MONS. GONZALO LOPEZ M.

MONS. GONZALO LOPEZ M.

viernes, 14 de septiembre de 2012

El futuro de la Iglesia está en manos del laicado, no de la jerarquía



Entrevista - Don Tomás Balduíno: El futuro de la Iglesia está en manos del laicado, no de la jerarquía
Ermanno Allegri
Director de ADITAL
Adital

El Obispo emérito de la ciudad de Goiás y consejero permanente de la Comisión Pastoral de la Tierra (CPT), Don Tomás Balduíno, está en Fortaleza, Ceará, donde participa del Simposio "50 Años del Concilio Vaticano II y 40 Años de la Teología de la Liberación – ¿Qué dice el Espíritu a las Iglesias?”. El evento finaliza mañana (1) y es organizado por el Movimiento Formación Cristiana Libertadora.

En entrevista con ADITAL, Don Tomás habla sobre los cambios en la Iglesia generados por el Concilio Vaticano II, enfatiza el importante papel de los laicos y laicas y contextualiza el escenario de América Latina.

ADITAL – El Concilio Vaticano II fue el momento en que la Sagrada Escritura fue el foco central, volvió a ser el interés central de la Iglesia y comenzó, sobre todo, a llegar a las manos del pueblo, a las manos de los cristianos, de los laicos. ¿Esto causó algún cambio dentro de la Iglesia?

Don Tomás Balduíno - Causó muchos cambios. Yo hablo del caso de América Latina en que había ya una búsqueda de contacto con la Biblia, con la palabra de Dios en las comunidades, sobre todo, considerada en situación de inferioridad en relación con los creyentes que luchaban muy bien con la Biblia. Entonces, entre nosotros, tuvimos la gran oportunidad de Carlos Mesters, de su grupo, del CEBI, de la lectura popular de la Biblia. Eso fue como el huevo de Colón y difundió mucho la Biblia entre nosotros.

ADITAL - La Iglesia Pueblo de Dios despuntó también casi, si no como en contradicción, como nuevo valor del Concilio. La Iglesia del lado jerárquico no acompañó este cambio.¿Cómo ve esta cuestión, sobre todo, pensando en el futuro de tantos teólogos casi que alejados?

Don Tomás Balduíno - La cuestión del Pueblo de Dios se convirtió en una propuesta hacia adentro de la Iglesia, que se mete con la estructura, por eso, tuvo más reacción por parte de la Curia, ellos no esperaban aquél esquema que pusiera al Pueblo de Dios antes de la consideración sobre la Iglesia jerárquica. Y esto, entonces, con el Sínodo del 85 ya programado por Juan Pablo II fue la bancarrota, acabó, fue suprimido. Quiere decir, teóricamente, que fue entonces curialmente suprimido. En realidad es nuestra fuerza, es la fuerza de nuestra pastoral en América Latina, es el Pueblo de Dios con todas las consecuencias de participación, de contribución, de presencia, de contradicción.

Adital - Sobre la situación de América Latina, hoy podemos decir que hay señales claras de iniciativas concretas que indican no sólo un futuro, sino que muestran una continuidad. Viendo ese pasado, pensando en esas señales y mirando al futuro, ¿cómo es que usted evalúa esa vivencia de esos sectores de la Iglesia?

Don Tomás Balduíno - Antes de hablar de esas señales, que son señales luminosas, quiero mostrar la estrategia, utilizada sobre todo por el Papa Juan Pablo II, de abarcar toda la estructura de la Iglesia. Él se encargó desde la formación del seminario hasta el nombramiento de los obispos, pasando también por el derecho canónico y por la represión de la Teología de la Liberación. Tomó también el colegiado, ya que el nombramiento de obispos se hacía de acuerdo con el sistema romano, entonces, el colegiado fue desapareciendo y reapareciendo las provincias eclesiásticas. Ésa fue una estrategia que perdura con peso hasta hoy en toda la Diócesis, en toda la Iglesia del mundo entero.
Hay señales claras y concretas de vida que continúan del Concilio Vaticano II, viviendo ese carisma en América Latina. Primero los frutos de Medellín, que son las organizaciones sociales campesinas, indígenas, de mujeres que hoy existen. Vivimos las consecuencias queridas y planeadas por Medellín en el sentido de las comunidades, de sus agentes sujetos, autores y destinatarios de su propia caminata.

Esto está ocurriendo más en unos países que en otros. Considero, por ejemplo, a Ecuador y Bolivia como países donde esto es muy flagrante. Después, dentro de la propia Iglesia, el fortalecimiento de las CEBs, los encuentros de CEBs es un llamamiento, el personal viene, es un grupo minoritario, pero muy representativo y significativo en todo Brasil.

También las Pastorales Sociales, cómo han crecido, cómo se han fortalecido ahora en comunión o intercambio con diversas organizaciones sociales populares. Después, los congresos, las organizaciones de líderes de teología, las jornadas muestran que la semilla no fue destruida, la semilla está produciendo frutos. Es muy interesante, creo que se interrelaciona en el mundo entero con las diversas tentativas de romper esa estructura monolítica de la Iglesia.

Adital - ¿Qué falta hoy para que los laicos sean más autónomos, tomen sus propias decisiones? Este Simposio Teológico que estamos haciendo debería ser multiplicado en el sentido de dar a los laicos los medios para sentirse más seguros en sus posiciones y para tomar más iniciativas. ¿Qué falta para que ellos actúen?

Don Tomás Balduíno - Hace 20 años o más que vengo pensando e intentando pasar adelante. Primero es que el futuro está en las manos del laicado de la Iglesia, no de la jerarquía. Banano que ya generó el cacho, no produce más. Tiene su función, pero la fuerza de la Iglesia es el laicado. Y el Concilio ascendió un poco tímidamente sobre esto, pero el camino para superar esas dependencias, esas mil dependencias de la parroquia, o del Obispo, una línea para crear una autonomía es la escuela de teología, la escuela bíblica. Es verdad que tenemos pastorales autónomas, tenemos una pastoral autónoma, que es la Comisión Pastoral de la Tierra, que considero una estructura laica; tiene Obispo en la dirección porque fue pedido por la CNBB, pero lo que vale allí es la presencia del laicado. Y cuando eso es formado, cuando tiene base teológica y sabe ver el futuro, eso no sólo sirve de defensa a la persona o grupo, sino que sirve también de caminata, de servicio al mundo, un servicio necesario que no es sólo la jerarquía o los misioneros los que van a hacer algo, sino los laicos y hasta con más eficacia, con levadura en la masa.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Hacia el 50ª aniversario: Concilio Vaticano II

 
2012-09-10 Radio Vaticana
RV).- “Iglesia de todos, Iglesia de los pobres”, (Juan XXIII) un convenio sobre el Concilio es el tema que se estará desarrollando el próximo 15 de septiembre en Roma cuando faltará menos de un mes para que se abran los festejos por el quincuagésimo aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II el 11 de octubre de 1962.

A lo largo de esta celebración que se prolongará con aquella del Año de la Fe, y el Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización son muchas las iniciativas que se estarán desarrollando en Roma, como está sucediendo en todo el mundo. En la iniciativa “Iglesia de todos, Iglesia de los pobres”, los promotores son 54 movimientos, asociaciones y grupos de base, así como 22 revistas italianas.

En un comunicado de prensa alusivo a esta celebración se destaca que se convoca a una asamblea nacional para establecer un estrecho nexo entre el recuerdo del Vaticano II y la fe transmitida por el Evangelio y anunciada por el Concilio en la que los interesados no son únicamente los fieles católicos sino también los hombres y mujeres de buena voluntad asociados en el modo en que Dios conoce, al misterio pascual para recordar e interrogar aquel evento y aquel anuncio.

Con esta finalidad grupos eclesiales, revistas, asociaciones y personas pertenecientes al pueblo de Dios, convocan al encuentro articulado en tres momentos: el primero para recordar aquello que eran la Iglesia y el mundo hasta el Concilio, el segundo para discernir entre las diversas hermenéuticas del Vaticano II, y el tercero sobre las perspectivas futuras en la previsión y en la esperanza de dar continuidad a las formas de anunciar, de orar, y de vivir la propia identidad de ser iglesia. (Patricia L. Jáuregui Romero - Radio Vaticano)


lunes, 10 de septiembre de 2012

Medellín II sopla nuevos aires para Iglesia católica

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El Concilio Vaticano II supuso para el establecimiento católico una puesta al día con los nuevos tiempos. Medellín visibilizó y asentó la opción por los pobres, que Puebla reafirmó

Monseñor Leonidas Proaño se adelantó al Concilio Vaticano II cuando declaró desde 1956 su “opción preferencial por los pobres”.
 
Angela Portilla Caballero
El 12 de agosto de 1976 en Riobamba, en la Casa de la Diócesis “Hogar Santa Cruz”, un centro de reflexión, teológico, pastoral, político y social,  fundado por monseñor Leonidas   Proaño, se efectuaba un encuentro  pastoral  en el que participaban arzobispos y obispos del  continente americano, cuando  inesperadamente fueron interrumpidos por decenas de  policías que irrumpieron violentamente  y apresaron, por orden del ministro de gobierno encargado,  Xavier Manrique,  a cerca de una centena de personas, entre sacerdotes y laicos. 

Entre los detenidos estaban el obispo  Leonidas Proaño, Adolfo Pérez Esquivel, a quien  en 1980  le otorgarían el Premio Nobel de la Paz, y el sacerdote guayaquileño José Gómez Izquierdo. Gobernaba   Ecuador una dictadura  presidida por un triunvirato militar.

¿Qué estaba sucediendo  para que  miembros de una institución tradicionalmente ligada al poder político y económico fueran reprimidos y encarcelados  en un país  con una inmensa raigambre católica?

Responder esta  inquietud amerita  remontarse a la década del 60 y consignar dos sucesos  acontecidos durante  esos años que cambiarían para siempre la historia mundial: la Revolución Cubana  ocurrida en 1961; y al año siguiente,  el Concilio Vaticano II,  promovido por  el papa Juan XXIII y continuado por Pablo VI, un sínodo  que pretendía volver la mirada de la iglesia en dirección hacia las mayorías; es decir, hacia los más pobres del planeta. Dos hechos,  aparentemente disímiles, pero convergentes en la meta: que el reparto de los bienes económicos fuera  equitativo para todos los seres humanos.

El Vaticano renueva su atmósfera
El Concilio Vaticano  II surge como una respuesta de la Iglesia católica a la necesidad urgente de ponerse a tono con los nuevos tiempos que corrían.

Hasta el momento en que Juan XXIII inauguró, en octubre de 1962, esta cita ecuménica, la jerarquía católica había permanecido de espaldas a los cambios políticos y sociales  ocurridos luego de la Segunda Guerra Mundial que tenían  que ver con la emergencia de   Estados Unidos como potencia   dominante y por consiguiente el afianzamiento del capitalismo mundial, los movimientos de liberación de las antiguas colonias europeas en África, entre otras cosas.

Esta gran asamblea  que reunió  a más de dos mil  obispos católicos  contó también con la participación de 101 representantes de otras iglesias no católicas en calidad de observadores; no obstante el predominio europeo en la misma, este sínodo constituyó una puerta que los obispos latinoamericanos usaron para visibilizar  la atroz realidad socioeconómica de las  inmensas mayorías de sus países. 

Luego de finalizado el Concilio Vaticano II (1965) las comunidades  cristianas latinoamericanas y del Caribe intensificaron  sus actividades tendientes a   organizar  la segunda conferencia del episcopado que se realizaría  en Medellín, Colombia.  

Conferencia de Medellín y la Teología de la Liberación
Medellín supuso para la iglesia latinoamericana la concreción de la propuesta del Concilio Vaticano II: llevar la iglesia al pueblo, es decir a los más pobres, planteamiento que    no era compartido por la mayoría de  los asistentes al concilio “... los obispos latinoamericanos más lúcidos captaron pronto que a la inmensa mayoría de integrantes del Concilio el tema les era muy lejano... (Jon Sobrino, Reflexión y Liberación, reflexylib@hotmail.com).

En 1967, un año antes de Medellín, 18 obispos del Tercer Mundo, presididos por el arzobispo Helder Cámara, firmaron y publicaron  un mensaje que señalaba  que “el verdadero socialismo es el cristianismo integralmente vivido, en el justo reparto de los bienes y la igualdad fundamental”.

Era la primera vez que la palabra socialismo se incluía en un texto elaborado por  miembros de la iglesia.  Y muchos de los puntos  de este comunicado fueron la base sobre la que se edificó la Segunda Conferencia del Episcopado Latinoamericano realizada en Medellín en 1968.

Los documentos finales de la conferencia se dirigían a los millones de hombres y mujeres latinoamericanos, campesinos y obreros, que “ansían y se esfuerzan por un cambio”; por lo que la iglesia  de este continente, a tono con los tiempos,  considera que “aunque la palabra es importante”, en este momento en que la miseria margina a las grandes mayorías, “la hora de la acción es más urgente”.

El encuentro de Medellín se constituyó así en  el punto  de partida de una praxis  revolucionaria,  a la que denominaron Teología de la Liberación.

Pero,  ¿cuáles eran los campos que abarcaban esta expresión? el sociólogo y filósofo marxista brasileño Michael Löwy en “La Teología de la Liberación: Leonardo Boff y Frei Betto”, la define como   la “opción preferente para los pobres”. Y aclara mucho más el concepto al sostener que “el  cristianismo de la liberación ya no considera a los pobres como simples objetos de ayuda, compasión o caridad, sino como protagonistas del cambio social” (tomado de www.Rebelión.org 21/3/2007. Traducido del francés por Katy R.).

América Latina se convirtió así en el  bastión de un movimiento  que, no obstante ocurrir en los bordes del establecimiento eclesiástico y político, prácticamente obligó a los poderes a voltear  la cara y ver lo que ocurría. La década del 70 y principios del 80  fueron años de profundización de una teología que a pesar de ocurrir en los márgenes  irradiaba su acción hacia grandes espacios. 

Teólogos como Segundo Galilea, Gustavo Gutiérrez,  Frei Betto,  H. Assman, Leonardo Boff, Ignacio Ellacuría, Jon Sobrino, entre otros, se encargarían de darle el sustento teórico a la praxis.

La III Conferencia General del Episcopado, realizada en  Puebla, México,  en  1979, fue una ratificación de Medellín y la expresión “opción preferencial por los pobres” se consagró.   

Reacción del establecimiento
Esta revolución que ocurría en los límites mismos del poder  establecido estaba siendo medida por los poderes fácticos mundiales. Así, en el año 1969, el norteamericano Nelson Rockfeller, luego de una gira por América Latina, escribió un informe donde señalaba su preocupación ante el “creciente radicalismo de la iglesia”.

El golpe de Pinochet en Chile, en 1973,   marcó el inicio de una serie de dictaduras en América del Sur y Central, que fueron apoyadas económicamente por el establishment  mundial liderado por los Estados Unidos, que inundaron de dólares a estos países, en un proceso de endeudamiento que significó la ruina para muchos de ellos.   

Comenzó entonces una cacería por parte de  sectores poderosos de las jerarquías eclesiásticas  a  religiosos ligados con la Teología de la Liberación. Situación que fue aprovechada por los poderes políticos locales  para reprimir y en muchos casos asesinar  a obispos y sacerdotes. Como ocurrió con  monseñor Oscar Arias Romero, quien fue asesinado en la catedral de San Salvador mientras oficiaba misa. O con el dominico Frei Betto, condenado a 5 años de prisión porque cuando la dictadura militar brasileña intensificó la represión en 1969,  socorrió    a numerosos militantes revolucionarios ayudándolos a esconderse o a cruzar la frontera para alcanzar Uruguay o   Argentina.  

El ataque contra el sector progresista de la iglesia en Latinoamérica se daría desde Colombia, desde la propia Conferencia Episcopal Latinoamericana, presidida por el obispo Alfonso López Trujillo, del ala más conservadora del episcopado, secundado por   Roger Vekemans, un religioso belga  cuestionado por sus nexos con la Democracia Cristiana chilena.

Desde Roma, la ofensiva se intensificó con la llegada de  Joseph Ratzinger a la dirección de la Congregación de la Doctrina de la Fe, cargo desde el cual cuestionaría a los principales ideólogos de la Teología de la Liberación.

Entre ellos  Leonardo Boff y Jon Sobrino. El primero fue llamado a Roma para que explique los alcances de su libro “Iglesia carisma y poder”. Boff, que escapó de morir cuando los militares salvadoreños, en 1989,   asesinaron al jesuita Ignacio Ellacuría junto con varios religiosos, recibía ahora la embestida de su  propia institución, que al final logró que el sacerdote abandonara los hábitos.  La sanción para Sobrino fue la prohibición de enseñar en  instituciones católicas y la retirada del nihil obstat (visto bueno eclesial) a sus obras.

Colofón
Hoy, la pregunta pertinente iría en el tono de  ¿pasó ya la Teología de la Liberación? Jon Sobrino (Revista Exodo38, 1997, Madrid) se interroga sobre lo mismo  y su respuesta es esclarecedora: hay simplismo, dice él, con el que se puede llegar a proclamar el hecho, “ya pasó”, y, sobre todo,  ligereza en el análisis de lo que significa “pasar”; porque una cosa es “pasar”, en el sentido de desaparecer de la historia, y otra cosa es pasar dejando en la historia algo perenne, en sentido de clásico.

Eso es lo que ha ocurrido. Y así, en la teología, en movimientos de solidaridad, en comunidades, incluso entre no creyentes, existen hoy modos de ver el cristianismo que se deben a ella.

Y tiene razón pues en este momento la esperanza de Latinoamérica está en el propio poder político asumido por gobiernos progresistas que han llegado justamente con los votos de aquellos por quienes la Teología de la Liberación apostó.

Como ya lo señaló el presidente Rafael Correa en conferencia dictada en la Universidad de Oxford: “en el plano personal, mis principios sociales y económicos se fundamentan en la Doctrina Social de la Iglesia Católica y en la Teología de la Liberación, y el socialismo del siglo XXI que estamos construyendo en América Latina, al menos en el caso ecuatoriano, también se alimenta de esas fuentes”.

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viernes, 7 de septiembre de 2012

¿Desobedecer al sistema eclesiástico para soñar y construir el proyecto y la utopía de Jesús de Nazaret?

Ante tales situaciones, no le quedó sino el valor de afirmar: "Hoy ya no tengo más esos sueños”. Esa frase, conocida o desconocida en su letra, la han vivido millones de católicos que se han alejado de la Iglesia, con ruido o silenciosamente. Cada cual obra según su conciencia, y es respetable.

El testamento espiritual, expresado varios años antes, por el recién fallecido cardenal Carlo Maria Martini, conlleva propuestas nuevas, novedosas, inauditas y atrevidas, para la renovación de la Iglesia. Son propuestas de total actualidad, a 50 años de la apertura del Concilio Vaticano II, para la Iglesia que renace con múltiples dificultades, en nuestros tiempos.

Sus escritos y palabras fueron siempre bien recibidas por sectores progresistas, creyentes, indiferentes y ateos. Además, cifraron muchas esperanzas en él, al punto de ser "papabile”, en medio de críticas y de temores de los monseñores del Vaticano y de otros monseñores, allende los muros de la ciudadela vaticana, que lo mal calificaron, inclusive, como "antipapista”. Sus propuestas NO fueron acogidas en esos espacios sino criticadas y temidas.

""Antes tenía sueños sobre la Iglesia. Soñaba con una Iglesia que recorre su camino en la pobreza y en la humildad, que no depende de los poderes de este mundo; en la cual se extirpara de raíz la desconfianza; que diera espacio a la gente que piensa con más amplitud; que diera ánimos, en especial, a aquellos que se sienten pequeños o pecadores. Soñaba con una Iglesia joven. Hoy ya no tengo más esos sueños”. (Carlo María Martini. "Coloquios Nocturnos en Jerusalén).

Esta frase ""Hoy ya no tengo más esos sueños”,nos lleva a reflexionar con mucha profundidad y angustia. Frase escrita en los años finales de su vida, seguramente en un total desgarramiento interior.
¿Reconoció la imposibilidad de cambios en la Iglesia, él, hombre que conocía muy bien el sistema, la institución, la eclesiástica por dentro y desde adentro. ¿Comprendió que tuvo espacio para hacer sus propuestas y entendió que toda la maquinaria se le vendría encima si promovía una corriente de personas, para su praxis? ¿Tenía muy claro que "El Papa reina pero no gobierna?

El Vaticano, afortunadamente, no tomó medidas negativas contra el cardenal Martini. Pero otra fue la suerte del obispo francés Jacques Gaillot, en la década de los años ochenta, cuando Juan Pablo II lo expulsó de la Eclesiástica por sus escritos, sus palabras y sus acciones. Contra viento y marea, siguió su praxis, en pobreza, en sencillez, en compromiso. Su diócesis se amplió, se creció, se globalizó. . Desde el "exilio eclesiástico”, siguió y sigue su ministerio.

Con relación al cardenal Martini cabe una pregunta: ¿no aceptó ser papa para evitar una confrontación con el sistema vaticano? No se "rebeló” por fidelidad al voto jesuita de obedecer y servir al Papa, a la usanza de los juramentos señoriales, hecho en sus años de joven sacerdote? ¿O por el juramento que hace todo obispo el día de su consagración? O por el juramento que recita todo nuevo cardenal de dar la vida por el Papa, si fuere necesario?

Ante tales situaciones, no le quedó sino el valor de afirmar: "Hoy ya no tengo más esos sueños”. Esa frase, conocida o desconocida en su letra, la han vivido millones de católicos que se han alejado de la Iglesia, con ruido o silenciosamente. Cada cual obra según su conciencia, y es respetable.

Pero, obviamente, por fidelidad a Jesús de Nazaret, se nos plantea un gran interrogante: ¿Qué es mejor hoy: salir o quedarse? Para unos, será conveniente salir silenciosamente. Para otros y otras, como la Iglesia es de todas y de todos, mejor permanecer críticamente y trabajar, desde adentro, a pesar de los sufrimientos en la construcción del Reino de Dios. La razón: la iglesia es de las mayorías creyentes y no de las minorías que son aquellos cardenales, monseñores y otros creyentes que se oponen a la conversión y renovación de la Iglesia, en el espíritu, la letra y la lógica del Evangelio.

Conociendo el autoritarismo y verticalismo de los monseñores del Vaticano y su rotunda oposición a todo cambio, con motivo del quinto aniversario de la elección de Benedicto XVI, Hans Kung, en su carta abierta a los obispos católicos de todo el mundo, los invitaba a tener el valor evangélico de desobedecer al sistema eclesiástico por fidelidad a Jesús de Nazaret. Ninguno se atrevió. ¿Son mejores las prebendas del sistema eclesiástico que el seguimiento de Jesús de Nazaret?

En esa misma lógica del Evangelio, hace dos años, cerca de 400 sacerdotes de Austria se atrevieron a escribir un manifiesto para afirmar que desobedecerían el sistema eclesiástico en varias cuestiones. Y lo han hecho.

¿Seremos testigos de continuos actos de "rebelión” y desobediencia, en la Iglesia? ¿La institución obligará a miles o millones de creyentes a tan extrema praxis? Aquella afirmación teológica según la cual, la rebelión política es necesaria, justa y legítima, cuando se imponen métodos que violentan a las personas en sus conciencias y en sus vidas, ¿se debe aplicar al interior de la Iglesia?

No me refiero, obvio, a la rebelión con métodos violentos, de ningún tipo, sino a la rebelión de las conciencias, en tiempos eclesiásticos en que hay miedo de escribir, hablar y accionar con la libertad de los hijos de Dios.

La acción de los 400 sacerdotes de Austria es una "rebelión” de la conciencia creyente. No sólo han desobedecido, están desobedeciendo y seguirán desobedeciendo, sino que llaman e invitan a desobedecer. Lo mismo el llamado de Hans Küng a los obispos del mundo católico. La ordenación sacerdotal de mujeres católicas es otro acto de desobediencia. Estos son casos ampliamente publicitados, pero se conocen muchos casos, muchísimos casos de desobediencia silenciosa. Tanto en el pasado como en el presente.

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jueves, 6 de septiembre de 2012

Carlo Maria Martini, el deseado

01.09.12 | 08:31. Archivado en Cardenales

"Martini quería una Iglesia "pueblo de Dios", sin poder ni privilegios, democrática, siempre dialogante y abierta al mundo. 
Una Iglesia encarnada, samaritana y con una clara opción por los pobres. Una Iglesia corresponsable, 
con los laicos como protagonistas, con celibato opcional y sacerdocio de la mujer. 
La Iglesia por la que siguen suspirando los fieles". 


http://www.aciprensa.com/imagespp/size500/ppcarlomariamartini310812.jpg 
Si la Iglesia católica fuese una democracia, él sería sin duda el presidente. Si en la Iglesia hubiese elecciones, Carlo María Martini ganaría de calle. Si en la Iglesia votasen los católicos, el purpurado jesuita hubiese sido Papa. Demasiado profético para ser elegido por los mayoritariamente conservadores príncipes de la Iglesia, Carlo Maria Martini nunca llegó al solio pontificio. Pero fue un Papa en la sombra. Con tanta autoridad moral (o más) que Juan Pablo II y Benedicto XVI. No fue Pedro, pero fue Pablo y Juan a la vez. Hasta su muerte, ayer, a los 85 años, tras lidiar durante los últimos 16 con el Parkinson. Con la dignidad de un auténtico enamorado del Cristo samaritano.

Alto, distinguido, nariz de patricio romano, ojos azules y palabra elocuente, parecía un cardenal arrancado del Renacimiento, aunque en realidad fue la figura más posmoderna y brillante del colegio cardenalicio. Martini, una eminencia reconocida por su conocimiento de la Biblia, nació en Orbassano, el 15 de febrero de 1927, en el seno de una familia burguesa -el padre era ingeniero-. Fue ordenado sacerdote en 1952 y comenzó una carrera fulgurante, tanto en el ámbito académico como eclesiástico. Exégeta de formación, Pablo VI lo nombró en 1969 rector del Instituto Bíblico en la prestigiosa Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde permaneció hasta 1978.

A finales de 1979, Juan Pablo II lo designó arzobispo de Milán, la diócesis más grande de Europa, que presidió durante 22 años. Convertido en cardenal en 1983, presidió el Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa desde 1986 hasta 1993. En 2000 recibió el Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. Dos años después cumplió su sueño de retirarse a Jerusalén. En esa fecha anunció que sufría de la enfermedad de Parkinson. Regresó a Italia en 2008, a una casa de estudios de los jesuitas, en Gallarate, en el noroeste de Milán, donde se fue, sereno y sonriente, al encuentro del Nazareno, a cuyo estudio y testimonio dedicó su vida entera.

Auténtico experto en la critica textual del Nuevo Testamento (el estudio de los papiros y códices que contienen el texto griego de los Evangelios), quizás fuese su formación erudita (tenía varios doctorados y dominaba seis idiomas, además del latín, del griego y del hebreo) la que le confería esa seguridad que despedía y contagiaba en todas sus apariciones.
Los jesuitas querían nombrarle sucesor de Pedro Arrupe, pero el Papa lo designó arzobispo de Milán. Martini se compró un anillo en un puesto de baratijas y se fue a su nueva diócesis, donde se convirtió en el cardenal más respetado, querido y seguido de la Iglesia. Escribió más de cincuenta libros, muchos de ellos "best-sellers", como el que redactó con el semiólogo Umberto Eco. O su libro testamento "Coloquios nocturnos en Jerusalén" (Editorial San Pablo).

Temido y acosado por los conservadores, que le llamaban el "antipapa" y le acusaban de ser demasiado "liberal" y "progresista", cuando, en realidad, fue siempre un hombre profundamente espiritual, dedicado a la oración y al estudio de la Palabra de Dios. Un cardenal abierto y dialogante, pero siempre fiel a los Papas y a la Iglesia. El genuino representante de la otra Iglesia. O de otra forma de ser Iglesia. El epígono del modelo eclesial salido del Concilio Vaticano II.

Martini quería una Iglesia "pueblo de Dios", sin poder ni privilegios, democrática, siempre dialogante y abierta al mundo. Una Iglesia encarnada, samaritana y con una clara opción por los pobres. Una Iglesia corresponsable, con los laicos como protagonistas, con celibato opcional y sacerdocio de la mujer. La Iglesia por la que siguen suspirando los fieles.

Como los auténtico profetas, Martini nunca buscó la polémica, pero tampoco se calló y defendió este modelo de Iglesia con todas sus fuerzas y durante toda su vida. Incluso cuando los vientos de Roma soplaban hacia la involución y los ultracatólicos le tachaban de 'hereje'. Quizás por eso se convirtió en el símbolo y la referencia de todos los católicos que en el mundo buscan y luchan por el Reino de Dios y por una Iglesia más evangélica.

La prensa inglesa le definió como el "Papa perfecto para el siglo XXI". Punto de referencia del catolicismo que soñó con el Concilio, querido por las bases y temido por la Curia romana, Martini fue un cardenal enamorado de Jerusalén, a la que solía definir como "la ciudad más cargada de recuerdos y de memoria religiosa de todo el mundo, la ciudad donde murió Jesús para la salvación del mundo y donde se venera su sepulcro vacío y se hace memoria de su resurrección".

Martini, el deseado, fue siempre el ejemplo vivo de que otra Iglesia es posible. El contrapunto, primero del Papa Wojtyla y, después, del Papa Ratzinger. Juan Pablo II reconoció su valía y le nombró arzobispo de Milán, a pesar de que estaba en sus antípodas eclesiásticas. Benedicto XVI accedió al papado, porque, en 2005, el ya anciano y enfermo cardenal Martini, que entró en el cónclave apoyado en un bastón, bendijo su candidatura. Dos grandes intelectuales de la Iglesia, que siempre se mostraron profunda estima, a pesar de ser los abanderados de dos corrientes eclesiales bien diferenciadas.

El Papa le abrazó por última vez en público en el arzobispado de Milán hace apenas tres meses. Las dos columnas de la Iglesia moderna. Pedro y Pablo. "Eminencia, también yo vengo con bastón", le dijo Benedicto XVI. Y Martini, que ya no podía hablar, le contestó con una mirada agradecida. "Seguiré rezando por él y por la Iglesia en estos momentos difíciles", escribió a los pocos días del famoso encuentro. Ahora, desde el cielo.

Su libro-testamento

Su testamento espiritual lo escribió hace cuatro años en un libro, titulado "Coloquios nocturnos en Jerusalén" (Editorial San Pablo). Claro, directo y divulgativo. Quizás por tratarse de respuestas a las preguntas que, en nombre de los jóvenes, le plantea su amigo y compañero jesuita austriaco, Georg Sporschill. Y a los jóvenes, como bien sabe el cardenal, no les gustan los rodeos. Quieren claridad y piden audacia. Y por eso, cuando tenía 81 años y estaba ya muy enfermo de parkinson, Martini puso blanco sobre negro lo que muchos jerarcas piensan pero no se atreven a decir públicamente. "Por amor a la verdad", como dice su lema episcopal.

Con siete capítulos, como los 7 días de la creación, y 193 páginas densas y polémicas, en las que el purpurado abordó las grandes cuestiones de la Iglesia y de nuestro tiempo a tumba abierta. Con arrojo y valentía. Como los grandes profetas del Antiguo Testamento a los que tanto admiraba y cuya estela siguió de cerca en la ciudad santa. La ciudad en la que las piedras conservan los ecos de Isaías o Jeremías. Un libro para reforzar el mito Martini.

Hoja de ruta para la Iglesia del siglo XXI

Sin nada que perder y sólo fiel a su conciencia, Martini diseña en el libro la que a su juicio debería ser la hoja de ruta de la Iglesia actual. Para que mire al futuro sin angustia, pero con coraje. Su idea fuerza: "La Iglesia debe tener el valor de reformarse". La consigna suena a desafío en una Iglesia que vive el apogeo de una de las épocas más antirreformistas de su historia reciente. Pero huele a anhelo esperanzado de millones de católicos en todo el mundo. ¿Anti-Papa? "En todo caso, seré un 'ante-Papa', alguien que se adelanta al Santo Padre como colaborador suyo y trabaja para él", explica.

"La Iglesia necesita reformas internas. La fuerza de la renovación tiene que venir desde dentro", asegura el cardenal. Hasta se atreve a poner de ejemplo a Martín Lutero, "el gran reformador" y recuerda que, no hace mucho, "la Iglesia católica se dejó inspirar por las reformas de Lutero en el Concilio Vaticano II".

La Iglesia actual tiene "miedo" y, si Jesús regresara, "lucharía con los actuales responsables de la Iglesia" y "les recordaría que no deben estar encerrados sobre sí mismos, sino mirar más allá de la propia institución". La Iglesia actual tiene que soñar, como sueña el cardenal "con una Iglesia que recorre su camino en la pobreza y en la humildad, con una Iglesia que no depende de los poderes de este mundo", con una Iglesia "que diera ánimos, en especial a los que se sienten pequeños o pecadores", con "una iglesia joven".

Y el cardenal sigue desgranando las cualidades de "su" Iglesia. Y apunta siempre a donde más le duela a la institución. "Una Iglesia sencilla, con menos burocracia". Un Iglesia que vuelva al Concilio, porque "existe la tendencia de apartarse del Concilio" por parte de algunos obispos que "están tentados de regresar a los buenos viejos tiempos".

Y como todo profeta que combina la denuncia y el anuncio, Martini propone reformas concretas. Por supuesto, sin tocar al dogma. Primero, reformas en la estructura. Quiere una Iglesia más colegial y con unos obispos que dejen de estar "atrincherados". Y con el altar, abierto a los curas casados y a las mujeres. "No todos los que están llamados al sacerdocio tiene el carisma del celibato". Y pide a la Iglesia "inventiva". Por ejemplo, "discutir la posibilidad de ordenar a viri probati, es decir a hombres experimentados y probados en la fe y en el trato con los demás".

Y hasta se atreve a abogar por el acceso de la mujer al sacerdocio consagrado. Todo un tabú en Roma. Cuenta, a propósito que, ya en 1990 visitó al entonces arzobispo de Canterbury, George Carey, para "darle ánimos a la hora de asumir ese riesgo, algo que podría ayudarnos también a nosotros a ser más justos con las mujeres". Más aún, a Martini no le duelen prendas a la hora de reconocer que, por eso y por otras muchas cosas, "los hombres de Iglesia tienen que pedir perdón a las mujeres".

Una sexualidad "sana y humana".

Amén de las reformas estructurales, Martini preconiza cambios doctrinales. Sobre todo en el ámbito de la moral sexual. En busca de una sexualidad que no esté "reservada al confesionario y al ámbito de la culpa". Un sexualidad "sana y humana" o "una nueva cultura que promueva la ternura y la fidelidad".

Algo a lo que no contribuye la Humanae Vitae, la célebre encíclica de Pablo VI que fijó la doctrina sobre la sexualidad de la Iglesia. "La encíclica es en parte culpable de que muchos ya no tomen en serio a la Iglesia como interlocutora o como maestra". Una encíclica por la que "muchas personas se han alejado de la Iglesia". Por eso, pide al Papa que, para "recuperar la credibilidad", "puede escribir una nueva (encíclica) e ir en ella más lejos".

Reconoce, asimismo, con sentido del humor, que por defender la utilización del preservativo, como mal menor, en la lucha contra el Sida, en Brasil le llaman el "cardenal da camisinha", es decir el cardenal del preservativo. O el cardenal que comprende las relaciones prematrimoniales. "Ningún obispo ignora hoy que se da la cercanía corporal antes del matrimonio. Los jóvenes salen de vacaciones y duermen juntos en una misma habitación. A nadie se le ocurriría ocultarlo o plantear problemas al respecto".

Martini infringe otro tabú eclesial al "bendecir" incluso la homosexualidad. "En mi círculo de conocidos hay parejas homosexuales...nunca se me habría ocurrido condenarlas". Y añade, "en la Iglesia hemos de reprocharnos que, a menudo, hemos sido insensibles en el trato con la homosexualidad".

Y ciertos cambios también en la doctrina de los novísimos. Por ejemplo, dice que no puede imaginarse "cómo pueden estar junto a Dios Hitler o un asesino que ha abusado de niños". Aún así, asegura que "existe el infierno, sólo que nadie sabe si hay alguien en él", porque, al final "el amor de Dios es más fuerte". Y para los grandes pecadores está el purgatorio, donde "son sometidos a terapia hasta que se abren y pueden recibir el amor de Dios".

Los consejos de un sabio

El Martini místico e intelectual ofrece, al atardecer de su vida, una serie de consejos vitales y espirituales. Con la humildad del que reconoce incluso sus "dudas de fe". "Reñí con Dios, porque no podía comprender porqué hizo sufrir a su Hijo en la cruz" y porque "cuando contemplo el mal en el mundo me quedo sin aliento y entiendo a los hombres que llegan a la conclusión de que Dios no existe".

Y del que abre su alma sin complejos. Para declararse un enamorado de la justicia, "el atributo fundamental de Dios". Y pone nombre incluso a sus personajes bíblicos preferidos, que van desde María Magdalena ("un modelo de creyente, porque ama hasta el exceso") a Jesús de Nazaret. Para él, "lo característico de Jesús es el amor a los enemigos" o poner la otra mejilla, es decir "sorprende a tu enemigo y fíjate qué pasa".

Partidario del coraje y de arriesgar, porque "donde hay conflicto arde el fuego" y, porque, además, "la vida me ha demostrado que Dios es bueno". Un Dios al que siente "en las estrellas, en el amor, en la música, en la literatura y en la palabra de la Biblia"

Y no tiene empacho en declararse admirador del Dalai Lama o de Ghandi.

Algunos de sus consejos: "Todo lo bueno puede ser objeto de abuso, hasta lo más excelso". O "hay que aprender a regalar dicha a otras personas". O "el asombro puede llevar a Dios".

José Manuel Vidal

miércoles, 5 de septiembre de 2012

EL CARDENAL MARTINI


 











GABRIEL Mª OTALORA,
 gabriel.otalora@euskalnet.net
BILBAO (VIZCAYA).

 ECLESALIA, 04/09/12.- Con la muerte de Carlo María Martini desaparece un gran profeta en el sentido más genuino del término: “quien habla en nombre de otro” porque tiene experiencia de Dios, un mensajero de Dios e intérprete de su Palabra y de su amor cuya misión es, ante todo, para el presente inmediato. A lo largo de la historia, los ha habido quienes alientan a los marginados y oprimidos, los que anuncian la salvación y la liberación, defensores de pobres y desamparados e incluso quienes han corregido a los sacerdotes y les ha recordado sus responsabilidades (Mal 2, 1-9).

En su última charla en este mismo mes de agosto con el también jesuita Georg Sporschill, Martini hizo de Malaquías: “La Iglesia debe reconocer los errores propios y debe seguir un cambio radical, empezando por el Papa y los obispos”. Veía a la Iglesia Occidental cansada, atrapada por la burocracia y el bienestar, más preocupada por los signos externos que por abrir la Buena Nueva a los que más la necesitan, a la amanera de Jesús de Nazaret: “Nuestros rituales y nuestros vestidos son pomposos” y la contrapone a la “otra” Iglesia cercana al prójimo de monseñor Romero y los mártires jesuitas de El Salvador. “¿Dónde están entre nosotros los héroes en los que inspirarnos…?”. Está clara su denuncia profética de que en el Primer Mundo, la Iglesia actual no puede generar mártires mientras siga cómplice -por acción u omisión- del pecado estructural.

Y nos ha dejado tres recetas para salir del agotamiento. “El primero es reconocer los propios errores, por ejemplo en los escándalos de pederastia: “¿La Iglesia es todavía una autoridad de referencia o solo una caricatura en los medios?”. El segundo y el tercer consejo es recuperar la palabra de Dios y los sacramentos como una ayuda y no como un castigo. “¿Llevamos los sacramentos a los hombres que necesitan una nueva fuerza?”.

La partida de Martini nos deja motivos de reflexión y preocupación en una institución eclesial excesivamente complaciente y poco ejemplar: Para empezar, falta experiencia religiosa en los propios católicos, quizá por retozar demasiado en la sociedad de consumo. Nos falta mucha humildad para reconocer que el Espíritu sopla donde quiere, incluso en los alejados. No recordamos con la frecuencia necesaria que Jesús estuvo buscando a los apestados de su época, y no precisamente para condenarlos sino para transmitirles un chorro de amor que transformaba a cuántos tenían la mínima predisposición de abrirse a Él; que sus palabras más duras las reservó para los soberbios sepulcros blanqueados, grandes profesionales de la historia de la salvación; lo recordaba el evangelio del pasado domingo. Falta valentía para vivir solidariamente, y sobre todo, falta dejarle a Dios que actúe a través de nuestras manos, haciendo del ejemplo su imagen y semejanza.

Para colmo, muchos de los que niegan a Dios, le afirman con su actitud y su conducta. No tienen fe, pero sus hechos trabajan en la dirección de los valores del Evangelio, incluso cuando nos recriminan que nos apoderarnos de Dios para domeñarlo a nuestra horma. No fue un teólogo quien afirmó que “si Dios no es amor, no vale la pena que exista”, sino Henry Miller. Nuestro reto pasa por recuperar la práctica del espíritu de las bienaventuranzas y volver a experimentar la felicidad que viene de Dios; ser creíbles por nuestras obras porque son las únicas que dan valor a nuestros ritos cuando no se convierten en causa de desconcierto para quienes buscan sinceramente pero se encuentran con la caricatura de “la religión del cumplimiento” (cumplo y miento) que mueve más al escándalo que a la conversión. Descansa en paz el gran profeta de Occidente, el que mantenía vivo el espíritu del Concilio Vaticano II. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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lunes, 3 de septiembre de 2012

Recordando el Concilio Vaticano II

Cincuenta años después, la doctrina que fue consensuada ha sido preterida o sustituida por otra de signo contrario 

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El próximo 11 de octubre se cumplirán cincuenta años de la inauguración del Concilio Ecuménico Vaticano II, y me sorprende gratamente el gran número de artículos, conferencias y hasta cursos universitarios, con sus correspondientes mesas redondas y coloquios, que se dedican a recordar aquel acontecimiento. En todas estas ocasiones se comprueba que el tema del Concilio interesa tanto a los mayores como a los jóvenes.

A los mayores nos hace revivir el entusiasmo con que, no solo los católicos sino el mundo entero, recibimos el anuncio del evento y seguimos con gran esperanza su desarrollo. A las nuevas generaciones les cae bien la persona del buen Papa Juan y vibran con su profunda vivencia evangélica, su proyecto renovador y su optimismo ante la historia. Pero viejos y jóvenes nos preguntamos qué se hizo del Concilio. Recientemente, de camino a la Universitat Catalana d'Estiu de Prada de Conflent, para hablar precisamente del Vaticano II, tuve que atravesar la vasta zona del Alt Empordà asolada por los incendios, y me preguntaba si de aquel gran fuego del Espíritu Santo, el nuevo Pentecostés que profetizó Juan XXIII, también quedan ya solo cenizas.

Han transcurrido ya más de diez años desde que apareció la monumental Historia del Concilio Vaticano II dirigida por Giuseppe Alberigo y realizada por un equipo internacional en el que tuve el honor de participar, pero sigue siendo insustituible para un cabal conocimiento de aquel trascendental acontecimiento. Y subrayo lo de acontecimiento porque la primera característica de esta historia es que considera el estudio del acontecimiento conciliar tanto o más importante que la exégesis de los documentos finalmente aprobados.

Por el deseo de Pablo VI de alcanzar la mayor unanimidad posible y evitar una fractura en la Iglesia, los documentos conciliares fueron a menudo el resultado de un compromiso entre las dos tendencias presentes en la asamblea, la mayoría renovadora y la minoría conservadora. Escribía Alberigo en la introducción al primer volumen de su Historia: “Quedarse en una visión del Concilio como la suma de centenares de páginas de conclusiones — frecuentemente prolijas, a veces caducas— ha frenado hasta ahora la percepción de su significado más profundo de impulsó a la comunidad de los creyentes a aceptar la confrontación inquietante con la Palabra de Dios y con el misterio de la historia de los hombres”.

Los documentos promulgados por el Vaticano II pueden ser y de hecho en parte han sido preteridos, derogados o reemplazados por otras disposiciones de signo contrario. Piénsese, a modo de ejemplo, en la castración que ha sufrido el Sínodo de Obispos. Pablo VI lo creó para institucionalizar la corresponsabilidad episcopal que el Concilio había proclamado, pero con Juan Pablo VI les dicen a los obispos sinodales de qué tienen que tratar, les dan un documento de trabajo (instrumentum laboris) que ya prejuzga las respuestas, y encima las conclusiones del Sínodo se someten a revisión de la Curia. Y el nuevo Código de Derecho Canónico, que debería haber traducido a leyes la doctrina del Vaticano II, en muchos puntos la ha reinterpretado restrictivamente.

En cambio la historia es de suyo irreformable: nadie puede hacer que el Vaticano II no haya acontecido, o que Roncalli no haya existido. A eso hemos de agarrarnos para no perder la esperanza de que se reavive el fuego en las cenizas del Vaticano II.

Hilari Raguer es historiador y monje de Montserrat

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domingo, 2 de septiembre de 2012

Entrevista – Francisco Aquino Junior: La Iglesia debe ser instrumento de salvación de las formas de opresión y dominación

Desde hoy (30), el Centro Pastoral María Madre de la Iglesia, en Fortaleza, Ceará, es sede el Simposio 50 años del Concilio Vaticano y 40 años de la Teología de la Liberación. El encuentro –que termina el 1º de septiembre– fomenta una discusión sobre estos dos momentos importantes para las iglesias cristianas y sus implicancias en la actualidad.

Uno de los invitados es el padre Francisco Aquino Junior, autor de varias obras, entre ellas "Teoría Teológica – Praxis teologal – sobre el método de la Teología de la Liberación”, a quien Adital le realizó la siguiente entrevista:

Adital - Mucha gente piensa que la Teología de la Liberación (TdL) es algo del pasado. Parte de la generación más joven ni sabe qué es... ¿Por qué un libro "sobre el método de la TdL”?

Francisco Aquino Junior - La teología es la inteligencia de la experiencia de Dios. En la medida en que el Dios de Jesucristo y su experiencia histórica tiene que ver con la liberación de los pobres y oprimidos, como se puede ver en la Sagrada Escritura, la teología tiene que ser teología de la liberación: Inteligencia de la presencia y acción de Dios en los más diversos procesos de liberación e inteligencia al servicio de esos mismos y de otros procesos de liberación. De ahí la importancia, necesidad y actualidad de la reflexión sobre el método de la teología de la liberación. Esto se vuelve todavía más relevante en el actual contexto eclesial, en el que la Iglesia parece estar más preocupada con sus intereses y privilegios institucionales que con la salvación/liberación de la humanidad que sufre –corazón del Evangelio de Jesucristo.

Adital - En pocas palabras: ¿Qué es la teología de la liberación? ¿Cuáles son sus principales características?

Francisco Aquino Junior - Es una teología orientada hacia aquello que constituye el núcleo de la experiencia bíblica de Dios: la salvación/liberación de los pobres y oprimidos. Según Gustavo Gutiérrez, en la teología de la liberación hay "dos intuiciones centrales que fueron las primeras, cronológicamente hablando, y que continúan constituyendo su columna vertebral”: primado de la praxisy perspectiva del pobre/oprimido. La revelación y la fe que trata la teología es acción o interacción entre Dios y su pueblo (primado de la praxis) y acción o interacción salvadora-libertadora (perspectiva del pobre/oprimido).

Adital - Parece haber diferencias e incluso divergencias entre los teólogos de la liberación sobre la TdL y sobre el método de esta teología...

Francisco Aquino Junior - Sin duda. Y no podría ser diferente en una teología que procura pensar la experiencia de Dios en su totalidad y en los más diferentes contextos. Esas diferencias tienen que ver con la diversidad de enfoques o perspectivas (económico, género, ecología, etc.), de mediaciones prácticas (CEBs, movimiento social, etc), teóricas (ciencias sociales, antropología, etc.) y de temas/problemas (sociedad, iglesia, Jesucristo, etc.). Pero existe un punto crucial y polémico que tiene que ver con la comprensión de la TdL y de su método. Mientras para algunos la TdL es una teología de las cuestiones sociales (es la tesis básica de Clodovis Boff), para la gran mayoría de los teólogos, la TdL es una teología que procura pensar la experiencia de Dios en su totalidad a partir del núcleo fundamental de la experiencia bíblica de Dios: salvación/liberación de los pobres/oprimidos. 

Adital - Después de 40 años, ¿qué cambió en la TdL?

Francisco Aquino Junior - Hubo una ampliación del horizonte de la liberación y, consecuentemente, de las mediaciones prácticas y teóricas de los procesos de liberación. Si en los primeros años se dio mucho énfasis a las dimensiones económica y política de la opresión y de la liberación, a partir de los años 90 se insiste mucho en otras formas y en otros procesos de opresión y liberación: género, etnia, cultura, ecología, religión, etc. Se pasa a hablar cada vez más de teologíasde la liberación: feminista, negra, indígena, ecológica, de las religiones y, más recientemente, se ha hablado también de teología gay.
Adital - Estamos celebrando 50 años del Concilio y 40 años de la TdL. ¿Qué relación existe entre el Concilio y la TdL?
Francisco Aquino Junior - No se puede pensar la TdL sin el Concilio Vaticano II, aunque tampoco se pueda entenderla simplemente a partir del mismo. Si el Concilio tuvo el mérito incalculable de descentralizar la Iglesia, de abrirla y lanzarla al mundo, la TdL avanzó por los senderos abiertos por el Concilio, explicitando qué mundo era éste (mundo estructuralmente injusto y opresor) y determinando, a partir de la fe, el lugar que la Iglesia debe ocupar en ese mundo (mundo de los pobres y oprimidos).

Adital - ¿Por qué se habla tanto del Concilio y tan poco de la "Iglesia de los pobres”, de Medellín, de la TdL, inclusive en América Latina y, concretamente, en Brasil?

Francisco Aquino Junior - Esto es curioso... Inclusive el tema de la Iglesia de los pobres,propuesto por el papa Juan XXIII, ha sido completamente silenciado en las conmemoraciones de los 50 años del Concilio. Basta ver los títulos de libros y artículos publicados y los temas de las conferencias en los congresos, simposios, etc. Tal vez porque los que están discutiendo el Concilio estén más preocupados con sus intereses y problemas (saber, poder, etc.) que con los dramas de la humanidad que sufre... No por casualidad el tema no tuvo mucha repercusión en el Concilio –más orientado hacia los problemas y preocupaciones de las iglesias del primer mundo... Evangélicamente, parece una mala señal: desvío del núcleo del Evangelio de Jesucristo.

Adital - Mucha gente habla de que la Iglesia camina actualmente en una dirección muy diferente, cuando no contraria, a la dirección tomada y propuesta por el Concilio y, sobre todo, por la TdL. ¿Usted qué piensa?

Francisco Aquino Junior - Tengo la misma impresión, por lo menos en relación al conjunto de la Iglesia y, sobre todo, en relación con los obispos y sacerdotes. Basta ver las prioridades pastorales de las diócesis y parroquias e inclusive las últimas directrices de la acción evangelizadora de la iglesia en Brasil. Da la impresión que los problemas del mundo, sobre todo el de los pobres y oprimidos, son completamente extraños a la vida de la Iglesia que parece tener cosas más "importantes” y "urgentes” que cuidar (número de fieles, templos, vestidos litúrgicos, coros, coronas, devociones, misión popular, etc). Si el Concilio abrió y descentralizó a la Iglesia de sí misma y la TdL la colocó al servicio de la humanidad que sufre, la coyuntura actual parece ir en una dirección contraria, concentrando todas sus preocupaciones y "urgencias” pastorales en la vida interna de la Iglesia. Mas que de vuelta a la gran disciplina, es preciso hablar hoy de una vuelta a la sacristía o, en la mejor de las hipótesis, al templo...

Adital - En su opinión, ¿cuál es el mayor desafío de la Iglesia y de la teología actualmente?

Francisco Aquino Junior - Recuperar las intuiciones y las preocupaciones más fundamentales del Concilio y de la TdL: La Iglesia no existe para sí misma; debe ser señal e instrumento de salvación y salvación de las diferentes formas de opresión y dominación. Por eso mismo, la iglesia es y tiene que ser siempre más, en la feliz expresión de Juan XXIII, la Iglesia de los pobres y oprimidos, como Él, para que los pobres y oprimidos puedan vivir. Ellos son, en el Juez y Señor, jueces y señores de nuestras vidas, iglesias y teologías. (Mt 25, 31-46)...
Traducción: Daniel Barrantes – barrantes.daniel@gmail.com
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