituyente que debata qué modelo de sociedad queremos. Invita a los valencianos a sumarse sin esperar a los "de arriba" porque "más vale pedir perdón que pedir permiso".


jueves, 16 de mayo de 2013

Carta de Carlo Maria Martini al Papa Francisco



Papa Francisco, S. J.

El cardenal y arzobispo de Milan, Carlo Maria Martini, escribe desde el más allá al nuevo obispo de Roma, también jesuita como él

Caro mio figlio. Santidad. Querido Jorge. No sé cómo llamarte, hermano.

Creo que debería empezar por felicitarte, pero no estoy nada seguro de que sea eso lo que esperas de mí. Nuestros queridos hermanos cardenales te han echado encima la mala suerte de la que yo me libré por muy poco. Te han elegido Papa. Como tú me dijiste una vez, cuando en el último cónclave te confesé en voz baja que yo te estaba votando y estaba recomendando a otros que lo hicieran, "eso no se le hace a un amigo, che".

Te han hecho una faena, Jorge querido. No había más que ver la cara de pasmado con que saliste al balcón. Todo serio, escondido detrás de tus gafas, con los ojos muy abiertos, como si no entendieses qué hacía allí toda aquella gente mirándote y gritando y agitando banderas. Te quedaste callado escuchando a la banda de música, no sabías qué decir ni qué hacer. A tu derecha estaba Sandri, tu compatriota, un pájaro de cuidado, como tú sabes bien: habría dado media vida por estar en tu lugar. Y a tu izquierda tenías al bueno deHummes, el franciscano brasileño que tanto te apoyó la otra vez y tanto lo ha vuelto a hacer ahora. Y tú allí en medio como un pasmarote. Ay, Jorge: qué difíciles son las cosas que parecen más fáciles.

Y lo primero que se te ocurrió fue hacer un chiste. Eso sí que no lo había visto yo nunca. Tu italiano es bueno: eres hijo de italianos, pero tienes un acento porteño tremendo. Y se te notó muchísimo lo argentinoteque eres cuando dijiste que los cardenales querían dar un obispo a Roma... y habían ido a buscarlo casi a la otra punta del mundo.

Se rieron. Te aplaudieron. El cardenal Re, otro de los que hacen y deshacen, te miraba con una ternura tremenda. No era para menos, Jorge. Te empeñaste en salir al balcón vestido nada más que de blanco, sin la estola bordada, sin la muceta roja, con una sencilla cruz de palo y metal al pecho. Y como después del chiste, nervioso como te estabas poniendo, no se te ocurría gran cosa que decir, hiciste... pues lo que habría hecho yo, hijo mío: les pusiste a todos a rezar. Hala.

Padrenuestro, avemaría y gloria, todo seguido, por la figura de tu antecesor y antiguo rival, Ratzinger. Te ganaste a la gente, Jorge querido. ¿Y sabes por qué? Porque te comportaste como lo que eres: un hombre sencillo, cariñoso, de gran corazón, humilde... y jesuita.

Ahí está la clave de todo, querido amigo mío. Eres el primer papa latinoamericano. Muy bien, ya era hora. Eres el primero que se llama Francisco. Espléndido, porque estabas pensando, estoy seguro, en nuestroFrancisco Javier, que se llamó así por el santo de Asís. Eres el primero que sale al balcón vestido nada más que de blanco, sin perifollos, y que no canta la bendición urbi et orbi con esa vocecita quebradiza que se nos pone a todos cuando estamos nerviosos: sólo la leíste. Pero sobre todo, Jorge, eres el primer papa jesuita. Pude serlo yo, es verdad, pero me libré por viejo, por enfermo... y porque conocía demasiado bien lo que me esperaba. Mejor que tú. Era preferible que el primer hijo de San Ignacio en vestirse de blanco fueses tú. Y lo has sido.

Nunca te gustó que te llamaran "eminencia". La verdad, a mí tampoco. Reclamaste siempre, y hasta exigiste, también como yo, el tratamiento que habría pedido cualquier jesuita: "padre Bergoglio", sin más. Eres humilde, siempre preferiste el metro o el autobús a los coches oficiales; y como más a gusto te sientes es con tu sotana y tu fajín negros. Pero, como buen jesuita, tienes un carácter tremendo cuando hace falta. Como buen jesuita, te sacan de tus casillas la injusticia, la estupidez, la mentira, la mediocridad moral intelectual, la traición, la corrupción, el doblez, la hipocresía y la cobardía. Eso lo da la Compañía, Jorge, tú lo sabes.

Tienes un gran sentido del humor y eres un pedazo de pan, pero cuando truenas lo mejor es apartarse. Te he oído decir –y me he sentido orgullosísimo– cosas terribles contra quienes maltratan a las mujeres, contra quienes desprecian a los diferentes, contra quienes utilizan a los niños como esclavos, contra quienes roban a los pobres para aumentar aún más su propia riqueza, contra quienes creen que toda la moralidad está en el sexo, contra los políticos corruptos, contra los ladrones y los dictadores y los vendepatrias. Ahí, padre Bergoglio (debo acostumbrarme a llamarte ya "padre Francisco"), has sido siempre una fiera.

Ten cuidado, mi querido santo padre. Ten mucho cuidado. Ahora mismo estás aún arropado por los que te han elegido: los brasileños, los americanos, los africanos, sin duda muchos europeos. Pero todos se irán a sus países un día de estos y te dejarán solo... con quienes no te han votado ni te votarían jamás. Con la Curia.

Eres jesuita, padre Francisco. Tú sabes el daño que el papa polaco hizo a nuestra Compañía. Tú sabes que no nos podía ni ver, porque nosotros éramos (y somos) la vanguardia pensante, los intelectuales que sabían meter los pies en el barro, los doctores universitarios que se iban de misioneros a lo más profundo de la miseria humana para limpiar culos de niños y curar enfermos de malaria y enseñar a leer y a cultivar y a pensar. Y nos comprometimos con los pobres, con los desesperados, con los esclavizados, con los enfermos, con los parias de la tierra. Sí, Jorge, padre Francisco, se dice así: con los parias de la tierra, famélica legión.

No nos dio miedo el mundo. Nunca. Trabajamos con todas nuestras fuerzas en los puestos más duros y humildes sin dejar de pensar, de estudiar, de argumentar, de pelear contra la injusticia. Los jesuitas empujamos la Iglesia hacia el siglo XXI, soplamos con todas nuestras fuerzas las velas del Concilio Vaticano II. Y eso nos pasó factura, padre Francisco, cuando el papa polaco decidió confiar en quienes obedecían sin pensar, o mandaban sin obedecer, o se sentían aristócratas de la fe. De una fe que entendían como un amurallamiento en la liturgia y en la intransigencia dogmática. De un Dios que castigaba, no que abrazaba o comprendía. De una Iglesia que les interesaba como estructura de poder, no como medio de ayuda para mejorar el mundo. De una Iglesia de poder y de dinero, Jorge. Algo que tú y yo, que somos jesuitas, no hemos comprendido ni compartido jamás.

El papa polaco nos hizo todo el daño que pudo, Dios le perdone. Obligó a dimitir a nuestro padre Arrupe, que ya estaba muy enfermo. Nos puso "comisarios políticos" para tenernos bien sujetos. Humilló a nuestro gran Kolvenbach. Alguna vez me dijeron que estaba pensando en disolvernos, como en el siglo XVIII: lo creí. Nos identificó con el marxismo, que era lo que él más temía y odiaba en este mundo. Y nosotros, que tenemos –bien lo sabes– un voto especial de obediencia al Papa, no nos quejamos nunca: callamos y cumplimos órdenes, como siempre.

Y ahora, treinta y cinco años después de la elección de Wojtyla, del triunfo de los integristas, del predominio de grupos eclesiales que tienen todas las características de las sectas más peligrosas, los cardenales te eligen a ti, precisamente a ti, padre Francisco, un jesuita, como nuevo Papa. Los gritos y los denuestos que tienen que estarse oyendo, ahora mismo, en algunos caminos kerigmáticos, en ciertas obras de Dios y en lo que queda de algunas legiones deben de ser tremendos. No sé si te van a hacer la vida imposible, padre Francisco, pero ten por seguro que lo van a intentar. Porque saben que no te vas a doblegar, que no te pueden comprar, que contigo difícilmente servirán de nada sus chantajes, sus amenazas o sus conspiraciones: eres jesuita. Pero también saben que vas a estar solo. O casi solo. Contra todos ellos, que tienen el nido hecho en Roma y no piensan abandonarlo.

Ten cuidado, santo padre, hijo mío. Ten mucho cuidado. Sé prudente. Llama contigo a aquellos en quienes confíes. Vete reemplazando a quienes tú sabes, pero poco a poco. Como se dijo siempre en la Compañía: sin prisas pero sin pausas. Ya no eres un jovencito: ten muy claro hacia dónde quieres ir y camina siempre firme, pero asegúrate de que el suelo no se va a hundir bajo esos zapatos rojos que te van a sugerir, seguro, más de un chiste de los tuyos. Trabaja mucho, padre Francisco, y que no te ocurra lo que acabó por ocurrirme a mí: nunca, nunca, nunca te desanimes.

Porque puede que el presente, y desde luego el pasado reciente, sea de quienes pretenden que nada cambie para que ellos sigan disfrutando del poder. Pero el futuro, padre Francisco, es de quienes se ponen del lado de los pobres, de los que sufren, de los que padecen todas las injusticias. El futuro es de quienes alientan y cuidan la esperanza. Y ahora mismo, jesuita Francisco, la esperanza eres tú para cientos de millones de seres humanos.

Dios te bendiga. Y San Ignacio. Yo también lo hago, con todo mi corazón.

Carlo Maria Martini, S.J.
Cardenal de la Iglesia católica y arzobispo de Milán. 1927-2012.
Por la transcripción, LUIS ASTÚRIZ

miguel matos s.j 
Barquisimeto

miércoles, 15 de mayo de 2013

¿Es el papa Francisco una paradoja?




El papa Francisco en un gesto
de complicidad con una niña

(Jorge Bergoglio ha despertado la esperanza de que otra Iglesia católica es posible. Su estilo al asumir el pontificado, su lenguaje y su decisión de hacerse llamar Francisco remiten a la pobreza, humildad y sencillez que predicaba Francisco de Asís.)
HANS KUNG  10 MAY 2013

¿Quién lo iba a pensar? Cuando tomé la pronta decisión de renunciar a mis cargos honoríficos en mi 85º cumpleaños, supuse que el sueño que llevaba albergando durante décadas de volver a presenciar un cambio profundo en nuestra Iglesia como con Juan XXIII nunca llegaría a cumplirse en lo que me quedaba de vida.

El joven Francisco regresa
y abraza a un leproso.

Y, mira por dónde, he visto cómo mi antiguo compañero teológico Joseph Ratzinger —ambos tenemos ahora 85 años— dimitía de pronto de su cargo papal, y precisamente el 19 de marzo de 2013, el día de su santo y mi cumpleaños, pasó a ocupar su puesto un nuevo Papa con el sorprendente nombre de Francisco.

¿Habrá reflexionado Jorge Mario Bergoglio acerca de por qué ningún papa se había atrevido hasta ahora a elegir el nombre de Francisco? En cualquier caso, el argentino era consciente de que con el nombre de Francisco se estaba vinculando con Francisco de Asís, el universalmente conocido disidente del siglo XIII, el otrora vivaracho y mundano vástago de un rico comerciante textil de Asís que, a la edad de 24 años, renunció a su familia, a la riqueza y a su carrera e incluso devolvió a su padre sus lujosos ropajes.

Resulta sorprendente que el papa Francisco haya optado por un nuevo estilo desde el momento en el que asumió el cargo: a diferencia de su predecesor, no quiso ni la mitra con oro y piedras preciosas, ni la muceta púrpura orlada con armiño, ni los zapatos y el sombrero rojos a medida ni el pomposo trono con la tiara. Igual de sorprendente resulta que el nuevo Papa rehúya conscientemente los gestos patéticos y la retórica pretenciosa y que hable en la lengua del pueblo, tal y como pueden practicar su profesión los predicadores laicos, prohibidos por los papas tanto por aquel entonces como actualmente. Y, por último, resulta sorprendente que el nuevo Papa haga hincapié en su humanidad: solicita el ruego del pueblo antes de que él mismo lo bendiga; paga la cuenta de su hotel como cualquier persona; confraterniza con los cardenales en el autobús, en la residencia común, en su despedida oficial; y lava los pies a jóvenes reclusos (también a mujeres, e incluso a una musulmana). Es un Papa que demuestra que, como ser humano, tiene los pies en la tierra.

El pontífice no quiso ni la mitra con oro, ni los zapatos, ni el pomposo trono con la tiara

Todo eso habría alegrado a Francisco de Asís y es lo contrario de lo que representaba en su época el papa Inocencio III (1198-1216). En 1209, Francisco fue a visitar al papa a Roma junto con 11 hermanos menores(fratres minores) para presentarle sus escuetas normas compuestas únicamente de citas de la Biblia y recibir la aprobación papal de su modo de vida “de acuerdo con el sagrado Evangelio”, basado en la pobreza real y en la predicación laica. Inocencio III, conde de Segni, nombrado papa a la edad de 37 años, era un soberano nato: teólogo educado en París, sagaz jurista, diestro orador, inteligente administrador y refinado diplomático. Nunca antes ni después tuvo un papa tanto poder como él. La revolución desde arriba (Reforma gregoriana) iniciada por Gregorio VII en el siglo XI alcanzó su objetivo con él. En lugar del título de “vicario de Pedro”, él prefería para cada obispo o sacerdote el título utilizado hasta el siglo XII de “vicario de Cristo” (Inocencio IV lo convirtió incluso en “vicario de Dios”). A diferencia del siglo I y sin lograr nunca el reconocimiento de la Iglesia apostólica oriental, el papa se comportó desde ese momento como un monarca, legislador y juez absoluto de la cristiandad... hasta ahora.

Pero el triunfal pontificado de Inocencio III no solo terminó siendo una culminación, sino también un punto de inflexión. Ya en su época se manifestaron los primeros síntomas de decadencia que, en parte, han llegado hasta nuestros días como las señas de identidad del sistema de la curia romana: el nepotismo, la avidez extrema, la corrupción y los negocios financieros dudosos. Pero ya en los años setenta y ochenta del siglo XII surgieron poderosos movimientos inconformistas de penitencia y pobreza (los cátaros o los valdenses). Pero los papas y obispos cargaron libremente contra estas amenazadoras corrientes prohibiendo la predicación laica y condenando a los “herejes” mediante la Inquisición e incluso con cruzadas contra ellos.

Pero fue precisamente Inocencio III el que, a pesar de toda su política centrada en exterminar a los obstinados “herejes” (los cátaros), trató de integrar en la Iglesia a los movimientos evangélico-apostólicos de pobreza. Incluso Inocencio era consciente de la urgente necesidad de reformar la Iglesia, para la cual terminó convocando el fastuoso IV Concilio de Letrán. De esta forma, tras muchas exhortaciones, acabó concediéndole a Francisco de Asís la autorización de realizar sermones penitenciales. Por encima del ideal de la absoluta pobreza que se solía exigir, podía por fin explorar la voluntad de Dios en la oración. A causa de una aparición en la que un religioso bajito y modesto evitaba el derrumbamiento de la Basílica Papal de San Juan de Letrán —o eso es lo que cuentan—, el Papa decidió finalmente aprobar la norma de Francisco de Asís. La promulgó ante los cardenales en el consistorio, pero no permitió que se pusiera por escrito.

Francisco de Asís representaba y representa de facto la alternativa al sistema romano. ¿Qué habría pasado si Inocencio y los suyos hubieran vuelto a ser fieles al Evangelio? Entendidas desde un punto de vista espiritual, si bien no literal, sus exigencias evangélicas implicaban e implican un cuestionamiento enorme del sistema romano, esa estructura de poder centralizada, juridificada, politizada y clericalizada que se había apoderado de Cristo en Roma desde el siglo XI.

Con Inocencio III se manifestaron los primeros síntomas de nepotismo y corrupción del Vaticano

Puede que Inocencio III haya sido el único papa que, a causa de las extraordinarias cualidades y poderes que tenía la Iglesia, podría haber determinado otro camino totalmente distinto; eso habría podido ahorrarle el cisma y el exilio al papado de los siglos XIV y XV y la Reforma protestante a la Iglesia del siglo XVI. No cabe duda de que, ya en el siglo XII, eso habría tenido como consecuencia un cambio de paradigma dentro de la Iglesia católica que no habría escindido la Iglesia, sino que más bien la habría renovado y, al mismo tiempo, habría reconciliado a las Iglesias occidental y oriental.

De esta manera, las preocupaciones centrales de Francisco de Asís, propias del cristianismo primitivo, han seguido siendo hasta hoy cuestiones planteadas a la Iglesia católica y, ahora, a un papa que, en el aspecto programático, se denomina Francisco:

paupertas (pobreza),humilitas (humildad) y simplicitas (sencillez).



Puede que eso explique por qué hasta ahora ningún papa se había atrevido a adoptar el nombre de Francisco: porque las pretensiones parecen demasiado elevadas.




Pero eso nos lleva a la segunda pregunta: ¿qué significa hoy día para un papa que haya aceptado valientemente el nombre de Francisco? Es evidente que tampoco se debe idealizar la figura de Francisco de Asís, que también tenía sus prejuicios, sus exaltaciones y sus flaquezas. No es ninguna norma absoluta. Pero sus preocupaciones, propias del cristianismo primitivo, se deben tomar en serio, aunque no se puedan poner en práctica literalmente, sino que deberían ser adaptadas por el Papa y la Iglesia a la época actual.

Las enseñanzas de Francisco de Asís de altruismo y fraternidad deberían ser actualizadas

1. ¿Paupertas, pobreza? En el espíritu de Inocencio III, la Iglesia es una Iglesia de la riqueza, del advenedizo y de la pompa, de la avidez extrema y de los escándalos financieros. En cambio, en el espíritu de Francisco, la Iglesia es una Iglesia de la política financiera transparente y de la vida sencilla, una Iglesia que se preocupa principalmente por los pobres, los débiles y los desfavorecidos, que no acumula riquezas ni capital, sino que lucha activamente contra la pobreza y ofrece condiciones laborales ejemplares para sus trabajadores.

2. ¿Humilitas, humildad? En el espíritu de Inocencio, la Iglesia es una Iglesia del dominio, de la burocracia y de la discriminación, de la represión y de la Inquisición. En cambio, en el espíritu de Francisco, la Iglesia es una Iglesia del altruismo, del diálogo, de la fraternidad, de la hospitalidad incluso para los inconformistas, del servicio nada pretencioso a los superiores y de la comunidad social solidaria que no excluye de la Iglesia nuevas fuerzas e ideas religiosas, sino que les otorga un carácter fructífero.

3. ¿Simplicitas, sencillez? En el espíritu de Inocencio, la Iglesia es una Iglesia de la inmutabilidad dogmática, de la censura moral y del régimen jurídico, una Iglesia del miedo, del derecho canónico que todo lo regula y de la escolástica que todo lo sabe. En cambio, en el espíritu de Francisco, la Iglesia es una Iglesia del mensaje alegre y del regocijo, de una teología basada en el mero Evangelio, que escucha a las personas en lugar de adoctrinarlas desde arriba, que no solo enseña, sino que también está constantemente aprendiendo.

De esta forma, se pueden formular asimismo hoy día, en vista de las preocupaciones y las apreciaciones de Francisco de Asís, las opciones generales de una Iglesia católica cuya fachada brilla a base de magnificentes manifestaciones romanas, pero cuya estructura interna en el día a día de las comunidades en muchos países se revela podrida y quebradiza, por lo que muchas personas se han despedido de ella tanto interna como externamente.

Es poco probable que los soberanos vaticanos permitan que se les quite el poder acumulado

No obstante, ningún ser racional esperará que una única persona lleve a cabo todas las reformas de la noche a la mañana. Aun así, en cinco años sería posible un cambio de paradigma: eso lo demostró en el siglo XI el papa León IX de Lorena (1049-1054), que allanó el terreno para la reforma de Gregorio VII. Y también quedó demostrado en el siglo XX por el italiano Juan XXIII (1958-1963), que convocó el Concilio Vaticano II. Hoy debería volver a estar clara la senda que se ha de tomar: no una involución restaurativa hacia épocas preconciliares como en el caso de los papas polaco y alemán, sino pasos reformistas bien pensados, planificados y correctamente transmitidos en consonancia con el Concilio Vaticano II.


Hay una tercera pregunta que se planteaba por aquel entonces al igual que ahora: ¿no se topará una reforma de la Iglesia con una resistencia considerable? No cabe duda de que, de este modo, se provocarían unas potentes fuerzas de reacción, sobre todo en la fábrica de poder de la curia romana, a las que habría que plantar cara. Es poco probable que los soberanos vaticanos permitan de buen grado que se les arrebate el poder que han ido acumulando desde la Edad Media.

El poder de la presión de la curia es algo que también tuvo que experimentar Francisco de Asís. Él, que pretendía desprenderse de todo a través de la pobreza, fue buscando cada vez más el amparo de la “santa madre Iglesia”. Él no quería vivir enfrentado a la jerarquía, sino de conformidad con Jesús obedeciendo al papa y a la curia: en pobreza real y con predicación laica. De hecho, dejó que los subieran de rango a él y a sus acólitos por medio de la tonsura dentro del estatus de los clérigos. Eso facilitaba la actividad de predicar, pero fomentaba la clericalización de la comunidad joven, que cada vez englobaba a más sacerdotes. Por eso no resulta sorprendente que la comunidad franciscana se fuera integrando cada vez más dentro del sistema romano. Los últimos años de Francisco quedaron ensombrecidos por la tensión entre el ideal original de imitar a Jesucristo y la acomodación de su comunidad al tipo de vida monacal seguido hasta la fecha.

En honor a Francisco, cabe mencionar que falleció el 3 de octubre de 1226 tan pobre como vivió, con tan solo 44 años. Diez años antes, un año después del IV Concilio de Letrán, había fallecido de forma totalmente inesperada el papa Inocencio III a la edad de 56 años. El 16 de junio de 1216 se encontraron en la catedral de Perugia el cadáver de la persona cuyo poder, patrimonio y riqueza en el trono sagrado nadie había sabido incrementar como él, abandonado por todo el mundo y totalmente desnudo, saqueado por sus propios criados. Un fanal para la transformación del dominio en desfallecimiento papal: al principio del siglo XIII, el glorioso mandatario Inocencio III; a finales de siglo, el megalómano Bonifacio VIII (1294-1303), que fue apresado de forma deplorable; seguido de los cerca de 70 años que duró el exilio de Aviñón y el cisma de Occidente con dos y, finalmente, tres papas.



Menos de dos décadas después de la muerte de Francisco, el movimiento franciscano que tan rápidamente se había extendido pareció quedar prácticamente domesticado por la Iglesia católica, de forma que empezó a servir a la política papal como una orden más e incluso se dejó involucrar en la Inquisición.

Al igual que fue posible domesticar finalmente a Francisco de Asís y a sus acólitos dentro del sistema romano, está claro que no se puede excluir que el papa Francisco termine quedando atrapado en el sistema romano que debería reformar. ¿Es el papa Francisco una paradoja? ¿Se podrán reconciliar alguna vez la figura del papa y Francisco, que son claros antónimos? Solo será posible con un papa que apueste por las reformas en el sentido evangélico. No deberíamos renunciar demasiado pronto a nuestra esperanza en un pastor angelicus como él.


Por último, una cuarta pregunta: ¿qué se puede hacer si nos arrebatan desde arriba la esperanza en la reforma? Sea como sea, ya se ha acabado la época en la que el papa y los obispos podían contar con la obediencia incondicional de los fieles. Así, a través de la Reforma gregoriana del siglo XI se introdujo una determinada mística de la obediencia en la Iglesia católica: obedecer a Dios implica obedecer a la Iglesia y eso, a su vez, implica obedecer al papa, y viceversa. Desde esa época, la obediencia de todos los cristianos al papa se impuso como una virtud clave; obligar a seguir órdenes y a obedecer (con los métodos que fueran necesarios) era el estilo romano. Pero la ecuación medieval de “obediencia a Dios = obediencia a la Iglesia = obediencia al papa” encierra ya en sí misma una contradicción con las palabras de los apóstoles ante el Gran Sanedrín de Jerusalén: “Hay que obedecer a Dios más que a las personas”.

Por tanto, no hay que caer en la resignación, sino que, a falta de impulsos reformistas “desde arriba”, desde la jerarquía, se han de acometer con decisión reformas “desde abajo”, desde el pueblo. Si el papa Francisco adopta el enfoque de las reformas, contará con el amplio apoyo del pueblo más allá de la Iglesia católica. Pero si al final optase por continuar como hasta ahora y no solucionar la necesidad de reformas, el grito de “¡indignaos! indignez-vous!” resonará cada vez más incluso dentro de la Iglesia católica y provocará reformas desde abajo que se materializarán incluso sin la aprobación de la jerarquía y, en muchas ocasiones, a pesar de sus intentos de dar al traste con ellas. En el peor de los casos —y esto es algo que escribí antes de que saliera elegido el actual Papa—, la Iglesia católica vivirá una nueva era glacial en lugar de una primavera y correrá el riesgo de quedarse reducida a una secta grande de poca monta.